Música

El Feile: Una Sesión con Dagda

Estar con tu gente, apoyarse los unos a los otros en tierra lejana y quizás, entonar melodí­as a los genii locorum...

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05-02-2009
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En un viaje maratoniano de punta a punta irlandesa; desde la Costa de los Gigantes hasta la punta de Portsmouth, un viejo amigo inesperado, los hexagonos volcánicos y una noche de pintas; Eliot Grasso, Cé, Paty Furlong, Bola, Maeve Donelly, John Carty, Billy McComiskey, Rachel Hair, Laoise Nelly y muchos más… posiblemente todos empezaron de la misma manera. En un viaje maratoniano de punta a punta irlandesa; desde la Costa de los Gigantes hasta la punta de Portsmouth, un viejo amigo inesperado, los hexagonos volcánicos y una noche de pintas; Eliot Grasso, Cé, Paty Furlong, Bola, Maeve Donelly, John Carty, Billy McComiskey, Rachel Hair, Laoise Nelly y muchos más… posiblemente todos empezaron de la misma manera.
          Cuatro o cinco músicos sentados alrededor de una mesa, mirándose las caras, como si no existiera público y tan solo fueran un grupo de amigos bebiendo cerveza y hablando de sus cosas. Pero hablan en clave de “tunes”, piezas instrumentales celtas con apellidos de familia numerosa; reels, jigs, hornpipes, poleas... No están dando un concierto.
 
          De vez en cuando paran y charlan, lo hacen hasta con otros clientes del pub. Nadie puede sentarse sin saberse las piezas de memoria porque, desde luego, no se acepta una sola partitura encima de la mesa. Con el violín, la flauta travesera, el whistle, la uillean pipe, el bodhrán, la guitarra, el acordeón, y mandolina… hay acuerdo, son del clan. Con el saxo, la trompeta, los bongos, la guitarras eléctricas, el bajo… o hay tregua o no hay manera.
 
          Las normas no se discuten, se conocen y se respetan. Aún sin ser, en la mayoría de ocasiones, músicos profesionales practican un código de respeto en el que hasta se pacta cuándo una sesión es “abierta”. Cualquiera que alimente la sesión es bienvenido siempre que no se le ocurra acelerar el ritmo de la pieza a mitad camino; esto es imperdonable.
 
          La inmigración irlandesa fue la que contribuyó a la aparición de las sesiones alrededor de una buenas pintas. Estar con tu gente, apoyarse los unos a los otros en tierra lejana y quizás, entonar melodías de a los genii locorum, cualquiera de las trescientas deidades celtas que existen. De entre tantas, seguro alguna podría unirse a la fiesta para amparar después a los músicos transformados en mineros de pulmón grisú.
 
          Es a partir de los 70´s que las sesiones vuelven a Irlanda de donde habían partido sus creadores. Tuvieron que salir para ser más ellos y menos sólo ellos; la tradición se extendió por Alemania, Francia, España, Portugal, Italia…
 
          Con una “negra” de cuatro dedos de espuma en la mano, a media hora del cierre, uno debe pedirse dos o tres más para justificar que la sesión continúe a puerta cerrada. Antes de la despedida el pub en pleno entonará el himno irlandés cogidos de las manos y ha cabeza alzada.
 
          Quizás Dagda, de los dioses Tuatha Dé Danann, glotón y de desbordante sexualidad, brindó la victoria sobre los Fomoré solo para que los  irlandeses pudieran sentarse alrededor de una mesa a invocar embrujos musicales, allá por tierras lejanas, después de doblar el espinazo. La crisis de 1845 provocó las migraciones por centenares de miles. Cuando sus bisnietos volvieron la transformación estaba dada. Hoy, todos lo agradecemos.  
 
          El 11 de febrero, The Dubliners en el festival El Feile en la ciudad Condal. No hay que perdérselo.
 
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