"Livni gana la batalla, pero no la guerra"

Pí­rrica

Los comicios más decisivos de la historia de Israel han arrojado unos resultados tan abiertos como las encuestas de la ví­spera. El Kadima ha ganado pero Netanyahu tiene muchas más cartas para gobernar

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11-02-2009
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Esto no ha acabado. Esa es la realidad de las elecciones israelí­es. Si bien la victoria electoral de la lí­der de Kadima, la actual ministra de exteriores Tzipi Livni ha sido una sorpresa -contra todos los pronósticos que la situaban por detrás del candidato del Likud, Benjamí­n Netanyahu-, la ventaja es tan holgada (un diputado) que pone al Kadima ante la posibilidad de perder en los despachos lo que ha conseguido en las urnas. Livni se apresuró a proponer a Netanyahu un gobierno de unidad nacional que excluyera a las fuerzas de la ultraderecha laica y religiosa, pero el halcón likudista parece que prefiere un gobierno de derecha para llevar adelante su incendiario programa. Empieza ahora la batalla post-electoral en Israel, donde se dirime la lí­nea polí­tica del gendarme de Oriente Medio. A buen seguro que la Casa Blanca seguirá las negociaciones al detalle.
 Tzipi Livni, candidata más votada y Benjamí­n Netanyahu, lí­der del Likud. ¿Quién ha ganado?. EFE
Tzipi Livni, candidata más votada y Benjamí­n Netanyahu, lí­der del Likud. ¿Quién ha ganado?. EFE
Esto no ha acabado. Esa es la realidad de las elecciones israelí­es. Si bien la victoria electoral de la lí­der de Kadima, la actual ministra de exteriores Tzipi Livni ha sido una sorpresa -contra todos los pronósticos que la situaban por detrás del candidato del Likud, Benjamí­n Netanyahu-, la ventaja es tan holgada (un diputado) que pone al Kadima ante la posibilidad de perder en los despachos lo que ha conseguido en las urnas. Livni se apresuró a proponer a Netanyahu un gobierno de unidad nacional que excluyera a las fuerzas de la ultraderecha laica y religiosa, pero el halcón likudista parece que prefiere un gobierno de derecha para llevar adelante su incendiario programa. Empieza ahora la batalla post-electoral en Israel, donde se dirime la lí­nea polí­tica del gendarme de Oriente Medio. A buen seguro que la Casa Blanca seguirá las negociaciones al detalle.
Los comicios más decisivos de la historia de Israel han arrojado unos resultados tan abiertos como las encuestas de la víspera. El partido más votado –creado de una escisión del Likud por parte de Ariel Sharon-, el Kadima lograba 28 escaños (23% de los votos), uno más que su partido madre, el Likud de Netanyahu, con 27 escaños (2% de los sufragios). Si el Israel hubiera un claro bipartidismo la cosa sería más sencilla, pero la ley electoral israelí –un sistema de representación porcentual puro en circunscripción única- hace que la Knesset (el parlamento) sea tradicionalmente un complejo mosaico donde las quinielas postelectorales son más importantes que la propia campaña.
 
Y en el terreno postelectoral Netanyahu tiene una correlación de fuerzas mucho más favorable para lograr los 61 diputados necesarios para lograr mayoría parlamentaria. Por eso en la noche electoral, mientras sus militantes festejaban la inesperada victoria, Tzipi Livni –con la mitad de la sonrisa y los pies en la tierra- se adelantaba a los acontecimientos y ofrecía a Netanyahu un gobierno de unidad bajo su liderazgo. "Hoy la gente ha elegido al Kadima. Antes de las elecciones, ofrecí a Benjamín Netanyahu sumarse a mi gobierno para afrontar los retos, y él lo rechazó, pero ahora Israel ha dicho su palabra. Invito de nuevo a Netanyahu al Gobierno de unidad que quiero formar", dijo Livni.
 
Pero Netanyahu además de halcón también es un viejo zorro. Y al mismo tiempo que aceptaba el ofrecimiento de Livni a condición de ser él mismo el primer ministro, afirmaba “El pueblo en Israel ha dicho su palabra de forma clara. El campo nacional liderado por el Likud ha vencido de forma clara y tienen mayoría rotunda en el Parlamento". Y efectivamente, las fuerzas más reaccionarias del arco parlamentario Israelí han aumentado en su conjunto de 53 a 65 escaños –que darían al Likud una cómoda mayoría- , mientras que un eventual pero improbable bloque de Kadima con los laboristas, la izquierda y los partidos árabes (que están furibundamente en contra de cualquier cosa que huela a Sharón) sumaría sólo 55 escaños.
 
Vistas así las cosas, Livni maneja dos opciones: o un gobierno de unidad Kadima-Likud-Laboristas, que sentaría al enemigo en casa pero permitiría atarlo en corto, o bien –si Netanyahu cumple con su fama de hueso duro de roer y no cede- negociar con la ultraderecha fascistoide de Israel Beitenu de Avigdor Lieberman para conservar la cabeza del gobierno aun a precio de cohabitar con la bomba atómica.
 
Lieberman, descorchaba ayer botellas de champán ante esta posible alianza, pero sobretodo ante la llamada de su rival Netanyahu. A pesar de las rencillas, la cercanía ideológica y política de ambos ha hecho que el líder de Beitenu declare que "preferimos un gobierno de derecha". A diferencia de Livni –miembro de un gobierno que ha declarado dos guerras en tres años- que dice querer encabezar las negociaciones con los palestinos y un nuevo proceso de paz  en sintonía con la nueva política norteamericana para la región, tanto Netanyahu como Lieberman se oponen radicalmente a las negociaciones con los palestinos, y son firmes partidarios de “liquidar a Hamás” mediante una nueva invasión de la franja, así como de continuar con los asentamientos de Cisjordania.
 
La experiencia muestra que las combinaciones en un país donde -a excepción de los minoritarios partidos árabes y de la izquierda- todos los partidos mayoritarios comparten los mismos valores ideológicos (basados en un sustrato de nacionalismo étnico fuertemente enraizado) son muchas e inesperadas. Pero todas las combinaciones más probables muestran un escenario nada halagüeño para los planes de la diplomacia inteligente de Obama y Clinton. Todas las opciones incluyen en el gobierno la presencia –sea del Likud o de Beitenu- de fuerzas más interesadas en recuperar a sangre y fuego Palestina que en ponerse en sintonía con la línea de la Casa Blanca.
 
Pero eso no significa que sean cabos sueltos de Washington. Otros centros de poder de la superpotencia –acérrimos enemigos de cualquier línea de hegemonía consensuada- seguro que también han brindado con champán al conocer los resultados electorales.
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