El observatorio

Las leyes del corazón

En su extraordinario discurso de recepción del Premio Nobel, Faulkner definió de qué trata la verdadera literatura

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12-02-2009
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William Faulkner no sólo nos legó un formidable tesoro literario, compuesto por poemas, cuentos, relatos, una veintena de novelas y algunos de los guiones cinematográficos más inolvidables del siglo XX ("El sueño eterno" y "Tener y no tener", ambas rodadas por Howard Hawks), sino que rescató para la literatura la única tarea en la que ésta puede consistir, sin traicionarse a sí­ misma y perderse en la inanidad de lo efí­mero: ser testimonio siempre renovado de la inocencia perdida, del dolor acumulado, de las viejas verdades inscritas en el corazón de los hombres desde el alba de su historia; ser capaz de dignificar el dolor y el sufrimiento, como lo hicieron los trágicos griegos en el origen de la escritura. William Faulkner no sólo nos legó un formidable tesoro literario, compuesto por poemas, cuentos, relatos, una veintena de novelas y algunos de los guiones cinematográficos más inolvidables del siglo XX ("El sueño eterno" y "Tener y no tener", ambas rodadas por Howard Hawks), sino que rescató para la literatura la única tarea en la que ésta puede consistir, sin traicionarse a sí­ misma y perderse en la inanidad de lo efí­mero: ser testimonio siempre renovado de la inocencia perdida, del dolor acumulado, de las viejas verdades inscritas en el corazón de los hombres desde el alba de su historia; ser capaz de dignificar el dolor y el sufrimiento, como lo hicieron los trágicos griegos en el origen de la escritura.
 
    En su discurso de recepción del Premio Nobel de 1950, Faulkner fijó, a contracorriente de su tiempo, lo que consideraba las tareas esenciales de la literatura, con unas estremecedoras palabras, que no sólo resuenan aún con un eco gigantesco, sino que mantienen toda su vigencia.
“    Nuestra tragedia de hoy –decía Faulkner– es un miedo universal y puramente físico que, por llevar padeciéndolo tanto tiempo, apenas si podemos soportar más. Ya no cuentan los problemas del espíritu, sino la cruda pregunta: ¿cuándo me tocará saltar hecho trizas? Debido a esto, el joven o la joven que se dedica hoy a escribir ha olvidado esos problemas del corazón humano en conflicto consigo mismo, que son los únicos de donde puede surgir una buena literatura, por ser de ellos de los únicos de que merece la pena escribir, con todas las angustias y sudores que el abordarlo supone.
   Y tiene que volver a recordar tales problemas, tiene que convencerse de que la mayor vileza que cabe es tener miedo y, una vez convencido, olvidar para siempre todo lo que no sean las viejas realidades y verdades del corazón, las viejas verdades ecuménicas –amor, honra, piedad, orgullo, compasión, sacrificio–, sin cuya presencia cualquier relato está condenado a muerte, a perderse en la inanidad de lo efímero. Hasta que proceda así trabajará bajo una maldición. Escribirá no del amor, sino del deseo, de derrotas en las que nadie pierde nada de valor, de victorias sin esperanza y, lo que es peor, sin piedad ni compasión. Sus cuitas no conmoverán la osamenta del universo, no dejarán cicatriz alguna detrás de sí.
    Hasta que vuelva a aprender estas cosas, escribirá como si estuviera ahí para asistir al fin del hombre. Yo no creo en el fin del hombre. Es harto simple decir que el hombre es inmortal sencillamente porque perseverará, porque cuando el eco de la última campanada del juicio se haya apagado en la última y más miserable roca, vacilante, aunque ya no la sacuda la marea, en el último crepúsculo rojizo y agonizante, aun entonces habrá un sonido más: el de la mezquina pero inextinguible voz humana que seguirá hablando y hablando.
    Lo que yo creo es algo más. Creo que el hombre no sólo perdurará sino que prevalecerá. Es inmortal no porque de todas las criaturas sea la única que posee una voz inextinguible, sino
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