Obama presenta sus presupuestos

Cuentas arriesgadas

Los elementos de una nueva redistribución de las rentas que los presupuestos de Obama dibujan, pueden considerarse como una auténtica revolución interna en el modelo social de EEUU.

0
0 votos
28-02-2009
Publicidad
En medio de la mayor crisis de los últimos 70 años, la sociedad norteamericana busca un liderazgo capaz de señalarle un nuevo horizonte. Y, a tenor de los presupuestos presentados esta semana, Obama está dispuesto a ofrecérselo.
 Las primeras semanas de su mandato, con un Obama aparentemente dubitativo, dejaron en el aire la incógnita de si el cambio prometido se trataba de algo más que un simple maquillaje
Las primeras semanas de su mandato, con un Obama aparentemente dubitativo, dejaron en el aire la incógnita de si el cambio prometido se trataba de algo más que un simple maquillaje
En medio de la mayor crisis de los últimos 70 años, la sociedad norteamericana busca un liderazgo capaz de señalarle un nuevo horizonte. Y, a tenor de los presupuestos presentados esta semana, Obama está dispuesto a ofrecérselo.

Las primeras semanas de su mandato, con un Obama aparentemente dubitativo, dejaron en el aire la incógnita de si el cambio prometido se trataba de algo más que un simple maquillaje. Hasta el punto que el propio The New York Times llegó  señalar que todos los que apostaron por él querían “ver más del candidato Barack Obama en el presidente Barack Obama”. Pero el encadenamiento esta semana de su discurso ante una sesión conjunta de las dos cámaras y la presentación de los presupuestos para 2010 ha despejado todas las dudas.
 
Obama está dispuesto a dirigir a EEUU hacia un profundo cambio. Tan sustancial en muchos aspectos que algunos han empezado a hablar de la “revolución Obama”.
 
Y es que, en efecto, los elementos de una nueva redistribución de las rentas que la propuesta de presupuestos de Obama dibuja puede considerarse como una auténtica revolución interna en el modelo social y económico de EEUU desde hace casi 30 años. De ser consecuente y capaz de llevar adelante las transformaciones que propugna, Obama se enfrenta a la tarea de cambiar la fisonomía de la sociedad norteamericana para las próximas décadas. Un reto que sólo unos pocos dirigentes, Roosevelt en los años 30 o Reagan en los 80, han afrontado.
 
Basándose en una extraordinaria expansión del gasto público –por encima del 20% del PIB durante los próximos 10 años–, Obama se dirige no sólo a intentar salir de la crisis mediante una gigantesca inyección de dinero público, sino en ese proceso crear una sociedad más cohesionada, limando las aristas más agresivas de un modelo que ha creado tal polarización, que EEUU conoce en la actualidad el mayor abismo social de toda su historia.
 
La sola idea de crear una cobertura universal que ofrezca asistencia médica a los 46 millones de norteamericanos que no la tienen porque no pueden pagársela, es un reto de colosales dimensiones. Y no sólo por la insólita realidad de los EEUU de hoy, donde muchas de las principales ONG’s mundiales dedicadas a ofrecer asistencia médica gratuita tienen establecidos sus mayores centro de operaciones en los suburbios de las grandes ciudades norteamericanas, sino porque todos los intentos realizados en los últimos 60 años no han llegado nunca siquiera a plasmarse en el papel. Lo que para los países europeos es algo consustancial –fruto de las peculiares condiciones en que acabó la IIª Guerra Mundial– a sus modelos de bienestar, en EEUU ha sido durante décadas un sueño tan inalcanzable como el de que un presidente negro ocupara el Despacho Oval.
 
Pero el desafío es todavía mayor si efectivamente, como contemplan los presupuestos presentados, una buena parte de los recursos necesarios para poner en marcha ese sistema universal de salud van a salir, por un lado, de un sustancial recorte de  los presupuestos de Defensa. Y  por otro, de una no menos sustancial subida de impuestos a los norteamericanos más ricos.
 
Con respecto a los primeros, si bien en el año 2010 los presupuestos de Defensa aumentan en un 4%, a partir de ese año se contempla una reducción de hasta el 15%. Con respecto a los segundos, todos los norteamericanos con rentas superiores a los 250.000 dólares anuales, un escaso 3% de la población, pasarán de pagar el 35 al 39’6%. Mientras que las rentas de capital pasarán de pagar un 15% a un 20%. Al mismo tiempo que se eliminarán en 2011 todos los privilegios fiscales aprobados durante el mandato de Bush por los que las grandes fortunas del país y los plutócratas de Wall Street pagan impuestos ridículos, de hasta el 1%, por sus ingentes beneficios.
 
Sólo el enunciado de ambas propuestas –que el tiempo dirá con que grado de consecuencia han sido formuladas– presagia el enconamiento de la batalla política que se va a desatar en Washington, si es que el equipo de Obama está de verdad dispuesto a llevarlas adelante, incluso aunque no sea al 100%. Tanto el complejo militar-industrial como Wall Street –así como las grandes petroleras sobre las que Obama espera cargar buena parte del coste de acabar con la dependencia energética del petróleo– ya han anunciado su radical oposición. No sólo a las medidas concretas, que también, sino al modelo político, económico y social que se vislumbra tras ellas. Vencer las feroces resistencias internas que la aplicación de este programa de reformas va a encontrar será uno de los grandes desafíos de Obama
 
Pero no el único. El declive estratégico de EEUU, agudizado severamente tras los 8 años de mandato de Bush con la derrota en Irak y el estallido de la peor crisis económica en siete décadas, crean un marco internacional complejo en el que Obama tendrá que moverse con tanta agilidad como habilidad para que no se convierta en un obstáculo insalvable para su reforma interna. En los años 30 Roosevelt fue capaz de impulsar una drástica transformación interna de EEUU, pero a costa de replegarse en sí mismo y dejar que los acontemientos mundiales siguieran su propio curso, con el catastrófico resultado que todos sabemos. En los años 80, Reagan pudo articular un frente mundial ante la amenaza de la ofensiva expansionista soviética, sacando los recursos necesarios para la recuperación interna sobre la base de ejercer un firme liderazgo sin fisuras ni contemplaciones en ese frente mundial.
 
De momento, los primeros pasos de Obama en este terreno apuntan ya en una dirección consistente. La creación de un sistema articulado de mecanismos de consenso global a través del cual Washington pueda mantener, en un período de inevitables turbulencias, el grado de estabilidad del orden mundial que precisa para su recuperación.
 
Sistema articulado en el que ya despuntan con cierta claridad dos elementos. En primer lugar la constitución de una especie de “superdirectorio”, un G-2 entre EEUU y China –el uno como única superpotencia, el otro como gran potencia emergente– donde puedan tratarse y acordar las líneas maestras de las grandes cuestiones de la gobernación global. Un segundo escalón, formado por algún tipo de organismo similar al ya existente G-20, actuando a modo de “senado imperial” donde las potencias de segundo orden y los principales países emergentes –en un proceso de negociación y concesiones mutuas– serían los encargados de aplicar regionalmente las medidas precisas para mantener en la mayor medida posible la estabilidad global.
 
Conseguir este marco es el segundo gran desafío de Obama sin el cual todo su proyecto de reformas se hará de imposible aplicación. Y si en el primero va a encontrar una fiera oposición, en este segundo tampoco va a hallar el orden y la estabilidad necesarias, sino las turbulencias y el caos que acompañan inevitablemente a toda crisis sistémica del capitalismo. Por eso posibemente, los cálculos del equipo de Obama y del sector de la burguesía monopolista yanqui que representa, puedan convertirse, de llevarlos adelante, en cálculos arriesgados. Muy arriesgados.
¿Qué te ha parecido el artículo?
Publicidad