Selección de prensa nacional

La paradoja vasca. El escorpión y la rana

A El Paí­s le ha faltado tiempo para publicar hoy un editorial donde establece con precisión los lí­mites que Patxi López, de ninguna manera, puede traspasar

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04-03-2009
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Cómo se nota que, a la hora de establecer lí­nea, todaví­a existen clases. Pasados los iniciales momentos de euforia o decepción (según los casos) tras los resultados del 1-M, ahora llega el momento de hacer los análisis de largo alcance, fijar con precisión los blancos y marcar con nitidez el rumbo a seguir. Y aquí­ es donde aparecen las diferencias de rango y estatus en los medios de comunicación españoles.
 La paradoja vasca. El escorpión y la rana
Cómo se nota que, a la hora de establecer lí­nea, todaví­a existen clases. Pasados los iniciales momentos de euforia o decepción (según los casos) tras los resultados del 1-M, ahora llega el momento de hacer los análisis de largo alcance, fijar con precisión los blancos y marcar con nitidez el rumbo a seguir. Y aquí­ es donde aparecen las diferencias de rango y estatus en los medios de comunicación españoles.

Mientras El Mundo se queda en una lectura superficial, dando simplemente elementos de agitación (“Con López entra un soplo de aire fresco”), a El País, buque insignia del Grupo Prisa y altavoz de un importante sector de la dirección del PSOE –y en este caso, con toda seguridad también del propio Zapatero– le ha faltado tiempo para publicar hoy un editorial donde establece con precisión los límites que Patxi López, de ninguna manera, puede traspasar. Antes de entrar a analizar su contenido, una recomendación a los lectores. En primer lugar, saber con quien se está tratando. No es lo mismo jugar una partida de cartas con gente honesta que con un tahúr. De la misma forma que no es lo mismo cruzar el río montado en una barca que hacerlo, como en la fábula, a lomos de un escorpión. Pues en el segundo caso será imposible librarse del veneno tóxico. Lo lleva en su naturaleza y usted debe ser consciente de ello.
 
Para empezar, el editorialista de El País aconseja ver con calma los resultados. Un consejo que, viniendo de quien viene, sólo puede interpretarse como un llamamiento a desactivar, enfriar o frenar “la oleada por el cambio” que ellos mismos han detectado, como reconocían ayer, entre la masa de votantes socialistas y de influyentes nacionalistas moderados que han propiciado el espectacular ascenso del PSE. Y para ello, nada mejor que presentar de entrada una contradicción tan inverosímil como irresoluble: Ibarretxe ha perdido, pero el PNV ha ganado. Que es algo así como decir que Raúl  ha perdido la liga, pero el Real Madrid la ha ganado. ¿Cómo se come eso? Evidentemente de ninguna manera, pero de lo que trata, justamente, es de eso: de hacer digerir lo indigerible.
 
A continuación, adoptando un aire de regia potestad, el editorialista conmina a respetar “la lógica institucional”. ¿Qué lógica? La que del PNV tome la iniciativa. El mejor argumento que se puede dar a un general para asegurarse que pierde la batalla: ceder la iniciativa al enemigo justamente en el momento en que se le ha propiciado un golpe formidable, se ve obligado a recomponer sus filas y adoptar una posición defensiva, por más bravatas que en ese camino suelte. ¿Y para que quiere el Grupo Prisa que el PNV tome la iniciativa? Pues precisamente para enfriar la ola de cambio. porque de las dos opciones que plantea, la primera, que el PNV intente un gobierno en minoría, es un brindis al sol. ¿Con que votos si el tripartito, ni sumando a Aralar, tiene la mayoría en el Parlamento? De lo que se infiere que lo que realmente busca el editorialista es que el PNV y el PSE inicien cuanto antes conversaciones.
 
Y para reafirmar su posición, intenta demostrar –con argumentos verdaderamente barriobajeros, como veremos– que la insinuación de Patxi López acerca de gobernar en solitario, en minoría y con apoyos puntuales debe ser descartado de plano. Porque hacerlo sería apoyarse en PP y UPyD y, por lo tanto, gobernar “gracias al frente constitucionalista”. Por fin salió la palabra tabú, acuñada por Arzallus (sólo que de forma más ruda, calificándolo de “frente españolista”, se nota que en el Grupo Prisa son más letrados) con el único objetivo de arremeter, amedrentar, acosar y desprestigiar la fuerte oposición surgida entre el pueblo vasco a raíz del Pacto de Lizarra, mediante el cual él, Arzallus, y la dirección de ETA planearon excluir a los no nacionalistas de la vida política y social de Euskadi. Pero esta coincidencia para El País no tiene la más mínima importancia.
Para ellos lo realmente importante se reduce única y exclusivamente a dos cosas. Que el apoyo sin condiciones del PP a un nuevo gobierno encabezado por Patxi López, no se convierta “a los pocos meses en letra de cambio con apremiante orden de pago”. Es decir, que el PP rentabilice políticamente la formación del nuevo gobierno y se apunte un nuevo tanto que sumar al triunfo en Galicia.
Y sobre todo, que cualquier cosa que se haga en Euskadi  se haga sin el PNV. Porque, a fin de cuentas, para el Grupo Prisa, puede estar claro lo que hay que hacer, pero que “deba hacerse sin el PNV está bastante menos claro”.
 
 
 
 
 
 
 
Editorial. El País
LA PARADOJA VASCA
 
Vistos con calma, los resultados de las elecciones vascas parecen hacer realidad la paradoja de una victoria amplia del PNV que es a la vez una derrota de su candidato, Ibarretxe. Y también de Egibar, líder del sector independentista de ese partido, que hace un año propuso la presentación de una candidatura conjunta de todas las formaciones del tripartito (más Aralar) con la propuesta de consulta soberanista de Ibarretxe como programa. El hundimiento de esos socios del lehendakari ha dejado a éste sin mayoría y sin programa. De ahí la complejidad de la situación. Las urnas no han dictaminado con claridad el fin del PNV como partido gobernante, pero sí de la etapa de frente nacionalista con programa soberanista encabezado por Ibarretxe.
 
Precisamente porque el panorama es complicado conviene respetar escrupulosamente la lógica institucional. Al PNV le corresponde tomar la iniciativa y plantear, como partido más votado, su propuesta de Gobierno. En principio, pueden ser dos: monocolor en minoría o de coalición con los socialistas, que sumaría mayoría absoluta. Sólo si ambas opciones se demostraran inviables en las conversaciones previas sería el turno para Patxi López de plantear legítimamente su propia alternativa.
 
Por lo que ha venido diciendo, se propone presentar su candidatura y pedir apoyo a todos los grupos y gobernar luego en solitario. En la práctica significa ser investido con los votos del PP (y en su caso de UPyD) y gobernar con un equipo que incluya independientes con sensibilidades plurales. Ello plantea dos problemas principales: la contradicción entre su mensaje a favor de Gobiernos transversales y la opción en la práctica por el acuerdo entre no nacionalistas; también (y no es cuestión menor) si es razonable pretender gobernar con sólo una tercera parte de los 75 escaños de la Cámara; todo gracias al frente constitucionalista que él mismo descartó a la hora de hacerse con la dirección del PSE y presentarse a las elecciones y cuya tenaza no podría más que ir cerrándose al avanzar una legislatura harto complicada. Los votos gratis del PP para la investidura se transmutarían a los pocos meses en letra de cambio con apremiante orden de pago.
 
El argumento de los socialistas es que para hacer posible una superación de la ruptura radical entre nacionalistas y no nacionalistas de la última década es necesario que el PNV ponga fin a la aventura frentista-soberanista iniciada en Lizarra y continuada por Ibarretxe desde 1998; y para ello, enviar a ese partido a la oposición, lo que acarrearía la retirada de Ibarretxe (los propios nacionalistas consideran impropio que quien ha sido lehendakari pase a portavoz de la oposición).
 
Quedaría el problema de los escasos apoyos, por más que la desaforada reacción del PNV más bien da argumentos para intentarlo. Ya en campaña llamó a votar nacionalista para evitar que gobernasen los que querían "llevar a Madrid el centro de decisión". Y ahora advierte de los efectos "desestabilizadores" de que el lehendakari lo sea gracias al apoyo del PP, cuando ellos contaron con los de Batasuna y sucesores en dos investiduras y otras votaciones trascendentales. Pero el argumento principal es que constituye un atropello desplazar a un partido que ha obtenido una victoria tan "contundente". Y lo es sin discusión sacar ocho puntos y seis escaños al segundo, aunque pueda alegarse como reproche que el PNV gobierna mediante pactos en las diputaciones de Guipúzcoa y Álava pese a haber sido la segunda y tercera fuerza, respectivamente.
 
El mandato de las urnas es que hay que poner fin a la década marcada por el empecinamiento de Ibarretxe. Y que los socialistas tienen la llave del futuro Gobierno. Y que deben jugar un papel determinante en el cambio que los ciudadanos han votado en Euskadi. Todo eso está meridianamente claro. Que eso mismo pueda o deba hacerse sin el PNV está bastante menos claro.
EL PAÍS. 4-3-2009
 
 
 
 
 
Editorial. El Mundo
LÓPEZ, UN SOPLO DE AIRE FRESCO
 
ESCUCHAR el discurso de Patxi López de ayer ante los medios de comunicación fue como un soplo de aire refrescante, una brisa que despeja el ambiente de una habitación cerrada. Hacía años que esperábamos oír algunas de las afirmaciones que realizó el secretario del PSE, que se perfila como el próximo lehendakari del País Vasco desde la posición de fuerza de un resultado electoral (...)
 
Patxi López respondió a las manifestaciones de un portavoz del PNV, que aseguró anteayer que su salida del poder sería tomada como «una agresión política» (...)
 
La incapacidad del PNV para articular una mayoría nacionalista ha hecho aflorar el miedo de una casta a tener que renunciar a los privilegios que disfruta desde 1979. Una casta que se ha autodefinido como la fuerza central de la política vasca, que identifica sus símbolos partidistas con los de la propia comunidad y que creía que iba a gobernar otros 30 años más. De ahí su desconcierto y sus amenazas de romper la baraja.
 
López fue implacable con los nacionalistas refiriéndose a sus alusiones a la anulación de las listas proetarras: «Yo quiero denunciar ese discurso peligrosísimo por lo que tiene de deslegitimador de un proceso irreprochable. Que nadie juegue con los resultados».
 
Sus palabras acreditan que el líder del PSE tiene una firme voluntad de gobernar, para lo cual sólo puede contar con el respaldo del PP y de UPyD, ya que, si no entra en el reparto de carteras, el PNV se dispone a llevar a cabo una oposición implacable para recuperar el Gobierno dentro de cuatro años (...)
 
Podemos comprender que López intente hacer una política moderada, sin provocar al PNV y respetando las señas de identidad del nacionalismo vasco. Pero también estamos seguros de que será firme en la defensa de los valores democráticos y en la lucha contra ETA, sin permitir que se instrumentalicen las instituciones como se ha venido haciendo hasta ahora.
 
La nueva situación abre la posibilidad real de un entendimiento entre PSOE y PP en el País Vasco. Sería bueno que esta aproximación sirviera para que los dos grandes partidos se pusieran también a trabajar juntos en un gran pacto contra la crisis económica
EL MUNDO. 4-3-2009
 
 
 
 
Editorial. El Correo
LEGITIMIDAD INDISCUTIBLE
 
El mapa político surgido de las elecciones del domingo presenta tantas dificultades para la gobernación de Euskadi con una mayoría amplia y un ejecutivo sólido que resulta más censurable aún el empeño de los partidos en subrayar las diferencias cuando deberían tratar de superarlas o reducirlas. Aunque más criticable es que desde las filas de un partido, el PNV, se ponga públicamente en cuestión la legitimidad que ampara a otro, el PSE-EE, para aspirar a la presidencia del Gobierno vasco. La democracia parlamentaria se basa en procedimientos tasados cuyo cumplimiento estricto es suficiente para que las decisiones de una Cámara legislativa sean legales al tiempo que legítimas.
 
En un país como éste, en el que tantas veces se apela a derechos inexistentes y tantas otras se descalifican las aspiraciones del diferente, es más necesario que en ningún otro advertir de los peligros que entraña cuestionar la legitimidad que asiste a un acto parlamentario como la elección de lehendakari cuando el designado lo es por mayoría absoluta o no hay otro candidato que cuente con más apoyos. Esta norma es tan básica que harían bien los dirigentes jeltzales en expresar abiertamente sus críticas más rotundas a las pretensiones de Patxi López acompañándolas con la expresa indicación de que tanto éstas como su eventual investidura son plenamente legítimas. A no ser que hayan decidido, con su cerrazón, obsequiar con nuevas razones a quienes propugnan el cambio y la alternancia al frente de la autonomía vasca.
 
Si el PNV considera que la gobernación de Euskadi ha de ser garantizada mediante otras fórmulas, está en su derecho de proponerlas antes o bien después de la designación de lehendakari. Como está en su derecho de defender la victoria cosechada el domingo tratando de que Ibarretxe sea nuevamente elegido para el cargo que ocupa. Pero lo que no tiene pase es que eluda afrontar las dificultades que encuentra para esto último lanzando contra el anunciado propósito de López poco menos que acusaciones de ilicitud.
 
Ibarretxe y su partido obtuvieron un éxito electoral indiscutible. Sin embargo, al mismo tiempo, el resultado desbarató su política. Los dirigentes nacionalistas están dando muestras de haber recibido alborozados el primer mensaje, mientras intentan simular que no se han percatado de las implicaciones del segundo. Aunque no fue ésa la sensación que transmitieron en su agridulce noche electoral. Es lógico pensar que el PNV está tratando de preservar su unidad interna ante el riesgo que para ésta supondría el mero debate de las rectificaciones a las que tendría que proceder para garantizar su continuidad en el Gobierno de Euskadi.
 
Pero de la misma forma que nadie puede reprochar tal precaución al PNV, el PNV tampoco puede alentar prejuicios respecto a sus adversarios para sacudirse así la responsabilidad de admitir que su política ha salido malparada de las urnas.
EL CORREO. 4-3-2009
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