Ley de dependencia

Cuando la burocracia tritura la vida

El caso de la abuela catalana a la que la Generalitat le hace esperar cuatro años para recibir 2 horas de asistencia domiciliaria serí­a un escándalo más si no fuera porque la señora tiene 101 años.

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02-03-2009
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Ante la reclamación de los familiares de una abuela catalana porque la Generalitat no le concedí­a hasta 2013 las dos horas de asistencia domiciliaria requeridas, se le contestó que la decisión la habí­a tomado "un ordenador" y que posiblemente se habí­a producido un errar previo por parte de la personas que hizo el estudio del caso.
 Dolor Soler (Efe)
Dolor Soler (Efe)
Ante la reclamación de los familiares de una abuela catalana porque la Generalitat no le concedí­a hasta 2013 las dos horas de asistencia domiciliaria requeridas, se le contestó que la decisión la habí­a tomado "un ordenador" y que posiblemente se habí­a producido un errar previo por parte de la personas que hizo el estudio del caso.
    Tras la visita de un técnico encargado de baremar el grado de discapacidad de la mujer los datos fueron introducidos en un ordenador, que según parece es el encargado de poner en lista de espera a las personas que reclaman la ayuda. No es que esté severamente discapacitada, pero sí necesita una ayuda por sus achaques. Resultado, o iniciar de nuevo el papeleo o denunciar la situación. Los familiares insisten en que no piden dinero, sólo dos horas semanales de asistencia. El caso pone de manifiesto que la atención a las necesidades sociales ha entrado en fase  “vuelva usted mañana”. Algunos pueden aguantar esta situación porque se tiene colchón familiar y tiempo de vida por delante. En el caso de Dolors Soler no. Tiene nada menos que 101 años y para cuando reciba la ayuda tendrá, o debería tener 105. 
    ¿Puede haber un error humano en la baremación? Puede ser, pero que las decisiones se dejen en manos de un ordenador y que la familia se vea obligada a exponer públicamente el caso no parece obedecer a un error puntual. En caso contrario se habría solventado de inmediato. Ante la perspectiva de volver a cursar otra solicitud y volver a esperar el tiempo necesario para la baremación y la nueva toma de decisión, el sobrino ha optado por “el derecho al pataleo”.
    El año pasado la centenaria mujer del pequeño pueblo de Artesa de Lleida, cuando cumplió los 100, recibió la visita del delegado de Bienestar Social para entregarle la medalla que reconoce a las personas centenarias y le dijo a la mujer que si “si necesitaba algo lo pidiera”. Según el sobrino, ella se lo creyó y por eso reclamaron en varias ocasiones a la Generalitat (las últimas veces dentro de la Ley de Dependencia), recibir la ayuda. Pero eso es lo que hace el caso más sangrante. El caso de Dolors es tan sólo la punta del iceberg del camino que vienen tomando las ayudas sociales en unos tiempos en que la prioridad es tapar agujeros de la banca.
 
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