Literatura

La mancha humana

En esta novela de Philip Roth tan letal es el puritanismo conservador como la corrección polí­tica

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12-02-2009
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Escrita en los goznes del milenio, "La mancha humana" (2000) de Philip Roth es una novela cuya grandeza, hondura y calidad la hacen candidata tanto a cerrar la narrativa del siglo XX como a servir de pórtico a la historia literaria del siglo XXI. Escrita en los goznes del milenio, "La mancha humana" (2000) de Philip Roth es una novela cuya grandeza, hondura y calidad la hacen candidata tanto a cerrar la narrativa del siglo XX como a servir de pórtico a la historia literaria del siglo XXI.
 
    La coincidencia de la escritura de esta novela con el período del escándalo Clinton-Lewinsky –al que Roth se refiere expresamente, y que utiliza además para enmarcar temporalmente el relato– y con la ola de puritanismo moral que se levantó en Estados Unidos, ha llevado a una parte considerable de la crítica a tratar “La mancha humana” como un monumento literario contra la hipocresía, la gazmoñería, la mojigatería norteamericana, capaz de acorralar a una persona, perseguirla y ensañarse con ella hasta destruirla por completo, única forma de satisfacer un Moloch moral que exige sangre y venganza. 

    Pero esta visión y este tratamiento del libro no deja de ser “interesadamente” unilateral, al borrar, minimizar u ocultar el otro “blanco” contra el que la novela de Roth dispara, con no menos potencia artillera y similar puntería: el blanco de la “corrección política”, otro Moloch (éste con una careta aparentemente “progresista”), pero igualmente insaciable en su búsqueda de víctimas inocentes, en su demanda de sangre y en su delirante afán persecutorio. 

    Coleman Silk es un viejo profesor universitario de Lenguas Clásicas, que durante muchos años ejerció como un decano reformista e innovador que transformó la decrépita Universidad de Athena en un centro dinámico, moderno y atractivo, pero al que un comentario inocuo hecho un día al pasar lista en clase hace caer sobre él una absurda acusación de “racismo”, a la que, unos por oportunismo, otros por interés, algunos por viejos rencores y los más por miedo a comprometerse con él, sus compañeros acaban por dar curso y crédito, lo que provoca su indignación, su ira, su dimisión, su salida de la universidad y su completo abandono de la docencia.
    La muerte de su esposa un año después, por causas que Silk achaca a la persecución sufrida, hace que se redoble su enfurecimiento y su rabia, hasta el punto de que un día se presenta en casa de su vecino, el escritor Nathan Zuckerman (“alter ego” del propio Roth y narrador de la novela) para que se encargue de contar su historia y así desenmascarar a todos los que han participado en su desdicha y en el “asesinato” de su mujer. 

    De este encuentro surge la amistad de estos dos hombres y con el tiempo la confidencia de que Silk –a sus 73 años– mantiene relaciones sexuales con una mujer a la que dobla la edad, una limpiadora de la facultad, una mujer divorciada de su marido (un ex-combatiente de Vietnam, violento y desquiciado, afectado por el “síndrome postraumático” de tantos jóvenes norteamericanos que un día fueron sacados de sus pacíficas granjas para meterlos al día siguiente “a matar amarillos” en la selva, y ya nunca salieron de allí, ni los vivos ni los muertos), una mujer que vive y duerme en una granja lechera, en la que también trabaja, y que de alguna forma es la antítesis del propio Silk: Faunia Farley –así se llama– no tiene ningún aura de respetabilidad (incluso parece que rozó la prostitución), es analfabeta y, de hecho, es, ha sido, se la considera, una mujer maltratada. 

    Roth va a tirar del hilo de esta relación “extraordinaria” para construir un relato tan poderoso como complejo, tan cautivador como desesperanzado. A un autor “normal” le hubiera bastado ese hilo para –combinado con el eco del escándalo Lewinsky– construir un relato devastador del puritanismo. Pero Roth va mucho más allá de eso. Lo que Roth levanta es la verdadera epopeya de un hombre, de una vida, construida en torno a una decisión, un secreto, que perdura prácticamente hasta la tumba (y que Zuckerman sólo conoce después de su muerte). Una existencia fundada a la vez en una negación y una afirmación de sí mismo. Un hombre que triunfa y se derrota a sí mismo en el curso de una vida pletórica y en el marco de una sociedad que, todavía a las puertas del siglo XXI, parece seguir empeñada en promover sus ya poderosos mecanismos de destrucción y autodestrucción. 

   Con “La mancha humana”, Plilip Roth –al que sus pares le han otorgado la antorcha como el mejor escritor norteamericano de los últimos 25 años– alcanza a dar vida a uno de los relatos más riguroso y uno de los testimonios más incisivo de la literatura contemporánea.
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