Literatura

Los detectives salvajes

La "Biblioteca Anagrama" lleva esta semana a los kioskos la obra más determinante de la literatura hispana de la última década

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11-02-2009
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La aparición en 1998 de "Los detectives salvajes", de Roberto Bolaño, representa una ruptura, un corte, un movimiento sí­smico en el seno de las literaturas hispanas de la misma envergadura del que en su dí­a representaron "Cien años de soledad" o "Rayuela". La novela de Bolaño entierra -con dignidad y respeto, pero sin ningún titubeo- la literatura del "boom" (sus obsesiones, su visión de América, sus métodos y propuestas narrativas), fulmina la literatura epigonal post-boom (todas las versiones acarameladas y academicistas del realismo mágico) y abre una nueva época. La aparición en 1998 de "Los detectives salvajes", de Roberto Bolaño, representa una ruptura, un corte, un movimiento sí­smico en el seno de las literaturas hispanas de la misma envergadura del que en su dí­a representaron "Cien años de soledad" o "Rayuela". La novela de Bolaño entierra -con dignidad y respeto, pero sin ningún titubeo- la literatura del "boom" (sus obsesiones, su visión de América, sus métodos y propuestas narrativas), fulmina la literatura epigonal post-boom (todas las versiones acarameladas y academicistas del realismo mágico) y abre una nueva época.
Arturo Belano y Ulises Lima –los “detectives salvajes”– marchan tras las huellas de Cesárea Tinajero, la misteriosa poetisa mexicana que encabezó un movimiento de vanguardia de los años 20 conocido como “realismo visceral”, y que desapareció en el desierto de Sonora en los años posteriores a la Revolución.

Arturo Belano y Ulises Lima –que promueven y encabezan a mediados de los 70 un movimiento de vanguardia poética, tan inconsistente y efímero como aquél y al que han bautizado con el mismo nombre: el “real visceralismo”– inician una búsqueda de incierto propósito e impredecibles consecuencias, que acaba convirtiéndose en una errancia prácticamente infinita de más de 20 años (de 1976 a 1996) por medio mundo, una errancia de la que nos van a ir ofreciendo testimonio una multitud de voces, que van a constituir la parte medular del libro.

Estos testimonios de quienes vieron, conocieron, se relacionaron o tuvieron algo que ver –en algún momento, en algún sitio– con Belano y con Lima reconstruyen no sólo el devenir de éstos sino el destino general de una generación y de una época: la generación y la época del propio Bolaño, de los nacidos a mediados de los años 50 del siglo pasado y que fueron testigos –o víctimas– de “todos los Vietnam ocultos de Hispanoamerica” en los años 70 y 80.

La novela tiene una estructura completamente original. Se abre y se cierra con el diario de García Madero (un joven poeta de 17 años que acaba de ingresar “sin ceremonias” en el realismo visceral”), partido justo por el momento en que accidentalmente abandona el DF con Belano y Lima camino de Sonora.

En medio, entre una parte y otra del diario, una auténtica turbamulta de voces inunda y se apropia de la novela, con una catarata inacabable de historias y testimonios: la novela abre una brecha dentro de sí misma –una brecha de 400 páginas– y por ella se cuelan medio centenar de personajes que van proyectando sobre el lector –como dice Villoro– “las mil y una noches de una generación adicta a la poesía y al tequila”, una generación de seres errantes que, como astillas a la deriva, contemplan sin culpa ni mentiras, pero con cierta melancolía, los restos de su propio naufragio.

Esta “brecha” de 400 páginas –como si fueran los “400 golpes”, dice Vila-Matas, rememorando la película de Truffaut– constituyen, al decir del escritor barcelonés (y gran amigo de Bolaño) una aproximación, salvaje y múltiple, a “cómo el desastre se instaló en el centro de gravedad de una generación estravagante”, una generación de poetas sin poesía y de revolucionarios sin revolución.

A través del diario de García Madero y de buena parte de las voces que pueblan esa “brecha” de la novela, asistimos a la recreación de un mundo perdido. A las aventuras y desventuras de “una pandilla absurda y entrañable” (Villoro), que quería “cambiar el mundo y cambiarlo ahora”, perdidos en medio de un México único y espectral. Despreocupados, promiscuos, generosos, buscadores de un oro esquivo (la poesía) que se les escurre entre los dedos, como sus propias vidas, que eluden todo norte socialmente establecido para acabar naufragando en las playas del sur. Un naufragio que Bolaño describe con melancolía contenida, en un equilibrio desesperadado entre la vindicación y la sátira.

Un naufragio que nos llega empujado por el lenguaje torrencial de Bolaño. Porque sin duda lo más deslumbrante de la novela es su trabajo con el lenguaje, la enorme cantidad de registros que se utilizan el ella. A través del lenguaje, de sus giros y modismos, de sus expresiones y omisiones, Bolaño va definiendo personalidades y perfilando caracteres. Cada personaje nace de su propia voz, se construye al decirse o al contar, se revela al hablar. No hay ningún narrador omnisciente que atestigüe el relato. Todos son voces que narran sus historias u ofrecen su testimonio, y al hacerlo incorporan su individualidad al torrente general de la novela. Bolaño hace un verdadero trabajo de orfebrería, un esfuerzo titánico, un auténtico “tour de force”, que revela su poderío narrativo.

Tras una década de circular por el mundo, “Los detectives salvajes” se ha convertido ya en un “icono” para toda una generación de escritores y lectores, en Hispanoamérica, en España, en Europa y ahora también en EEUU, logrando así lo que ya le había pronosticado Vila-Matas: que abría brechas por las que acabarían circulando las corrientes literarias en el nuevo milenio.

La “Biblioteca Anagrama”, nacida para conmemorar los 40 años de la editorial, y que está llevando a los kioskos un centenar de los mejores títulos de sus fondos, pone a la venta esta semana “Los detectives salvajes” de Bolaño. Una obra rigurosamente imprescindible.
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