El observatorio

Camino

La pelí­cula de Fesser, repuesta tras arrollar en la gala de los Goya, llena ahora los cines y muestra su poder de conmoción

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08-02-2009
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Vuelvo a ver "Camino" -la primera vez con la sala semi-vací­a, ahora llena a rebosar: los inescrutables misterios de la relación entre el cine español y su público- y descubro -son las inevitables virtudes de ver las cosas, al menos, dos veces- que la pelí­cula de Fesser atesora una riqueza argumental y cinematográfica mucho mayor de la que pensaba. Aunque siempre dije que "Camino" jugaba en una liga distinta y superior a la de sus competidoras por los Goya, y que era la más "arriesgada" y "convincente" de todas, ahora pienso que la pelí­cula, amén de una dirección impecable, encierra lo que todo buen cine debe aspirar a suscitar: el poder de conmocionar profundamente al espectador
 Camino
Vuelvo a ver "Camino" -la primera vez con la sala semi-vací­a, ahora llena a rebosar: los inescrutables misterios de la relación entre el cine español y su público- y descubro -son las inevitables virtudes de ver las cosas, al menos, dos veces- que la pelí­cula de Fesser atesora una riqueza argumental y cinematográfica mucho mayor de la que pensaba. Aunque siempre dije que "Camino" jugaba en una liga distinta y superior a la de sus competidoras por los Goya, y que era la más "arriesgada" y "convincente" de todas, ahora pienso que la pelí­cula, amén de una dirección impecable, encierra lo que todo buen cine debe aspirar a suscitar: el poder de conmocionar profundamente al espectador
         Ese poder de conmoción Fesser lo logra merced al abismal conflicto que la película plantea entre dos concepciones rigurosamente antagónicas de la vida y del mundo, un conflicto que se desenvuelve además entre los dos momentos cruciales de la existencia: el momento en que se descubre la posibilidad de amar y el momento de la muerte, dos polos de un arco que en una vida normal suelen estar muy distantes en el tiempo, pero que en este caso se comprimen al plazo de sólo unos meses, los que la enfermedad súbita e incurable de la niña Camino tarda en segarle la vida.

         Ese breve y escaso lapso temporal es cinematográficamente suficiente para que Fesser logre materializar en la pantalla el impalpable poderío que sobre la existencia humana puede llegar a tener el sentimiento amoroso en su estado más puro, incondicionado e incomprensible, cuando aún es un puro anhelo, cuando tiene su asiento casi exclusivo en la imaginación, cuando no tiene apenas materialidad e incluso parece una imposibilidad tangible.
 
        Ese sentimiento amoroso tiene en este caso que sobrevivir y crecer en un hábitat, por así decirlo, completamente hostil, un hábitat en el que el amor ya tiene un objeto obsesivo y predeterminado y en el que la simple aparición de un rival es considerado un hecho monstruoso, imposible, demoníaco. Todo el aparatoso y gangrenal mundo del Opus Dei parece no tener otro objetivo que ese: impedir a toda costa que Camino elija por sí misma su objeto amoroso, de la misma forma que lo consiguió con su hermana, ahora convertida en una numeraria de la Orden, dedicada al amor exclusivo a dios, bajo la divisa "dios me basta". Frente al sentimiento amoroso libre y voluntario de una niña, un universo carcelario (todo está bajo llave en la residencia) destinado a encadenar los sentimientos a una abstracción, someter los instintos naturales a una disciplina que los ahogue y los seque, imponerse una creencia de forma tan absoluta que nada en la vida fuera de ella tenga sentido y valor. Una creencia tan aberrante que confunde e identifica la vida con la muerte, y la muerte con la vida.

       Fesser sostiene el pulso de ese conflicto agonístico sobre la base de un "equívoco" casi de comedia, lo que le permite inyectar en la película una frescura extraordinaria, que resalta aún más la actuación memorable de la niña Nerea Camacho: el "equívoco" de que el niño del que Camino se enamora y el objeto de amor prefijado por el "camino" de la Obra tienen el mismo nombre: Jesús. Un equívoco sobre el que los soldados de la Orden edifican el aquelarre de su muerte como una prueba del amor de dios, al tiempo que para la niña es el tobogán imaginativo por el que puede deslizarse su imaginación para hacer frente a los tormentos que le infligen la religión y la ciencia (pavorosas imágenes del hipertecnificado instrumental médico volcado sobre el cuerpo angelical de la niña) y que ella soporta sostenida del único hilo de su ilusión y esperanza amorosa.

       Fesser encadena la trama con enorme solvencia, incurriendo en pocos errores, limitando el efectismo y el maniqueísmo y evitando lo que suele ser un serio error del cine español: que los personajes secundarios sean irrelevantes. Las grandes actuaciones que pueblan esta película no obedecen sólo al talento de los actores -que también-, sino a que encarnan personajes completos, decisivos para el devenir de la historia.

     El resultado final es una película que logra realmente llevarnos, más que a una convicción, a una verdadera conmoción. Si aún no la han visto, no se la pierdan.     
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