Los independentistas que no quieren la independencia

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17-11-2017
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Una de las claves del soberanismo -dicho por propios y extraños- es la de encontrar apoyos internacionales. Los artífices del soberanismo llevan años buscando por el mundo algún poder que se decida a apadrinar su procés. Sus ansias independentistas de cortar amarras con Madrid se traducen en buscar una mayor dependencia y subordinación hacia los auténticos centros de poder -en especial con Washington- revelándose así como auténticos “patriotas gibraltareños”.
 Los independentistas que no quieren la independencia
Una de las claves del soberanismo -dicho por propios y extraños- es la de encontrar apoyos internacionales. Los artífices del soberanismo llevan años buscando por el mundo algún poder que se decida a apadrinar su procés. Sus ansias independentistas de cortar amarras con Madrid se traducen en buscar una mayor dependencia y subordinación hacia los auténticos centros de poder -en especial con Washington- revelándose así como auténticos “patriotas gibraltareños”.

Es impensable que los Puigdemont y los Junqueras se hayan atrevido a llegar tan lejos en el desafío independentista sin contar con el amparo y aliento de alguna potencia imperialista, cuanto menos de importantes sectores de las clases dominantes o los gestores políticos de los grandes centros de poder mundiales. Las grandes potencias con intereses sobre España han utilizado -y lo van a seguir haciendo- el peligro de fragmentación y la herida abierta en Cataluña al servicio de sus intereses de degradación, intervención y saqueo sobre nuestro país.

La relación entre la intervención imperialista y la fragmentación de España no ha brotado espontáneamente de la tierra: se ha buscado, se ha cultivado, se ha abonado y regado. Tanto por las potencias que dominan nuestro país -principalmente EEUU y Alemania- como por parte de las élites independentistas, por los sectores más vendepatrias de la burguesía burocrática catalana que impulsa el procés. En una connivencia de intereses donde los últimos siempre han afirmado buscar una Cataluña "independiente" pero absolutamente fiel a su encuadramiento en la órbita atlántica y su pertenencia a la OTAN, así como a Bruselas, al euro y a los dictados de la Europa alemana.

Por parte de los artífices del procés ha habido una voluntad manifiesta, una orientación clara y consciente desde el principio, de buscar padrinos internacionales. En 2012 fundaron el Diplocat, un auténtico "Ministerio de Asuntos Exteriores" de la Generalitat, dotado de una importante y lujosa red de embajadas catalanas en las principales capitales mundiales y con un presupuesto de más de 25 millones de euros. Un cuerpo diplomático catalán que ha sido generosamente financiado por el poderoso financiero y especulador norteamericano George Soros, aportando 27.000 dólares para diversas actividades del Diplocat.

En cuanto a Rusia, si bien es cierto que la injerencia rusa -que busca desestabilizar Europa- ha prestado ayuda al independentismo, y que este se ha dejado querer por el Kremlin, no es el principal apoyo, ni el factor clave que puede decidir la eventual segregación de Cataluña. La actividad de búsqueda de apoyos del Diplocat, encabezada en el gobierno de Junts pel Sí por Raül Romeva, se ha dirigido de forma especialmente insistente en los últimos tiempos a dos países: EEUU e Israel.

La relación entre Israel e influyentes círculos del mundo independentista es larga y tupida. Se apoya en importantes vínculos comerciales: las exportaciones catalanas a Israel suponen el 32% de las exportaciones de España en el país y el 23,2% respecto a las importaciones israelíes en España. Pero son más que eso: una apuesta claramente política de los impulsores del procés por ganarse el apoyo de importantes sectores de la oligarquía israelí, de un país que no solo no anda sobrado de admiradores en el mundo, sino que tiene conexiones directas con la superpotencia norteamericana y con destacadas familias de su burguesía monopolista. En su última gira por EEUU, Puigdemont y Romeva se entrevistaron con Eliot Engel, líder demócrata en el Comité de Asuntos Exteriores del Congreso y destacado miembro del poderoso lobby israelí estadounidense.

Los gestos hacia Tel Aviv han sido una constante en los últimos gobiernos de CiU o de JxSí. En 2014, los independentistas votaron -junto al PP- en contra de una moción para reconocer el derecho de autodeterminación de kurdos, saharauis y palestinos, negando a otros lo que reclaman para ellos.

Pero es directamente hacia EEUU donde se han enfocado los mayores esfuerzos de los artífices del procés. Desde las simpatías de Artur Mas a la victoria de Trump -como un signo de que todo puede suceder-, al despliegue de toda una red de cuadros independentistas -académicos, economistas o empresarios catalanes residentes en EEUU- entre los círculos del establishment norteamericano para explicarles las bondades de una Cataluña independiente para EEUU.

El más decidido apoyo al independentismo es el de Arthur C. Brooks, presidente del American Enterprise Institute (AEI), uno de los más importantes think tanks republicanos, fuertemente ligado al neoconservadurismo y defensor de la línea dura respecto a cualquier amenaza para Washington, pero también vinculado a la promoción de "revoluciones de colores" que acaban desestabilizando gobiernos non gratos. Otro importante sostén es el de Dana Rohrabacher, republicano cercano a Trump y ligado al independentismo útil para Washington, como cuando impulsó la guerra de Kosovo que acabó con este país siendo un enclave de USA en los Balcanes.

Este es el verdadero rostro de los líderes del procés. Negociar con los centros de poder imperialista el grado de subordinación, vasallaje y dependencia de la futura República catalana, rompiendo amarras con Madrid para forjar nuevas y más pesadas cadenas con las grandes potencias. No se merecen el nombre de independentistas los que no son sino vendepatrias de segunda.

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