Libros

Si te comes un limón sin hacer muecas

Sergi Pí mies alcanza la madurez en este libro de cuentos, mí­nimos pero con mucho jugo.

0
0 votos
27-02-2009
Publicidad
Desde la publicación de "Debiera caérsele la cara de vergüenza" (su primer libro de cuentos, en 1986), Sergi Pí mies (hijo de la escritora catalana Teresa Pí mies y del lí­der histórico del PSUC, Gregorio López Raimundo, nacido en Parí­s en 1960 y afincado en Barcelona) ha edificado un singular y atractivo territorio narrativo (formado ya por cinco libros de cuentos y tres novelas) que poco a poco ha ido abonando la fundada idea de que nos encontramos ante un autor con una proyección literaria verdaderamente relevante. Desde la publicación de "Debiera caérsele la cara de vergüenza" (su primer libro de cuentos, en 1986), Sergi Pí mies (hijo de la escritora catalana Teresa Pí mies y del lí­der histórico del PSUC, Gregorio López Raimundo, nacido en Parí­s en 1960 y afincado en Barcelona) ha edificado un singular y atractivo territorio narrativo (formado ya por cinco libros de cuentos y tres novelas) que poco a poco ha ido abonando la fundada idea de que nos encontramos ante un autor con una proyección literaria verdaderamente relevante.
Esa proyección parece haber cristalizado ahora en una obra que el público y la crítica han reconocido como “una obra mayor”, o de madurez, como una obra, en definitiva, consagratoria, tanto por la belleza de su estilo como por el interés de sus contenidos.

En el prólogo o presentación con que Vila-Matas preludia la versión castellana de Si te comes un limón sin hacer muecas, sin afán doctrinario ni voluntad imperativa alguna, aquel da dos pinceladas muy precisas acerca de este proceso de “consagración” de Pàmies. Por un lado, alaba la depuración del estilo, el esfuerzo de concisión, el trabajo de “corrección obsesiva”, que le ha permitido dejar el libro “lo más flaco posible”. Aunque Vila-Matas no se deja engañar por esta delgadez y advierte sabiamente al lector que no se deje engañar por el minimalismo aparente: en verdad –dice– “Pàmies te ha vendido como breve lo que en realidad es un libro interminable, infinito”. Esa infinitud no está en el número de páginas (apenas 132 para veinte cuentos, con letra gruesa y gran interlineado), sino en la hondura y ambición de unos relatos, que se hace necesario leer y releer una y otra vez para poder extraer todo el jugo que contienen: así que –concluye Vila-Matas– “al igual que el título, que es más bien largo, el libro esconde en realidad tres mil páginas más”.

La otra pincelada vilamatiana sobre el libro de Pàmies no se limita a cuestiones de estilo, sino a constatar que esta nueva obra consagra y profundiza vetas ya abiertas por Pàmies en sus últimos libros, sobre todo en El último libro de Sergi Pàmies (2000), un conjunto de relatos que, para Vila-Matas, inauguran una “etapa diferente, mucho más madura y ambiciosa”, totalmente desmarcada de “la vulgaridad imperante” y signo de un cambio ostensible. Esa transición a la madurez –que el propio Pàmies ha descrito como la eliminación del fardo de esa impostura por la que el escritor es necesariamente un “ser torturado”–, Vila-Matas la delimita con gran exactitud y precisión en su prólogo: “la madurez en este autor es, a pesar de la dureza de fondo de las historias, una verdadera alegría para sus lectores. Es una madurez más que razonable y que mantiene con el género humano una relación de generosidad y de piedad que parece participar de la ironía cervantina de la sonrisa benévola, compasiva, llena de simpatía y placidez: una ironía entre el desencanto, la discreta felicidad y la esperanza inútil, pero que, en cualquier caso, revela una armonía con el mundo, la misma que ha sabido establecer Pàmies en la vida real al lograr un equilibrio interesante entre la práctica cotidiana del periodismo en prensa, radio y televisión (“que me resuelve parte de los entusiasmos, de la alegría, de la inmediatez, o de la curiosidad”) y esas sendas oscuras del alma, íntimas y conflictivas, que requieren siempre un tiempo de reflexión infinito que él sabe desviar hacia sus cuentos mínimos”.

Cuentos ciertamente mínimos, breves, a veces muy breves, pero que –como dice Vila-Matas– “no se acaban nunca”. En ellos Pàmies demuestra una gran maestría para abordar, con deliciosa ironía contenida, problemas candentes de nuestros días. Como aquel (“Sangre de nuestra sangre”) sobre una pareja bien casada y bien avenida que un día se enfrenta a una terrible e insólita petición de su hija: para que ella sea “normal”, como sus amigos, como los de su clase, ellos tiene que divorciarse. O aquel otro (“Convalecencia”) en el que el marido descubre un día por casualidad que su mujer guarda en el cajón de su mesilla de noche un vibrador cuyo origen desconoce, un relato cuyo desarrollo y desenlace producen, como el limón al chuparlo, satisfacción y sobrecogimiento. O aquel otro (“El experimento”) en que un hombre ordenado, metódico y pulcro se ve obligado, por la presión de las ideas dominantes, a cambiar su modo de actuar, lo que desencadena un desastre tras otro: todas las paradojas e incertidumbres que produce una sociedad cuyos criterios y valores están en revisión y cambio continuo, laten en el fondo de la prosa de Pàmies, precisa, concisa, pero sin aristas cortantes.

Tirando de un hilo aparentemente intrascendente o inocuamente cotidiano, Pàmies edifica con pocas pero precisas palabras relatos que indagan algunas de las más soterradas y desasosegantes realidades de nuestro tiempo: las servidumbres que seres vulnerables sienten ante una realidad en la que tiene que afrontar el naufragio final de sus sueños.

“He escuchado en la radio que si te comes un limón sin hacer muecas, todo lo que desees se cumplirá, pero me da miedo probarlo, hacer muecas y que ningún deseo se haga nunca realidad”, dice el protagonista en el último párrafo del cuento que cierra este espléndido libro de Pàmies.
¿Qué te ha parecido el artículo?
Publicidad