Libros

"Ciencias morales", de Martí­n Kohan

Una experiencia del horror como la vivida en Argentina en los ocho años de dictadura militar no podí­a dejar de tener eco en su vida literaria

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05-03-2009
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La obra -ya cuantiosa: tres libros de ensayos, dos de cuentos y siete novelas- de Martí­n Kohan (Buenos Aires, 1967), de escaso eco aún en España, aunque está traducida en Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña, se ha ido convirtiendo estos últimos años en un imprescindible vehí­culo de indagación de los escenarios, los mecanismos y los personajes que convirtieron ocho años de historia argentina en una verdadera galerí­a de los horrores. Con su séptima novela, "Ciencias morales", Kohan ganó el Premio Herralde de novela, dando así­ un paso considerable para una más amplia edición y difusión de su narrativa en España. La obra -ya cuantiosa: tres libros de ensayos, dos de cuentos y siete novelas- de Martí­n Kohan (Buenos Aires, 1967), de escaso eco aún en España, aunque está traducida en Alemania, Italia, Francia y Gran Bretaña, se ha ido convirtiendo estos últimos años en un imprescindible vehí­culo de indagación de los escenarios, los mecanismos y los personajes que convirtieron ocho años de historia argentina en una verdadera galerí­a de los horrores. Con su séptima novela, "Ciencias morales", Kohan ganó el Premio Herralde de novela, dando así­ un paso considerable para una más amplia edición y difusión de su narrativa en España.
“¿A partir de qué edad se puede empezar a torturar a un niño?”. Con esta pregunta escalofriante –aunque sacada de la experiencia real– comienza “Dos veces junio” (2002), una de las muchas novelas que Kohan ha escrito en los últimos años con el trasfondo de la dictadura argentina. La pregunta, hecha con absoluta inocencia técnica, por un eslabón secundario de la cadena del terror y sin otro motivo que resolver una duda puramente metodológica, revela que el horror no tiene límites y que, a la vez, es capaz de instalarse en un ámbito de aparente normalidad.

Esa forma en que un poder sangriento instala el horror como un hábito cotidiano en la vida de las personas es el ámbito favorito de las novelas de Kohan. En una entrevista reciente, Kohan lo expresaba así: “No pensar que el horror es sólo la junta de gobierno o el aparato represivo, sino que si tomás otros fragmentos y zonas de los vínculos sociales habituales son tan horrorosos, no igualmente horrorosos porque nada es tan horroroso como la tortura, pero sé que guardan una relación”.

Indagar una de esas zonas, uno de esos fragmentos de la realidad, en que los vínculos sociales acaban siendo “microclimas” del horror, es también el núcleo de la última novela de Kohan: “Cuestiones morales”.

En este caso, el ámbito elegido es un colegio. Pero no un colegio cualquiera, sino el Colegio Nacional de Buenos Aires, una de las instituciones académicas de más solera en Argentina. A él asistieron buena parte de los próceres, de los “padres de la patria”. Es un colegio de élite, un colegio para formar a las élites, que se rige por unas normas propias y una disciplina estricta.

Kohan sabe muy bien de lo que habla. Él cursó allí la secundaria durante los años 80 (de 1980 a 1985). Y aunque no ha construido una novela autobiográfica en sentido estricto, se ve muy claramente que Kohan conoce al dedillo –con una minuciosidad que le permite relatar las cosas como si las estuviera mirando con un microscopio y en las que, por tanto, cada mínimo detalle aparece a un tamaño monstruoso– la vida colegial.

Si en “Dos veces junio” Kohan utiliza como transfondo reconocible de la dictadura el Mundial de Fútbol, en “Ciencias morales” resuenan los ecos de la guerra de las Malvinas, epílogo trágico y sangriento de aquella dictadura abyecta.

Pero la situación exterior apenas si logra traspasar como un eco los altos y densos muros del Colegio Nacional, y no afecta prácticamente a su “normalidad”. La dictadura se respira en el aire, e impregna todo, pero el Colegio vive por y para sí mismo, para cumplir, por encima de todo, su “alta” misión pedagógica.

La novela narra las peripecias de María Teresa, una preceptora del Colegio, de apenas veinte años y escasa relevancia social, cuya única misión es vigilar el estricto cumplimiento del inmenso arsenal de normas disciplinarias que rigen implacablemente el comportamiento de los alumnos y que conforman el sistema moral que ha de convertirse en el esqueleto inamovible de su conducta en todo momento y lugar.

María Teresa sigue al pie de la letra el consejo esencial que el señor Biasutto, el jefe de preceptores del colegio, le dio nada más entrar a desempeñar su trabajo respecto a la actitud que convenía adoptar con los alumnos, lo que él denomina el “punto justo” para la mejor vigilancia. Una mirada alerta a la que no se le escapara nada pero que no fuera evidente, para no poner sobre aviso a los estudiantes. Una mirada a la que nada le pasara inadvertido, pero que pudiera pasar inadvertida ella misma. Una mirada de preceptor, sí, pero también, qué duda cabe, la mirada del perverso, del carcelero, del policía secreto, del amo.

María Teresa, que en su fuero interno admira al señor Biasutto (cuyo poder deriva, en gran medida, de “haber hecho listas”: o sea, haber depurado al colegio de “subversivos”), aspira íntimamente a ganarse su atención, su respeto, su aprecio, y para ello se esmera en la rigurosa aplicación de las normas, en la corrección de las conductas, se perfecciona en el “arte” de la sospecha.

Pero en un ámbito en el que todo está prohibido –hasta para ella misma–, todo es transgresión. Y así, cuando María Teresa, persiguiendo un vago, quizá inexistente olor a tabaco, comienza a esconderse en los lavabos de los chicos para sorprender “in fraganti” a los que fuman, llevarlos ante la autoridad (y ganar así la estima del señor Biasutto), y poco a poco va haciendo de ello un hábito oscuramente excitante y placentero, entonces ya no es de la violación de las reglas, sino de su aplicación a ultranza, de donde surgirá lo perverso, el mal, incluso el horror. La rigurosa vigilancia de una rectitud extrema, la custodia inflexible de una normalidad total y atroz conducirán a María Teresa a una experiencia del horror, mil veces peor que cualquier indisciplina escolar o cualquier travesura o desorden colegial.

Kohan construye la realidad escolar bajo esa disciplina “sadiana” como un espacio claustrofóbico envuelto por una atmósfera de aparente normalidad bajo la que subyace el monstruoso quiste “invisible” del terror, que todo lo infecta y pudre.

Y aunque parezca querer hablarnos de un universo autónomo y casi impermeable a la realidad exterior, resulta obvio que el Colegio Nacional es además una metáfora extensiva de toda Argentina, en especial, de sus clases dirigentes. No en vano –como Kohan no cesa de recordarnos– allí se formaron, se forman, y ¿se formarán?, las élites sociales y políticas del país, las que durante ocho años convirtieron Argentina en una galería del horror.

“Ciencias morales” –que fue galardonada con el XXV Premio Herralde de novela– nos revela a un escritor maduro, de indudable consistencia narrativa, que da a la perfección con el tipo de lenguaje que requiere el tema que está tratando, que construye con morosa delectación y precisión de orfebre las escenas de este drama claustrofóbico. Un escritor que ya acogen editoriales muy destacadas de toda Europa: Seuil en Francia, Einaudi en Italia, Serpent’s Tail en Reino Unido, Suhrkanz en Alemania, y que merece sin duda ocupar un lugar de más relieve en el panorama editorial y literario español.

 
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