El Observatorio

Mankiewicz al desnudo

Centenario de un coloso del cine que convirtió su obra en un espejo irónico y cruel de la despiadada lucha por el éxito en la sociedad americana

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11-02-2009
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Normalmente, cuando se hace una enumeración limitada de los grandes genios del Hollywood clásico (Ford, Huston, Welles, Hawks, Wilder...) no se le suele incluir. Pero si uno se detiene a pensar sosegada y razonablemente en cada una de las 20 pelí­culas de casi todos los géneros que dirigió entre 1946 y 1972, no cabe la menor duda de que J. L. Mankiewicz debe figurar por derecho propio en ese elenco extraordinario, en ese verdadero Olimpo en el que germinó y alcanzó cimas increí­bles el genuino arte del siglo XX: el cine. Normalmente, cuando se hace una enumeración limitada de los grandes genios del Hollywood clásico (Ford, Huston, Welles, Hawks, Wilder...) no se le suele incluir. Pero si uno se detiene a pensar sosegada y razonablemente en cada una de las 20 pelí­culas de casi todos los géneros que dirigió entre 1946 y 1972, no cabe la menor duda de que J. L. Mankiewicz debe figurar por derecho propio en ese elenco extraordinario, en ese verdadero Olimpo en el que germinó y alcanzó cimas increí­bles el genuino arte del siglo XX: el cine.
Nacido el 11 de febrero de 1909 en Pensylvania, en el seno de una familia de inmigrantes alemanes de origen polaco y raíces judías, Mankiewicz llegó con apenas 20 años a la Meca del cine de la mano de su hermano Hermann (que pasaría a la historia como guionista de "Ciudadano Kane", de Orson Welles).

Antes de llegar a dirigir su primera película, Mankiewicz recorrió todo el "escalafón" de los estudios paso a paso: rotulista de cine mudo, dialoguista, productor, guionista..., lo que le permitió conocer al dedillo la "cocina" del oficio, aprender a manejar los resortes de una industria muy compleja y estar familiarizado con el fascinante mundo del "star system". Algunos de sus guiones de entonces dieron ya pie a títulos míticos, como "Furia" de Fritz Lang o "Historias de Filadelfia" de George Cukor.

Tras este formidable período de aprendizaje, en 1946 da el salto a la dirección, teniendo como productor a su maestro y protector Ernest Lubistch, de quien heredó su maestría para la comedia, su gusto por la elipsis y una enorme elegancia narrativa.

El éxito no tardaría en llegarle, y tras cinco títulos meritorios, en 1949 estrena "Carta a tres esposas" y, al año siguiente, "Eva al desnudo" (1950), cosechando en apenas dos años 4 Oscars, como mejor director y guionista. "Eva al desnudo" es, además, su primera obra maestra indiscutida, un verdadero clásico, una película inmortal, la historia de una maquinación diabólica para desplazar a alguien del pedestal del éxito y ocuparlo después, maravillosamente interpretada por Bette Davis y Anne Baxter, en la que Mankiewicz destapa y derrama ya buena parte del "tarro de las esencias" de sus verdaderas intenciones creadoras: convertir su cine en un espejo irónico y fiel de la despiada lucha por el éxito en la sociedad norteamericana.

Mankiewicz fue un director singular y atípico. Mostró su dominio cinematográfico sobre los más distintos géneros, desde la comedia y el drama, hasta las películas de espías ("Operación Cícero"), las películas históricas ("Cleopatra"), la tragedia shakespeariana ("Julio César"), el musical ("Ellos y ellas") y hasta el western ("El día de los tramposos"). Dirigió a los mejores actores de su época: Gene Tierney, Rex Harrison, Kirk Douglas, Edward G. Robinson, Bette Davis, James Mason, Marlon Brando, Humphrey Bogart y Ava Gadner (memorable pareja en "La condesa descalza"), Elizabeth Taylor (sugestiva e inquietante como nunca en "De repente, el último verano", flanqueada por Katherine Hepburn y Montgomery Clift), Henry Fonda o la extraordinaria pareja protagonista de "La huella" (1972), su adiós al cine: Laurence Olivier y Michael Caine.

Su cine se fue haciendo cada vez más corrosivo y más ácido, en vez de irse acomodando y dulcificando. De ello es testimonio su implacable decisión de convertir a Henry Fonda (la cara de la honradez sin tacha del cine americano) en un sheriff ladrón y corrupto, en "El día de los tramposos".

Mankiewicz creía que el cine no sólo debía entretener, sino también hacer pensar. Sus películas son un vivo ejemplo de que esos dos objetivos se pueden compaginar perfectamente.   
     
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