El Observatorio

í‰tica y Polí­tica

Para Jordi Pujol es "inmoral" que se desaloje al PNV del gobierno vasco

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03-03-2009
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La derrota del único nacionalismo que quedaba "invicto" -el nacionalismo vasco- ha provocado toda una serie de reacciones de incredulidad, estupor, indignación y, por qué no decirlo, miedo, en las filas de todos y cada uno de los partidos que componen la "galaxia" nacionalista en España. Pero de todas esas reacciones me quedo con una: la más "sincera" y reveladora de todas. La de Jordi Pujol. Para el viejo lí­der y fundador de Convergí¨ncia i Unió y "padre" del moderno nacionalismo catalán, el intento de desalojar al PNV de Ajuria Enea es sencillamente "inmoral". La derrota del único nacionalismo que quedaba "invicto" -el nacionalismo vasco- ha provocado toda una serie de reacciones de incredulidad, estupor, indignación y, por qué no decirlo, miedo, en las filas de todos y cada uno de los partidos que componen la "galaxia" nacionalista en España. Pero de todas esas reacciones me quedo con una: la más "sincera" y reveladora de todas. La de Jordi Pujol. Para el viejo lí­der y fundador de Convergí¨ncia i Unió y "padre" del moderno nacionalismo catalán, el intento de desalojar al PNV de Ajuria Enea es sencillamente "inmoral".
El recurso de Jordi Pujol a la “Ética” para fundamentar su postura no se basa sólo en que carezca de argumentos políticos válidos y entonces no le quede otra, sino en una concepción más de fondo.
 
 
Jordi Pujol podía haberse limitado a plantear, como hace en Cataluña, que debía gobernar el partido más votado, argumento en el que se sustenta la pretensión de Artur Más para reclamar la presidencia de la Generalitat, ya que CiU fue el partido más votado en las pasadas elecciones autonómicas catalanas. Aunque esa “reclamación” nunca la hicieron para Galicia (donde el PP tenía la mayoría casi absoluta y saludaron alborozadamente la formación de un bipartito con la presencia de los nacionalistas gallegos del BNG, un bipartito ahora barrido también en las urnas), demostrando así que tienen dos varas de medir, para según y dónde, es obvio que este argumento es muy débil y no va a ninguna parte, después de que en toda España es habitual que gobierne el que tiene “la mayoría” y no el más votado.
 
 
No se ha atrevido, tampoco, a alinearse con Arzallus y decir que “las elecciones son ilegítimas”, porque no ha participado el “partido de ETA”, con cuyos votos los nacionalistas volverían a tener mayoría. Es curioso que este argumento se guardaría automáticamente en el cajón si se diera la hipotética situación de que el PNV continuara gobernando. Es decir, que las mismas elecciones serían “ilegales” si se desaloja al PNV y “legales” si se le deja el poder. Son, de nuevo, las dos varas para medir, pero esta vez a lo bestia.
 
 
En todo caso, en el argumento de Arzallus subyace ya el “fondo moral” de la cuestión, aunque expresado todavía en términos jurídicos: pues lo que aquí el jelkide vasco formula en términos de “legal” o “ilegal”, Pujol (que no puede meterse en estos berengenales, donde ETA anda por en medio) lo va a formular en términos “morales”: lo “moral” y lo “inmoral”, en definitiva, lo bueno y lo malo.
 
 
Para Pujol, efectivamente, es “malo”, muy “malo”, que el PNV pierda el poder, porque para el núcleo esencial del pensamiento nacionalista sólo es “bueno” que ellos gobiernen. Todo lo que desbarata la ecuación que une indisolublemente la patria, la lengua y el gobierno de los nacionalistas es “malo”, es una aberración, una distorsión, algo que no puede ni debe ser. Lo “normal” es que se mantenga la identidad nación = pueblo = lengua = gobierno nacionalista, como si fuera una fórmula matemática que tiene una sola solución. ¡Que esa fórmula matemática no funcione es una aberración, un mal, un desastre! Algo que desafía el núcleo mismo de su propia identidad y, por supuesto, pone en solfa todo su proyecto social identitario y su proyecto político soberanista.
 
 
Por supuesto que ni Pujol ni muchos nacionalistas han reflexionado jamás a fondo sobre adónde conduce una aplicación cabal y totalmente consecuente de esa fórmula. Arzallus, en cambio, parece que sí. Al unir a esa ecuación una nueva igualdad (pueblo = etnia), sabe muy bien donde esa fórmula se aplicó sin contemplaciones y hasta el fin: en la Alemania Nazi.
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