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El Gran Vidrio

Mario Bellatí­n esculpe tres relatos perfectos, raros y llenos de una oscura seducción que esconden pero no ocultan mensajes cifrados

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06-03-2009
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Fue su editor en Espana, Herralde, de Anagrama, quien acuñó para Mario Bellatí­n la expresión de "el escritor más raro entre los raros". La rareza de Bellatí­n (nacido en México, criado en Perú, y últimamente instalado de nuevo en México) no procede, sin embargo, de un extraví­o elitista o de un exceso de egoí­smo y vanidad, sino de la extrema singularidad de sus procedimientos narrativos: Bellatí­n "esculpe", crea "objetos narrativos", de una tal belleza y perfección, que una vez salvada la objección de la rareza, seducen y crean, más que lectores, verdaderos adictos. Fue su editor en Espana, Herralde, de Anagrama, quien acuñó para Mario Bellatí­n la expresión de "el escritor más raro entre los raros". La rareza de Bellatí­n (nacido en México, criado en Perú, y últimamente instalado de nuevo en México) no procede, sin embargo, de un extraví­o elitista o de un exceso de egoí­smo y vanidad, sino de la extrema singularidad de sus procedimientos narrativos: Bellatí­n "esculpe", crea "objetos narrativos", de una tal belleza y perfección, que una vez salvada la objección de la rareza, seducen y crean, más que lectores, verdaderos adictos.
En "El Gran Vidrio", su última obra (editada en españa por Anagrama), Bellatín evoca la célebre "pintura" de Duchamp, de la que toma el título, y que simboliza "una pintura en el momento en que empieza a dejar de serlo". Pero "El Gran Vidrio" es, también, el nombre de una fiesta que se realiza anualmente en las ruinas de los edificios destruidos de la ciudad de México, donde viven cientos de familias.

 
El hecho de habitar entre los resquicios dejados por las estructuras quebradas encarna el símbolo de la mayor invisibilidad social. Por eso, cuando esas gentes invisibles deciden "pertenecer al resto", y "carnavalizan" de alguna manera su situación, llaman a su fiesta "Gran Vidrio".

La clave duchampiana de esa experiencia le da a Bellatín la clave para cobijarse en una retórica particular: la del ocultamiento a partir de lo imposible -hecho que permite precisamente lo contrario: una exposición óptima-, a partir de lo cual recrea tres relatos autobiográficos que hacen emerger, a través de su hermetismo, lo que una autobiografía tradicional es siempre incapaz de transcribir: así, en "La piel luminosa" asistimos a la historia de un chico que enseña rutinariamente sus inmensos genitales en un baño público a instancias de su madre; en "La verdadera enfermedad de la Seika", a las peripecias de un escritor que pertenece a una comunidad sufí y ha escrito un artículo para la revista Playboy; en "Un personaje de aspecto moderno", un joven con lentes cuadradas busca un Renault 5 junto a su novia alemana.

 
Como en todos sus textos, Bellatín parece inaccesible, e inasequible en su búsqueda de los límites de la literatura. Las imágenes fragmentarias y deformadas que vemos a través de estos "vidrios rotos" remiten sin embargo a realidades bien conocidas: el abuso con los niños, la manipulación de las personas, la perversa percepción de las deformidades, la exclusión... A Bellatín no le importa sólo la forma, como no se cansan de repetir sus más acerbos críticos.
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