Otra lectura de los datos del CIS

4
22 votos
08-02-2018
Publicidad
La última entrega de la encuesta del CIS ha sido reiteradamente comentada, intentando extraer de los datos que plantea las principales tendencias que definirán la evolución del mapa político.
 Otra lectura de los datos del CIS
La última entrega de la encuesta del CIS ha sido reiteradamente comentada, intentando extraer de los datos que plantea las principales tendencias que definirán la evolución del mapa político.

Unos se han fijado en el fulgurante ascenso de Ciudadanos tras las elecciones catalanas, otros en el sostenido desgaste del PP o el retroceso de Unidos Podemos.

Pero es imprescindible tomar una perspectiva más amplia, que no esté limitada a la disputa electoral entre partidos, para esclarecer qué nuevo modelo político se está fraguando para sustituir al ya inaplicable bipartidismo.

No será posible comprender nada de lo que sucede en la política española si nos fijamos únicamente en la pugna entre diferentes partidos.

Todos coinciden en que vivimos un momento de cambio en el modelo político. ¿Pero qué queremos decir con esto?

El modelo político hace referencia en primer lugar a la forma en que la clase dominante puede gestionar y dar estabilidad a su dominio. A pesar de su enorme poder, en las sociedades de capitalismo desarrollado las grandes burguesías necesitan encuadrar a toda la población. Económica, social, ideológica, cultural... y políticamente.

Durante casi cuatro décadas, a partir de 1978, España vivió bajo un modelo político que garantizaba el dominio de la clase dominante española, nucleada en torno a la gran banca, y que permitía a EEUU imponer su dominio sobre nuestro país.

Pivotaba en torno a un bipartidismo con una derecha pronorteamericana y una izquierda más proyanqui todavía -el PSOE de Felipe González-. Y que se soldaba con una clave de bóveda, la monarquía, que daba estabilidad a todo el edificio del Estado".El modelo político no trata las disputas entre partidos, sean dos o cuatro, sino en primer lugar la forma en que la clase dominante puede gestionar y dar estabilidad a su dominio"

Ahora todo parece indicar que caminamos hacia un nuevo modelo político, cuya fachada más vistosa es la ampliación del juego a cuatro grandes partidos, pero cuya auténtica sustancia es otra. Por un lado contener y reconducir un viento popular cuyo ascenso amenazaba con sobrepasar los cauces políticos oficiales, limitando su peso e influencia. Por otro encabezar “desde arriba” las transformaciones para que, ofreciendo a cambio inevitables concesiones, puedan reforzar -como sucedió en el 78- el dominio de clase de la gran banca española y de Washington.

Todo comenzó en 2010

Solo partiendo de este marco general podremos leer correctamente los datos proporcionados por la encuesta del CIS, que nos dibuja una situación política compleja y móvil.

El PP ha perdido 8,2 puntos desde que en noviembre de 2016 Rajoy pudo formar gobierno. Entonces disfrutaba de casi 13 puntos de ventaja sobre el segundo partido. Hoy se ha reducido a tres. El retroceso del PP ha sido lento pero inexorable. El horizonte judicial repleto de casos de corrupción  le complica más las cosas.

El PSOE ha eludido la tragedia. Tras el respaldo vía abstención de un nuevo gobierno de Rajoy, el PSOE estaba a 17 puntos del PP. Ahora, con Pedro Sánchez otra vez al frente, ha recuperado terreno pero es incapaz de capitalizar el retroceso del PP.

El mayor avance lo protagoniza Ciudadanos. Escala hasta la tercera posición, acercándose al PSOE y sumando siete puntos más que en las generales. Ciudadanos ha capitalizado el apoyo de quienes premian su firme posición en la defensa de la unidad. Y también de aquellos que huyen del PP asqueados por el hedor a corrupción.

Mientras, Unidos Podemos ha pasado en un año de ser la segunda fuerza a la cuarta. Si su oposición a la formación de un gobierno de progreso le costó un millón de votos entre el 20-D y el 26-J, ahora su cuanto menos tibia posición ante los proyectos de fragmentación en Cataluña le ha vuelto a restar casi 700.000 votantes, que han pasado a engrosar las filas de los abstencionistas.

Este es un escenario donde cuatro fuerzas políticas están separadas por solo siete puntos -el 26-J eran veinte-, en el que ningún partido puede aspirar a gobernar en solitario, y donde la correlación de fuerzas entre ellos cambia permanentemente.

Más allá de las últimas noticias -el impacto de las recientes elecciones catalanas o el calvario judicial del PP por la corrupción- este marco político tiene su momento de inicio en 2010.

Entonces una oleada de recortes impuestas desde el FMI en Washington o la Comisión Europea en Berlín condujo a que entrara en crisis el modelo político vigente desde 1978.

La mayoría absoluta obtenida por el PP en 2011 fue un espejismo. Una nueva catarata de recortes, y la enorme indignación que generó, cambió todo el  mapa político.

El bipartidismo perdió más de 7 millones de votantes, y del 80% de los votos descendió hasta el 50%.

Lo que antes daba estabilidad al dominio oligárquico y hegemonista ahora se había convertido en un problema que multiplicaba el rechazo social. 

Un cambio pilotado

La idea de unas élites inmovilistas que bloquean cualquier cambio es errónea.

La realidad es que el cambio político fue puesto en marcha desde la cúpula del Estado, la monarquía. La abdicación de Juan Carlos I y la entronización de Felipe VI fue una jugada política de éxito. La monarquía -entonces cuestionada por escandalosas cacerías o la corrupción de infantas sentadas en el banquillo- se ha reformado y ganado apoyo social.

Si desde la misma jefatura del Estado se hacían sacrificios para adaptarse a los nuevos tiempos, todos los demás aparatos del Estado -incluyendo los principales partidos- debían aplicarse la misma receta.

El nuevo modelo político que está conformándose parece apuntar a una situación donde, eliminado el terrorismo como factor de inestabilidad -gracias a que la movilización popular derrotó a ETA y obligó a “guardar en el armario” a Ibarretxe o Arzallus- debe contenerse la movilización popular, evitando que pueda tener peso social o político.

Se lleva adelante a través de diferentes mecanismos; aislando y limitando el peso de formaciones más “incontroladas”, como por ejemplo IU, con excesiva tradición comunista y antinorteamericana. Jibarizando a unos sindicatos que con la reforma laboral han visto muy limitada su capacidad de influencia en la negociación colectiva.

Por otro lado, el nuevo modelo político busca establecer los límites. Puede colocarse a los corruptos en la diana, pero todas las fuerzas políticas que quieran ser actores principales deben aceptar el aumento de la participación española en la maquinaria militar norteamericana; el incremento de la penetración del capital extranjero sobre las riquezas nacionales; respetar los intereses de la gran banca; y asumir la continuidad del marco impuesto desde Bruselas y que limita la soberanía española.

Serán necesarias concesiones, en forma de medidas de regeneración democrática, o incluso en el terreno económico, por ejemplo con subidas del salario mínimo controladas. Y deben tomarse medidas para integrar a una parte importante de la población española que no participó en aprobar la Constitución en el 78. Lo que incluirá una inevitable reforma de la Carta Magna.

Pero los intereses fundamentales de la oligarquía española, el hegemonismo norteamericano o la Europa alemana, deben quedar fuera del debate político.

Este es el marco en el que deben moverse los cuatro partidos -el PP y el PSOE, pero también Podemos o Ciudadanos- sobre los que descansará la gobernabilidad.

Sobre todo se busca evitar que el movimiento popular y sus aspiraciones pueda tener una influencia política relevante. Las presiones para evitar un gobierno de progreso tras las pasadas generales así lo confirman.

Este es un marco político sobre el que también va a influir el desafío contra la unidad en Cataluña. Más allá del fracaso del procés y la vía unilateral, todos admiten la necesidad de una reforma territorial, siempre en la dirección de hacer más laxa y suave la unidad. Un camino que lejos de resolver los problemas contribuye a perpetuarlos e incrementarlos.

Las formas finales que adopte este modelo político están por dilucidar, pero no es posible aclararse si no se sitúa en este marco real, que excede con mucho las disputas entre partidos.

¿Qué te ha parecido el artículo?
Publicidad


COMENTARIOS

El Empecinado (invitado) 11-02-2018 13:40

Respecto a este análisis de la situación de España, me gustaría poneros una entrevista del coronel Pedro Baños sobre su nuevo de geopolítica que ha publicado. Es un militar de alto rango experto en geopolítica y en su libro explica las cosas como son, el mundo en una lucha entre los Estados, donde hay unos Estados poderosos (EEUU, China y Rusia) y la inmensa mayoría de los Estados solo son títeres de los Estados más poderosos. Y el poder económico de un Estado (El capital) es el que controla el Estado y las motivaciones para hacer una guerra son principalmente económicas. http://latribunadecartagena.com/not/4438/pedro-banos-la-principal-preocupacion-de-eeuu-es-evitar-la-union-de-rusia-con-la-ue-/ Os paso aquí el enlace al libro: https://www.amazon.es/As%C3%AD-domina-mundo-Desvelando-mundial/dp/8434427176/ref=cm_cr_arp_d_product_top?ie=UTF8 Y os aconsejo que en el Diario de Verdad déis cobertura a la información que está dando en exclusiva la Tribuna de Cartagen asobre que la muerte de Emilio Botín fue un asesinato, y no una muerte natural. Y está destapando las conexiones de Ana Botín con el narcotráfico y su implicación en la estafa pirmaidal de Madoff. http://latribunadecartagena.com/tm/tema/104/exclusiva-banco-de-santander