Mariano Fernández Bermejo, ministro de Justicia

El cazador cazado

Bermejo se ha desenmascarado como un vulgar remedo de aquellos "jerarcas del régimen tardofranquista" que tan bien dibujó Berlanga en "La Escopeta Nacional"

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19-02-2009
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Llegó al ministerio con aureola de "rojo", de implacable, de justiciero. De flagelo contra los poderosos. De fiscal incorruptible. Un hombre í­ntegro. Un jurista indoblegable. Un hombre, no de izquierda, sino de la "extrema izquierda" (como se definió a sí­ mismo). El hombre que iba a resolver los sempiternos problemas de la justicia en España, modernizarla y ponerla al servivio de los ciudadanos. Llegó en febrero de 2007. Dos años después de su nombramiento, Bermejo se ha desenmascarado por completo como una especie de servicial "Terminator" sin otra misión que cumplir el designio de Zapatero de liquidar al PP y como un vulgar remedo de aquellos "jerarcas del régimen tardofranquista" que tan bien dibujó Berlanga en "La Escopeta Nacional": no hay fin de semana que el "montero" Bermejo no acuda, al parecer, a una cacerí­a a practicar los viejos hábitos del tráfico de influencias, el chanchullo y la prevaricación en la sombra. Mientras tanto, la justicia española se despeña por un abismo.
 (EFE)
(EFE)
Llegó al ministerio con aureola de "rojo", de implacable, de justiciero. De flagelo contra los poderosos. De fiscal incorruptible. Un hombre í­ntegro. Un jurista indoblegable. Un hombre, no de izquierda, sino de la "extrema izquierda" (como se definió a sí­ mismo). El hombre que iba a resolver los sempiternos problemas de la justicia en España, modernizarla y ponerla al servivio de los ciudadanos. Llegó en febrero de 2007. Dos años después de su nombramiento, Bermejo se ha desenmascarado por completo como una especie de servicial "Terminator" sin otra misión que cumplir el designio de Zapatero de liquidar al PP y como un vulgar remedo de aquellos "jerarcas del régimen tardofranquista" que tan bien dibujó Berlanga en "La Escopeta Nacional": no hay fin de semana que el "montero" Bermejo no acuda, al parecer, a una cacerí­a a practicar los viejos hábitos del tráfico de influencias, el chanchullo y la prevaricación en la sombra. Mientras tanto, la justicia española se despeña por un abismo.
 
Si, en definitiva, Zapatero ha demostrado en esta crisis no ser sino el muñeco ventrílocuo a través del cual habla (o mejor dicho, ordena y manda) Botín, Bermejo vendría a ser algo así como el títere con el que aquél muñeco pretende llevar a cabo una de las misiones esenciales en las que el tándem Botín-Zapatero están absolutamente conjuntados: liquidar al PP. Y por “liquidar” no debe entenderse necesariamente su desaparición, sino “dañarlo” de tal forma que quede incapacitado como alternativa de poder.
Una tarea y un objetivo que se hacen tanto más acuciantes cuanto que la crisis comienza a pasar una factura tremenda al PSOE de Zapatero (ya veremos lo que ocurre en las elecciones gallegas y vascas) y a que el propio Botín, que parecía inmune a la crisis, comienza a verse también acorralado por el tsunami de la crisis financiera, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, los errores de su propia ambición ilimitada (Madoff, etc.) y los procesos judiciales que comienzan a abrirse de nuevo contra él: dificultades, algunas tan graves, que le han llevado ya a “decretar” (con el apoyo de la CNMV, es decir, del gobierno Zapatero) el primer “corralito” de España, el del fondo Baniff Inmobiliario.
En realidad, y si la miramos de cerca y con cierto detalle, toda la acrisolada fama de “rojo” con la que Bermejo llegó al gobierno se reducía, en los hechos, a una feroz enemistad política y personal con el PP, agravada por su natural sectarismo y su inigualable capacidad de intriga. Por eso, cuando fue llamado a la misión para la que fue llamado, no cabe duda que el personaje tenía el perfil idóneo.
En la última legislatura de Aznar, Bermejo protagonizó una agria disputa con el Ministro de Justicia de aquél, José María Michavila, quien terminó destituyéndolo como titular de la Fiscalía en Madrid. Como Michavila era hijo de de un general del Ejército del Aire, Bermejo acuñó una frase que se haría célebre: “Luchamos contra los padres y ahora luchamos contra los hijos”. Pero como más de uno le recordó entonces, la frase encerraba una peligrosa doble dirección, ya que el padre de Bermejo, de familia también acomodada, fue durante muchos años Jefe Local del Movimiento en Arenas de San Pedro (Ávila), su pueblo. Y ahora son ya muchos los que están empezando a pensar que le va como anillo al dedo a él mismo.
Claro que Bermejo puede acreditar, en su descargo, una temprana rebeldía juvenil. En los años 60 formó parte, como bajista, de una banda rockera, “Los Cirros”, lo que dio pie, al parecer, a un morrocotudo conflicto generacional con su padre. Eso sí, la rebeldía filial no impidió que el hijo cursara, como Dios manda, la carrera de Derecho y acabara sacando las oposiciones a la Fiscalía con el número 1 de su promoción en 1974. De su supuesta aguerrida “lucha contra los padres” (es decir, contra el franquismo real) no consta episodio alguno.
Tras recorrer todas las casillas del escalafón judicial (al tiempo que se ponía al frente de la creación de una asociación de fiscales afín al PSOE), Bermejo llega en 1989 a la Fiscalía del Supremo.Y de 1992 a 2003 se convierte en el Fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Madrid, desde donde librará su “combate sin cuartel” contra Michavila, que acabará expulsándolo del puesto, con el respaldo del Tribunal Supremo.
Pero su “venganza” no tardaría en llegar. Sólo cuatro años después, Bermejo lograba sentarse en el sillón de Michavila, como flamante ministro de Justicia. Había llegado su hora: la hora de cumplir una “misión” a la que le empujaban tanto el encargo del tándem Botín-Zapatero como su propia inquina personal.
En sus dos años como ministro Bermejo no ha defraudado ese perfil. Con él no ha cambiado nada en la justicia española: ni es más progresista, ni más eficaz, ni más rápida, ni menos costosa. No ha superado el déficit de modernización que arrastra (es casi con seguridad el único servicio público que todavía no está informatizado) ni se ha dotado del personal necesario para un cumplimiento mínimamente adecuado de sus tareas (hecho puesto dramáticamente de relieve en fechas recientes por el asesinato de la niña Mary Luz). Todo está igual o peor que antes de su llegada, lo que ha desembocado estos días en la realización de la primera huelga de la historia de la justicia española.
¿A qué se ha dedicado entonces el ministro Bermejo? A lo suyo. A intentar que el gobierno controle el poder judicial. A que los fiscales tengan una acreditada fidelidad a su ministerio. A que las asociaciones judiciales vinculadas al PSOE ganen peso y posiciones y desplacen a las del PP. En definitiva, a ese juego de poder llamado “quítate tú que me pongo yo”, que es el verdadero núcleo y médula de su actividad, pero al que él reviste y trata de presentar a la opinión pública como “una lucha feroz del progreso contra la reacción”. Y, por supuesto, también a utilizar todos los medios que su cargo le facilita para (en coordinación con el ministerio del Interior y algunos jueces de la Audiencia Nacional) organizar y llevar a cabo sistemáticas y pautadas campañas de levantamiento de escándalos contra el PP, meticulosamente preparadas y orquestadas para que estallen un mes antes de las elecciones.
Ahora sabemos también que algunas de esas operaciones se fraguan, negocian y ultiman, al viejo “estilo Berlanga”, en suntuosas y exclusivas cacerías y monterías, a 1.500 euros como mínimo el puesto, y en las que el ministro Bermejo no sólo concierta los detalles sobre la explosión de la próxima bomba contra “la reacción”, sino que cumple su sueño secreto: ocupar el mismo lugar, el mismo “trono” de la reacción. Con su escopeta de montero al hombro Bermejo no sólo dispara a la reacción y logra, por fin, “matar al padre” (freudianamente, claro), sino lo más importante: ocupa su lugar, ocupa el trono.
Y así, de tanto jugar al “quitate tú, que me pongo yo”, Bermejo ha llegado a ocupar al fin su sitio: ¡Él es ahora la reacción!
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