Se hunden los principales parqués mundiales

La Bolsa de los muertos vivientes

6 meses después de la caí­da de Lehman, muchos bancos no son sino zombis, auténticos muertos vivientes a duras penas sostenidos por las multimillonarias inyecciones de dinero público

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06-03-2009
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Tan sólo en los dos primeros meses del año, la Bolsa española ha perdido un 25% de su valor. Y no esta sola en esta caí­da. Las grandes plazas financieras del mundo, Frankfurt, la City londinense, Wall Street,... la acompañan en este descenso a los infiernos. Lo que hace poco más de un año era un auténtico templo de munificencia, donde los valores superaban cada dí­a el derroche del anterior, hoy se ha convertido en un tétrico escenario donde tambaleantes zombis esperan ansiosamente, dí­a tras dí­a, poder arrebatar a alguien un trozo de carne viva para seguir llevando su penosa existencia de muertos vivientes.
 (Efe) Edificio de Citigroup en Queens, Nueva York. Un banco que ha pasado a ser un cadáver moviéndose torpemente con la esperanza de que el Estado encuentre un improbable elixir que le devuelva a la vida
(Efe) Edificio de Citigroup en Queens, Nueva York. Un banco que ha pasado a ser un cadáver moviéndose torpemente con la esperanza de que el Estado encuentre un improbable elixir que le devuelva a la vida
Tan sólo en los dos primeros meses del año, la Bolsa española ha perdido un 25% de su valor. Y no esta sola en esta caí­da. Las grandes plazas financieras del mundo, Frankfurt, la City londinense, Wall Street,... la acompañan en este descenso a los infiernos. Lo que hace poco más de un año era un auténtico templo de munificencia, donde los valores superaban cada dí­a el derroche del anterior, hoy se ha convertido en un tétrico escenario donde tambaleantes zombis esperan ansiosamente, dí­a tras dí­a, poder arrebatar a alguien un trozo de carne viva para seguir llevando su penosa existencia de muertos vivientes.

Antes de la caída de Lehman Brothers, en septiembre del año pasado, todos habíamos dado por descontado que los bancos custodiaban prudentemente nuestro dinero, que las instituciones financieras eran sólidas, que los centenarios bancos de inversión gestionaban con aplomo las grandes fortunas, que las aseguradoras respondían de las transacciones comerciales, que los bancos hipotecarios se cuidaban de salvaguardar la devolución de los créditos que concedían.
 
Después de ella, y de la sacudida sísmica que provocó en el sistema financiero internacional, empezamos a comprobar día a día que la solidez que cada una de esas cosas tenía que cumplir había dejado de ser percibible. De todos los pilares llamados a sostener los fundamentos económicos del mundo capitalista, resultó que ninguno era lo que aparentaba ser.
 
Las instituciones que estaban nombradas y reconocidas para ejercer el papel de árbitros de la economía mundial comenzaron a adquirir una entidad fantasmagórica, perdían su materialidad a marchas forzadas, se desvanecían ante nuestros ojos. Las cifras multimillonarias a las que nos habíamos acostumbrado en todos estos años de deslumbrante expansión capitalista –y las instituciones que decían poseerlas o responder de ellas– empezaron a mostrar un estado delicuescente, fundiéndose una tras otra.
 
La burguesía monopolista mundial, dijimos entonces, había entrado en un estado paranormal, su corporeidad había empezado a diluirse con cada quiebra de instituciones centenarias, con cada rescate del Estado, con cada inyección de liquidez. Si hasta ese momento los afeites en su rostro financiero, los coloretes en sus mejillas bursátiles, las pelucas y teñidos en su cabeza bancaria habían creado la ilusión de un cuerpo joven, dinámico y atractivo, la caída de Lehman Brothers tuvo la virtud de devolvernos la realidad de sus facciones avejentadas y su perfil macilento, de su cuerpo decrépito y su silueta espectral.
 
Hasta hoy.
 
Seis meses después de mostrar desnuda su decrepitud, muchos de esos cuerpos no son sino auténticos zombis, muertos vivientes a duras penas sostenidos por las multimillonarias inyecciones de dinero público. Su condición ha pasado a ser la de putrefactos cadáveres moviéndose torpemente con la esperanza de que el Estado encuentre un improbable elixir que les devuelva a la vida. Su voluminosa presencia en los parqués de todo el mundo desarrollado es el origen del pánico que asola las bolsas. Todos hacen lo posible por huir de ellos, pero al estar enclavados en el corazón del sistema de circulación del capital, todos tienen indefectiblemente que soportar su trato.
 
En EEUU, el que hasta hace poco más de un año era el mayor banco del mundo, el Citigroup, hoy arrastra una vida miserable. Llego a valer más 140.000 millones de dólares. Hoy vale poco más de 5.000. Es decir, aproximadamente lo mismo que cualquier pequeño banco español. En 12 meses se ha dejado el 96,4% de su valor. Lo mismo que si usted hubiera pasado de cobrar un sueldo de 1.000 euros mensuales a uno de 34 euros al mes. Y eso a pesar de los más de 50.000 millones de dólares que el Tesoro norteamericano le ha dado, sin los cuales hace ya semanas que habría que haberlo enterrado con muy pocos honores.
 
Otro de los gigantes norteamericanos, Bank of America creyó que hacía el negocio de su vida al absorber por un precio módico a Merrill Lynch para evitar su derrumbe como Lehman. El precio que pagó por él, 45.000 millones de dólares, es tres veces más de lo que hoy vale el nuevo Bank of America, que en un año ha perdido el 93% de su valor de mercado. Creyendo comprar un chollo, se había tragado vitriolo en estado puro.
 
Uno de los grandes aliados de Botín en Europa, el Royal Bank of Scotland, pagó unos meses antes del estallido de la crisis financiera 27.000 millones de euros por una parte del banco holandés ABN Amro. Hoy el valor en bolsa del comprador es tres veces inferior al precio que pagó. Y su caída se ha detenido ahí porque el Tesoro británico anunció la semana pasada que salía como garante de activos tóxicos del RBS por un valor de 360.000 millones de euros.
 
Otro de los compañeros de aventuras de Botín en la compra del banco holandés, el belga Fortis, tuvo que ser nacionalizado de urgencia por el gobierno belga, cuando su valor de mercado llegó a alcanzar el mismo precio que la cadena española de televisión Telecinco. Ni en la mejor serie de ficción de esta cadena podían haber imaginado jamás que su tamaño llegaría a ser un día igual al de uno de los mayores bancos europeos.
 
Uno de los mayores bancos italianos, el Unicredito, llegó a superar en el ranking bancario europeo al BBVA. Hoy su acción se puede comprar en la bolsa de Milán por menos de un euro. El problema es encontrar a alguien dispuesto a gastarse 0’72 céntimos en ella.
 
A distinto nivel, bancos españoles, franceses y alemanes se ven atrapados en una vorágine similar, aunque sus descensos son más moderados. Santander, BBVA, BNP, Société Générale o Deutsche Bank “sólohan perdido este último año entre el 70 y el 80% de su valor.
 
 
Y mientras todo esto ocurre en el corazón financiero de los grandes países de capitalismo desarrollado, los dos mayores bancos del mundo son chinos y entre los cinco mayores hay situados ya tres chinos. El brasileño Banco Itaú, recientemente fusionado con el también brasileño Unibanco, tiene hoy un valor igual a la suma de Citigroup y Bank of America, de casi el doble al del mayor banco alemán, Deutsche Bank, y equivalente al de BBVA o BNP.
 
La jerarquía del sistema bancario mundial no había conocido en toda su historia un revolcón de esta envergadura. Sus consecuencias, aunque todavía imprevisibles, serán hondas y duraderas.
 
 
 
 
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A. L.