Retroceso acelerado del independentismo

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01-02-2018
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Los últimos acontecimientos en Cataluña son expresión de un nuevo tiempo político, marcado por la derrota del procés, el retroceso cada vez mayor del independentismo y el avance de las posiciones en defensa de la unidad.
 Retroceso acelerado del independentismo
Los últimos acontecimientos en Cataluña son expresión de un nuevo tiempo político, marcado por la derrota del procés, el retroceso cada vez mayor del independentismo y el avance de las posiciones en defensa de la unidad.

 

“Esto [el procés] se ha acabado”

La más acabada confesión de la derrota política del independentismo la realizó el propio Puigdemont, en los mensajes dirigidos a su ex conseller Toni Comín, en los que declaraba abiertamente que “el plan Moncloa triunfa. Solo espero que gracias a eso puedan salir de prisión todos. Porque sino el ridículo será histórico. Supongo que tienes claro que esto ha acabado. Los nuestros nos han sacrificado, al menos a mí”.

Es la reacción de Puigdemont a su no investidura. Porque el pasado martes 30 de enero todo estaba preparado para que la investidura de Puigdemont se convirtiera en un nuevo desafío al Estado desde el independentismo. Sin embargo, el desenlace fue exactamente el contrario.

El aplazamiento de la investidura de Puigdemont por parte del parlament catalán, aceptando los límites impuestos por el Tribunal Constitucional, ha sido un sonoro paso atrás, una nueva y cualitativa derrota política del independentismo, especialmente de sus sectores más agresivos y aventureros representados por Puigdemont.

La comparación entre lo que ocurrió en el Parlament de Catalunya los pasados 6 y 7 de septiembre y lo sucedido el 30 de enero evidencian el cambio en la correlación de fuerzas política en Cataluña, de forma favorable a la defensa de la unidad y desfavorable para el avance de los proyectos de ruptura.

Hace cinco meses todas las fuerzas independentistas actuaron en bloque para desobedecer los mandatos del Tribunal Constitucional, pulverizar el reglamento de la cámara, imponiendo el rodillo de la mayoría parlamentaria independentista frente a todos los diputados de la oposición para aprobar la ley de referéndum, que daba luz verde al referéndum del 1-O, y la ley de transitoriedad y fundacional de la república, que anunciaba la ejecución de la ruptura.

Ahora, la Mesa del Parlament, presidida por Roger Torrent, de ERC, ha adoptado una posición completamente diferente. Se ha negado a desafiar a la justicia española, y ha aceptado los límites y la autoridad del Tribunal Constitucional, presentando alegaciones y fiándolo todo a sus resoluciones.

Puigdemont intentó forzar ayer la celebración de su investidura. Sufriendo una sonora derrota. 

El gobierno de Rajoy ha ganado por goleada la batalla de la investidura. Tomó la iniciativa política al presentar al Constitucional la impugnación preventiva de la investidura de Puigdemont, a pesar de contar con el rechazo del Consejo de Estado. Las medidas preventivas aprobadas por el Constitucional -a pesar de no pronunciarse sobre las alegaciones del gobierno- cerraban todas las vías a una investidura de Puigdemont, al exigir su presencia física y la aprobación del magistrado del Supremo que lo juzga por rebelión..

Seguiremos viviendo una grave situación y ataques contra la unidad. Pero el procés -entendido como un proyecto cuyo único fin era forzar un enfrentamiento con el Estado para ejecutar la desconexión con España- no tiene ya recorrido político.

La realidad divide al independentismo

El independentismo, que la pasada legislatura era un bloque sin fisuras, con ERC y el PDeCAT unidos en Junts pel Sí, y contando con el apoyo cerrado de las CUP, se ha transformado en un campo de batalla donde la división y el enfrentamiento son ya la norma.

Ante la investidura de Puigdemont se escenificó por primera vez de forma pública esa división en el campo independentista.

El martes 30 de noviembre Puigdemont se negó a atender las numeras llamadas de Roger Torrent, a primera hora de la mañana, que pretendían pactar el aplazamiento de la sesión de investidura. Sin embargo, haciendo uso de sus prerrogativas como presidente del parlament, Torrent anunció -de “forma unilateral”, sin comunicárselo a Junts per Catalunya y las CUP, y antes de la reunión de portavoces de la Mesa- el aplazamiento de la investidura, sometiendo los plazos a las resoluciones del Constitucional.

Esta división no se explica solo, ni principalmente, por la pugna entre ERC y los herederos de la ex Convergencia por la hegemonía dentro del independentismo. Son los efectos del avance de las posiciones en defensa de la unidad, que aunque muchos pretenden negarlo sigue marcando la política catalana.

La movilización de la sociedad catalana contraria a la ruptura, defendiendo en la calle orgullosamente la necesidad de la unidad; los resultados del 21-D, con un aumento del voto no independentista; la firmeza del Estado, ejecutando un 155 que no ha enfrentado apenas resistencia ni social ni entre la administración de la Generalitat... han creado una nueva situación política, donde ya no es posible para los independentistas seguir avanzando por la “vía unilateral” ni repetir el abierto desafío al Estado que se produjo antes y después del 1-O.

Esto es lo que ha abierto en canal el campo independentista. 

Por un lado los sectores más agresivos y aventureros, nucleados en torno a Puigdemont, que se mantienen fieles a la hora de ruta basada en “forzar un enfrentamiento con el Estado que cree condiciones para la desconexión con España”. Intentando recabar apoyos internacionales para llevarlo a cabo. Y dispuestos a tensar la cuerda aún a costa de bloquear la formación de un nuevo gobierno.

Pero estos sectores han perdido terreno en el independentismo, a pesar de continuar teniendo una enorme influencia.

Lo que avanzan en las élites independentistas son las posiciones que asumen “realismo”, sabedores de que ya no es posible avanzar por la vía unilateral y que un nuevo enfrentamiento con el Estado tendría para ellos consecuencias desastrosas.

ERC ha colocado como objetivo principal la formación de un nuevo gobierno. Instando a Puigdemont a aclarar “si queremos un escenario de desafío constante, con el 155 en vigor y sin instituciones”, o se prefiere “un camino alternativo”. Posición que, como ha expresado por dos veces Joan Tardà, portavoz de ERC en el Congreso, “puede suponer sacrificar a Puigdemont”.

En el seno del PDeCAT -arrinconado por la sentencia del Palau y las nuevas revelaciones que apuntan al cobro de 1 millón de comisiones ilegales bajo la presidencia de Mas- ya se ha filtrado que algunos sectores están valorando “nombres alternativos a Puigdemont”.

No habrá, por ahora, “internacionalización” del procés

La situación internacional actúa también en contra del avance de los proyectos de ruptura. Para hacer avanzar la fragmentación en un país como España, la cuarta economía de la UE, es imprescindible contar cuanto menos con la aquiescencia de grandes centros de poder mundiales. Por eso Mas y Puigdemont han dedicado enormes esfuerzos a tratar de “internacionalizar” el procés.

Pero en la actualidad, todo apunta a que las randes potencias no van a permitir una fragmentación de España a corto plazo que atenta contra sus intereses. 

Así lo demuestra la intervención de Felipe VI en el Foro de Davos -la primera vez que lo hace un rey español-, dedicando buena parte de su intervención a manifestar que la unidad de España no será puesta en cuestión; la reunión en Moncloa con Rajoy del secretario general de la OTAN, apostando por “una España unida”; y las puertas cerradas en Europa que encuentra Puigdemont, con un parlamento flamenco que le negó poder realizar un discurso, o el varapalo sufrido en el debate celebrado en Dinamarca.

Sin embargo las conexiones internacionales de las élites del procés existen y han alentado sus ambiciones y agresividad.

Se ha hecho público el original de la comunicación de los servicios de inteligencia norteamericanos a los mossos, advirtiendo meses antes de su ejecución de un posible atentado en Las Ramblas. Que los mossos intentaron destruir, dos días antes de la dimisión de Trapero.

Puigdemont negó su existencia alegando que “ya nos gustaría tener una relación directa con la CIA”.

La numeración de ese documento “MOS-0010/17” indica que se trata de la décima comunicación anual enviada desde el centro de la inteligencia norteamericana a los mossos. La relación entre ambas partes era, y sigue siendo, fluida. Otras fuentes sostienen que la alerta fue entregada en mano a un alto cargo de la conselleria de Interior por parte de un funcionario del consulado norteamericano en Barcelona. Lo que evidencia una relación directa entre la delegación estadounidense y el Govern de la Generalitat.

Sabemos también que la delegación de la Generalitat en EEUU se entrevistó hasta 34 veces -antes y después del 1-O y la aprobación de la DUI-  con destacados políticos norteamericanos, especialmente los más cercanos a Trump, para recabar su apoyo contra España.

Si las élites independentistas se han atrevido a llegar tan lejos en su desafío a un Estado tan importante como el español, es porque han contado cuanto menos con el amparo de importantes centros de poder mundiales. Que no contemplan entre sus objetivos inmediatos la ejecución de la fragmentación de España, pero sí pueden estar interesados en azuzar nuestros conflictos internos, debilitando la unidad, para imponernos condiciones más draconianas. Conviene no olvidarlo, por muchas declaraciones de apoyo a España que se hagan desde organismos internacionales.

No bajar la guardia

El retroceso del independentismo no implica que el conflicto que ataca la unidad se haya resuelto, ni que no sigamos viviendo una situación de gravedad y llena de incertidumbres.

La correlación de fuerzas política es hoy mucho más favorable para la defensa de la unidad, y mucho más desfavorable para los que apuestan por la fragmentación, que la que existía el 1-O. 

Pero no van a desaparecer las heridas que amenazan la unidad, ni la burguesía burocrática catalana que basándose en el control de la Generalitat ha sostenido los proyectos de fragmentación, ni el horizonte de un nuevo gobierno independentista basándose en su mayoría parlamentaria.

A pesar de su actual debilidad, Puigdemont puede apostar por vetar cualquier otro candidato y apostarlo todo a una repetición de elecciones donde todas las encuestas pronostican que se comería una parte del electorado de ERC, reforzando su hegemonía en el campo independentista.

En este escenario, todavía móvil y para nada resuelto, va a seguir siendo clave la actuación de la mayoría social catalana que defiende la unidad. No es posible bajar la guardia ahora. Ni minusvalorar la capacidad de actuación de las élites independentistas, aún cuando están en retroceso o en abierta retirada. 

 

 

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