Gira asiática de Donald Trump

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21-11-2017
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El viaje de Trump por Asia-Pacífico ha estado marcada no solo por la crisis de Corea del Norte, sino sobre todo por el objetivo primordial para el hegemonismo: la contención del ascenso de China. En ella el mandatario ha tenido que lidiar con una dura realidad para Washington: que los asuntos de Asia se alejan cada vez más de los designios norteamericanos.
 Gira asiática de Donald Trump
El viaje de Trump por Asia-Pacífico ha estado marcada no solo por la crisis de Corea del Norte, sino sobre todo por el objetivo primordial para el hegemonismo: la contención del ascenso de China. En ella el mandatario ha tenido que lidiar con una dura realidad para Washington: que los asuntos de Asia se alejan cada vez más de los designios norteamericanos.

No es una gira más de un presidente norteamericano. Al visitar el Lejano Oriente -en un viaje de 11 dias que le ha llevado a Japón, Corea del Sur, China, Vietnam y Filipinas- Donald Trump está visitando la zona del mundo que se ha convertido en la región vital en la que se juega la preservación de su hegemonía. El centro del mundo lleva décadas desplazándose desde el Atlántico al Pacífico, en el movimiento tectónico-geopolítico más importante de los últimos cuatro siglos.

Asia-Pacífico es el área que más rápidamente crece en el globo, impulsada por una gran potencia, China, que liderando proyectos como la Nueva Ruta de la Seda proyecta aún mayores ritmos de crecimiento para un gran número de países asiáticos. Para salvaguardar su menguante hegemonía mundial, para Washington es fundamental contener el ascenso -económico, político y militar- de China dentro de los límites del Lejano Oriente, e intervenir para que el desarrollo asiático no vaya en contra de sus intereses.

Alguien podría haber predicho que la gira de Trump -con sus modos rudos e incendiarios- por esta región sería como un tifón, desencadenando toda clase de tensiones. Nada más alejado de la realidad: ha sido un periplo suave, en el que el presidente norteamericano se ha tenido que adaptar forzosamente a unos acontecimientos y a una realidad que van a contrapelo de los designios de la superpotencia. La realidad le ha gritado al emperador su creciente desnudez.

Pasando revista en Tokio y Seúl

La primera parada del viaje presidencial de Trump fue en Japón, apenas unas semanas después de que las elecciones dieran la victoria a Shinzo Abe y a su promesa de reformar la constitución "pacifista" nipona para que el país del Sol Naciente pueda volver a dotarse de músculo militar. Aunque las contínuas provocaciones de Corea del Norte contra Japón -realizando pruebas nucleares o lanzando varios misiles sobrevolando el archipiélago en los últimos meses- han actuado de palanca y estímulo para el giro belicista de Tokio, el hecho es que el proyecto de Abe -que ha cultivado este año una relación especialmente cercana a Donald Trump- pone a Japón en plena sintonía con los planes de Washington, no sólo frente al desafío de Pyongyang, sino en lo más importante: fortalecer el cerco militar contra China. ¿Se convertirá el Japón de Abe -con todas sus potencialidades- en un nuevo gendarme militar norteamericano en el Lejano Oriente?. Aún es pronto para afirmarlo, pero aunque Abe apunta en esa dirección, no parece que ni en la clase dominante nipona ni en la sociedad japonesa haya unanimidad en este sentido.

Shinzo Abe ha mostrado su total disposición a encuadrarse en la alianza defensiva y comercial que propone Trump para Asia-Pacífico, para hacer frente tanto al régimen de Kim Jong-un como a la expansión de China, y que incluye no solo el triángulo Washington-Tokio-Seúl, sino a Australia y a la India (aunque de momento Nueva Delhi no ha dado la menor muestra de interés en esta dirección).  

Después de dejar Japón, Trump tocó tierra en Seúl, en la primera visita de Estado de un presidente de EEUU a Corea del Sur en 25 años. En medio de grandes protestas contra su presencia y del enorme clima de tensión con el vecino norcoreano -alimentado tanto desde Pyongyang como desde Washington- Donald Trump se mostró relativamente comedido en sus declaraciones ante el parlamento surcoreano. Su anfitrión, el presidente Moon Jae-in, es partidario de rebajar la tensión con Pyongyang, y Trump -aunque manteniendo su tono de advertencia y amenaza, respaldado por una flota con tres portaaviones armados a plena capacidad que mantiene en la zona- no hizo sin embargo gala de la pirotecnia verbal a la que acostumbra, ni tampoco visitó la zona desmilitarizada del paralelo 38. A pesar de sus ansias belicosas contra Pyongyang, Trump sabe que no puede subir mucho más el listón con Seúl: de nuevo, tanto importantes sectores de la oligarquía surcoreana como de las clases populares se niegan a seguirle en el camino de la confrontación con el Norte, ya que toda la península quedaría arrasada en un eventual conflicto.

Trump en el Palacio del Dragón

Viendo el tono y los gestos de cordialidad desplegados por Trump en su visita a China, o los abultados acuerdos económicos que han acordado ambas potencias, uno podría pensar que hay algo de verdad en las palabras del presidente norteamericano. Más allá de la delicada hospitalidad oriental con la que agasajó Xi Jinping a una "visita de Estado superior", el presidente norteamericano se deshizo en halagos a su anfitrión, al que llamó varias veces "mi amigo". Nada más lejos de la realidad. La República Popular China es el principal oponente geostratégico del hegemonismo norteamericano, y contener la formidable emergencia de Pekín se ha convertido en la principal preocupación de Washington.

Sin embargo, la realidad ha vuelto a bajar el discurso de Trump de las nubes de tormenta a la tierra. Tras llevar años proclamando que “China es el enemigo” y llamándolos “tramposos” como acusación más suave, esta visita de Estado ha transcurrido en la mayor de las armonías, cerrándose grandes y lucrativos negocios para los grupos monopolistas yanquis. Trump y Xi firmaron acuerdos comerciales y memorandos de entendimiento por valor de 253.500 millones de dólares, que implican a los sectores energético, automovilístico, tecnológico y aeronáutico. Grupos tan importantes del corazón de la burguesía monopolista norteamericana como Goldman Sachs, Boeing, Ford, General Motors o General Electric han cerrado grandes negocios en el país oriental, pero grandes compañias estatales chinas, como China Investment Corporation, Bank of China o China Petrochemical Group, han rubricado tratos por valor de 37.000 millones de dólares que incluyen la extracción de gas en Alaska y la construcción de gaseoductos para llevar gas a Asia.

De conjunto, aunque estos acuerdos signifiquen una importante fuente de ingresos para importantes monopolios norteamericanos, solo compensan marginalmente la desequilibrada balanza comercial norteamericana con Pekin.

China -gracias a su formidable emergencia económica, política y militar, pero sobre todos gracias a su Estado independiente y hermético a la intervención e injerencia hegemonista- es el principal oponente geopolítico de EEUU, pero la realidad es que Washington necesita ponerse de acuerdo con Pekín tanto para hacer negocios en esta parte del mundo como para tratar asuntos sensibles, como la “doma” de Corea del Norte.

China absorbe el 90% del comercio de Pyongyang y es su gran valedor diplomático, pero las crecientes bravatas, provocaciones, pruebas nucleares y lanzamientos balísticos del régimen de Kim Jong-un han irritado enormemente a Pekín, que aprobado las sanciones de la ONU y estudia endurecerlas. “China está haciendo mucho más que antes, pero obviamente aún no lo suficiente”, ha dicho el el consejero de Seguridad Nacional de Trump, Herbert R. McMaster. La Casa Blanca no deja de instar a Pekín a que corte por completo las relaciones con Pyongyang. La diplomacia china, por su parte, insiste en su línea de doble distensión: exige a Kim Jong-un que cese su insensata carrera armamentística, y exige a Washington que deje de militarizar la zona y de alimentar la espiral.

Otros temas de fricción han sido suavizados o ladeados. Trump ha enterrado (al menos de momento) el cuestionamiento de la política de "una sola China", el reconocimiento de Taiwan como país independiente, una línea roja intolerable para las autoridades chinas que agrió seriamente la relación entre ambos países hace un año. El conflictivo tema de las reclamaciones territoriales de China en su mar meridional también ha sido soslayado.

Pescando en el mar revuelto

Tras dejar China, Trump recaló en Vietnam para participar en la Cumbre Asia-Pacífico (APEC). Este foro, del que Hanoi es este año anfitriona, tiene por objetivo promover el crecimiento "inclusivo" y armónico de las distintas economías de la región. Además de EEUU, China, Japón o Corea del Sur, en la APEC participan diversos países del sureste asiático, Oceanía, la costa pacífica de América Latina y Rusia. Precisamente Trump tuvo la oportunidad de mantener un breve encuentro informal  con Vladimir Putin.

Aunque Trump retiró a EEUU del Tratado Transpacífico (TPP, un tratado de libre comercio multilateral al estilo del TLC con México) por considerarlo un mal acuerdo, el resto de los países firmantes han seguido manteniéndolo al margen de Washington. A EEUU le interesa que la "cooperación" entre sus vasallos del Pacífico sirva de muro de contención a la expansión de China y de las alianzas económico-comerciales que promueve Pekín, pero los intereses de sus aliados tienen vida propia.

Obligado a buscar potenciales aliados en su frente antichino, Washington se ha dirigido al país que le infligió la mayor derrota de su historia militar. Las relaciones de China y Vietnam son contradictorias, chocando por la disputa de aguas territoriales. Hace pocos meses, el Pentágono envió barcos de guerra a aguas vietnamitas para apoyar a Hanoi en sus reclamaciones por las islas Spratly, también vindicadas por China. Sin embargo China y Vietnam son dos importantes socios comerciales, y proyectos como el de la Nueva Ruta de la Seda -con un gran potencial de beneficio para los vietnamitas- son una poderosa palanca para la armonización de relaciones entre Pekín y Hanoi.

La última etapa del viaje ha recalado en Filipinas, un país que hasta hace bien poco era un firme peón norteamericano en el Pacífico. Sin embargo, hace exactamente un año, su presidente Rodrigo Duterte (que llegó a llamar "hijo de puta" a Obama), anunciaba al término de su visita a China que su país estaba dispuesto a abandonar su longeva y estrecha relación con EEUU -al no considerarlo ya su aliado preferente- y que la prioridad de Manila pasaba a ser el acercamiento a Pekín. Sonaron entonces todas las alarmas del Pentágono y del Departamento de Estado.

Durante todo el año, el tono de Trump hacia Duterte ha sido conciliante, incluso halagador. En mayo lo felicitó por su “increíble trabajo” en una guerra contra el narcotráfico que ha recibido todo tipo de denuncias por violaciones de los derechos humanos. De manera similar a como ha procedido con Putin (o con Erdogan en Turquía), la diplomacia de Trump busca atraer a Filipinas de nuevo a la órbita norteamericana y al frente antichino. Algo a lo que el mandatario filipino parece totalmente reacio: fuentes del Gobierno de Manila han declarado que Duterte "mandará al cuerno a Donald Trump" si intenta inmiscuirse en sus asuntos internos, y no ha mostrado ninguna intención de romper su idilio con China. "No fastidie y no se meta en asuntos de Filipinas", dijo Duterte refiréndose a Trump antes de partir a la cumbre de la APEC en Vietnam.

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