La miniserie sobre el 23-F arrasa en TV

La verdadera historia del 23-F (2)

El auténtico objetivo del 23-F no era otro que acabar con la polí­tica neutralista de Suárez, incompatible con las exigencias norteamericanas

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13-02-2009
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En su segundo y último capí­tulo, la miniserie sobre el 23-F volvió a registrar extraordinarios í­ndices de audiencia. En la primera entrega de este serial, recordamos que el principal instigador y "autor intelectual" del golpe -EEUU- habí­a sido convenientemente borrado. Pero también notamos la ausencia de otro personaje esencial en la trama, en este caso como ví­ctima: Adolfo Suárez. Porque el auténtico objetivo del 23-F -que dada la envergadura de la operación no podí­a ser el esperpéntico golpe de un grupo de guardias civiles comandados por Tejero- no era otro que acabar con la polí­tica neutralista de Suárez, incompatible con las exigencias norteamericanas. Para volver a encuadrar a España en el redil, EEUU estuvo dispuesto a sacrificar, si era necesario, a la joven democracia. En su segundo y último capí­tulo, la miniserie sobre el 23-F volvió a registrar extraordinarios í­ndices de audiencia. En la primera entrega de este serial, recordamos que el principal instigador y "autor intelectual" del golpe -EEUU- habí­a sido convenientemente borrado. Pero también notamos la ausencia de otro personaje esencial en la trama, en este caso como ví­ctima: Adolfo Suárez. Porque el auténtico objetivo del 23-F -que dada la envergadura de la operación no podí­a ser el esperpéntico golpe de un grupo de guardias civiles comandados por Tejero- no era otro que acabar con la polí­tica neutralista de Suárez, incompatible con las exigencias norteamericanas. Para volver a encuadrar a España en el redil, EEUU estuvo dispuesto a sacrificar, si era necesario, a la joven democracia.
En sus “Confesiones”, Juan Alberto Perote, alto mando del CESID, relata así la dimisión de Suárez: “Joaquín Garrigues Walker, estrechamente relacionado con el gobierno de UCD, sostenía que el presidente Suárez había tomado su decisión de dimitir tras acudir al Palacio de la Zarzuela, donde el Rey le recibió en compañía de dos generales. En un momento determinado, Don Juan Carlos se ausentó, y los dos militares pusieron sus pistolas encima de la mesa exigiendo su dimisión”.
Todavía recordamos las enigmáticas palabras de Suárez al abandonar la presidencia, que tendrían confirmación el 23-F: “dimito para que la democracia no sea un paréntesis en la historia de España”.
Hasta este punto estaban dispuestos los centros de poder, léase EEUU, con tal de cercenar lo que significaba la política de Suárez.
¿Pero por qué Suárez, que procedía de la clase política franquista, se convierte en un objetivo a eliminar, a cualquier precio, para EEUU?
Ya hemos señalado como la exigencia del secretario de Estado norteamericano Alexander Haig, reclamando que “España fije fecha y hora para su entrada en la OTAN” es el desencadenante del 23-F. EEUU necesitaba –en pleno contra ataque de Reagan contra el avance soviético- que todos sus peones estuvieran firmemente alineados.
¿Qué posición toma Suárez ante las “órdenes” de Washington?
En las elecciones de 1979, la entrada en la OTAN desaparece del programa electoral de UCD, y en la sesión de investidura, Suárez anuncia que la integración en la OTAN no está en la agenda de su gobierno para los siguientes 4 años.
Suárez no está dispuesto a poner en riesgo el consenso con una izquierda –profunda y radicalmente antiyanqui en su base social– en las cuestiones básicas de consolidación del sistema de libertades por satisfacer las exigencias de Washington.
Pero Suárez va más allá del rechazo a una integración inmediata e incondicional en la OTAN, impulsando una política neutralista cada vez más acusada.
Su visita a Fidel Castro (donde además declara en una conversación privada con el mandatario cubano que él es contrario a la entrada de España en la OTAN, confidencia que Fidel Castro se encargará de airear convenientemente), rompe el frente de bloqueo contra Cuba impuesto por Washington.
Durante esos años, España se alinea sistemáticamente en la ONU en contra de las propuestas de EEUU y de los países de la CEE, votando a favor de las propuestas del bloque iberoamericano, de los países árabes en los asuntos relacionados con la cuestión palestina y del Movimiento de Países No Alineados en los asuntos donde se juega la disputa entre el bloque soviético y el norteamericano.
Es lo que el propio Suárez va a denominar como “la tercera vía” de la diplomacia española: la búsqueda de una política de equilibrio que pretende escapar a la rigidez del encuadramiento en el bloque soviético o norteamericano.
En Iberoamérica –principal prioridad que formula el ministro de Asuntos Exteriores de Suárez tras su investidura– los gobiernos de Suárez despliegan una intensa actividad (en la que va a jugar un destacadísimo papel el rey) que empiezan a diseñar lo que década y media después se transformará en la Comunidad Iberoamericana de Naciones
En el Mediterráneo, se desarrollará la tradicional política de amistad con los países árabes y de pleno apoyo a la causa palestina. El recibimiento de Arafat con honores de jefe de Estado en Barajas y las reiteradas negativas de Suárez al establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel son la plasmación de una orientación estratégica que, además de mantener un cierto grado de influencia en Oriente Medio, busca, a través del desarrollo de una política autónoma, la defensa de los intereses estratégicos de España en el norte de África.
Suele interpretarse que la integración de España en la UE y en la OTAN fue el corolario inevitable de la transición. Se nos ha vendido que no había otra opción posible ni planteable para la consolidación de la democracia que nuestra plena incorporación, en propiedad cabe decir completa subordinación, al sistema de alianzas norteamericano, y por extensión europeo. Democracia, OTAN y CEE se vendían en un mismo ticket. Pero la realidad de aquel periodo histórico demuestran que no era así.
Entre los años 1977 y 1981, la conjunción del cambio de régimen y el relajamiento de la presión hegemonista durante la presidencia de Carter, ofrecen posibilidades para que España redefiniera su papel en el mundo.
O se avanzaba en dotar a nuestro país de una voz propia en el mundo, sobre la base de acentuar la dimensión iberoamericanista y mediterránea de su política exterior, como primer paso para convertirse en cabeza de una plataforma hispánica capaz de ser un actor relevante y de peso en la escena internacional; o, por el contrario, España se resignaba a seguir siendo un peón del hegemonismo yanqui, buscando únicamente un mejor acomodo.
Suárez optó por la primera opción –y por eso es el único ex presidente recordado con cariño y respeto-, mientras que otros, aparentemente más colocados a la izquierda, como Felipe González, se inclinaron ante las presiones norteamericanas.
Esta encrucijada, y la aguda lucha de clases que se va a desatar en torno a ella, va a estar en el centro del desarrollo de la Segunda Transición que acaba en los 6 primeros meses de 1981 con la abrupta defenestración de Suárez, el golpe del 23-F y el ingreso en la OTAN.
Solo resta, en el próximo y último capítulo de este serial, saber cómo pudo EEUU ejecutar el golpe y reconducir en su propio beneficio el rumbo de la política española.
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