Hace ocho años que ETA asesinó a Fernando Buesa y Jorge Dí­ez

Ni olvidamos, ni perdonamos

nosotros no olvidamos que hace ocho años el lehendakari menospreció, vilipendió y atacó a los familiares de Fernando y Jorge, demostrando el "corazón de hielo" de algunos jelkides etnicistas

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23-02-2009
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El 22 de febrero del año 2000, ETA asesinó a Fernando Buesa, portavoz socialista en el parlamento vasco y su escolta, Jorge Dí­ez. Ibarretxe acudió hace dos dí­as al homenaje anual presidido por la familia de Buesa, junto a socialistas y populares. Pero nosotros no olvidamos que hace ocho años el lehendakari menospreció, vilipendió y atacó a los familiares de Fernando y Jorge, demostrando el "corazón de hielo" de algunos jelkides etnicistas. Ni olvidamos, ni perdonamos. El 22 de febrero del año 2000, ETA asesinó a Fernando Buesa, portavoz socialista en el parlamento vasco y su escolta, Jorge Dí­ez. Ibarretxe acudió hace dos dí­as al homenaje anual presidido por la familia de Buesa, junto a socialistas y populares. Pero nosotros no olvidamos que hace ocho años el lehendakari menospreció, vilipendió y atacó a los familiares de Fernando y Jorge, demostrando el "corazón de hielo" de algunos jelkides etnicistas. Ni olvidamos, ni perdonamos.
Fernando Buesa había sido vice-lehendakari y consejero de educación en el gobierno de coalición entre el PSE-EE y el PNV. En febrero del 2000, como portavoz en el parlamento vasco, representaba la línea de firmeza ante el nacionalismo étnico implantada en el socialismo vasco bajo la dirección de Nicolás Redondo.
Por eso ETA lo asesinó, a través de un coche bomba que también segó la de su escolta, Jorge Díez.
El atentado se produjo en el campus de la universidad de Vitoria. Ibarretxe se encontraba en esos momentos a 200 metros de allí, en el palacio de Ajuria Enea. Pero el lehendakari no acudió al lugar del atentado y hasta cinco horas después no hizo pública su condena del asesinato. Tampoco llamó a la viuda de Buesa, ni a la de Jorge Díez. Ni visitó la sede socialista. Ni se personó en la concentración de condena, celebrada unas horas después del atentado.
Preguntado por un periodista sobre qué sentía por el asesinato de Fernando Buesa, Arzallus dijo: "Bueno...era socialista...pero formaba parte del paisaje"
Arzallus se presentó en la capilla ardiente, pero  pasó por delante de los familiares sin dirigirles la palabra. Cuando alguien le reprende su actitud, vuelve sobre sus pasos y habla con Jon Buesa, miembro del PNV, el único nacionalista de la familia y le da el pésame a él, sólo a él.
Al día siguiente, en el funeral celebrado en la catedral de Vitoria, Ibarretxe recibe el rechazo y la indignación generalizada, y se ve obligado a salir por la puerta de atrás.
Dos días después, el hijo de Fernando Buesa pide a Ibarretxe que acuda a una manifestación de condena organizada por la familia.
La presencia de Ibarretxe en esa manifestación es una de las más nauseabundas muestras de desvergüenza. Ibarretxe se olvida de condenar el asesinato. Decide unilateralmente el lema de la pancarta. Forma un bloque en la manifestación, separado de los familiares de las víctimas, y formado por los miembros más fanatizados del PNV, que gritan permanentemente consignas a favor del lehendakari.
Al finalizar la manifestación, la familia Buesa dirige unas palabras a los asistentes. Pero ni Ibarretxe ni los escuadrones de choque que el PNV había llevado a la manifestación estaban allí. Se habían ido ya. Ellos no habían ido a condenar el atentado ni a solidarizarse con las víctimas. Sólo a organizar un acto de desagravio a Ibarretxe.
Esta es la moral de los jelkides etnicistas, de los “políticos de corazón de hielo”, como los definió Maite Pagazaurtundua –colaboradora de Fernando Buesa-.
Ni olvidamos, ni perdonamos.
Pero en febrero del 2000 también ocurrió algo que verdaderamente “heló el corazón” de los Ibarretxe y Arzallus.
Basta Ya organizó la primera manifestación contra el nacionalismo étnico en Euskadi. Fueron 10.000 personas, y debieron sufrir un contra manifestación organizada por Batasuna. Pero al año siguiente esa cifra se multiplicó por diez, y más de 100.000 personas tomaron San Sebastián para defender la libertad y denunciar el fascismo étnico.
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