Gregorio San Juan (1ª parte)

Que trata sobre poetas de la insurgencia III

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20-07-2017
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Del buen suceso que un valeroso sabio tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura con unos chorizos y robaperas que él confundió con gigantes
 Que trata sobre poetas de la insurgencia III
Del buen suceso que un valeroso sabio tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura con unos chorizos y robaperas que él confundió con gigantes

Gregorio San Juan (1928-2006), poeta y pensador español nacido en la Castilla profunda y residente en Vizcaya enhoramala donde repartió estopa hasta la hartura.  

En el paisito vasco su controvertida obra es conocida por unos pocos groupies y escupida por otros muchos aunque sólo sepan de ella de oídas. Que, vamos, mogollón de baska autóctona se pone mala, a morir, en mentando su nombre como en este caso. (Vaya por Dios, qué le vamos a hacer.) 

Gastando el futuro sabio pantalones cortos, sus padres, maestro de parvulitos, fueron destinados a la zona obrera de Vizcaya donde el niño Gregorio se aficionó a las letras. Se conocen sus primeros versos que con siete u ocho años grabó con una navajita en su pupitre: “Y aunque parezca falsía / vive Dios que no lo es / que aquí pasó más de un mes / Gregorio San Juan García.” Desgraciadamente tal pieza está desaparecida pero el poetita ya nos apunta maneras: la utilización de arcaísmos y cultismos (“falsía”), sus primeros barruntos de ateo y masonazo (“Dios es una patraña de los curas”), su modo de versificar a la forma pícara de la juglaría española, y, sobremanera, que no le tembló el pulso al firmar a punta su poemilla aún a riesgo de recibir una sarta de capones por atentar contra el mobiliario escolar. Bien es verdad, como veremos, que la azotaina le importó una higa tras haber velado armas como futuro canastillo de las obleas. 

Cursó tres carreras universitarias (Magisterio, Filosofía y Derecho), y, fuera parte de manejar el español como nadie -su especialidad-, hablaba latín como quien masca pan, además de griego, francés, italiano, catalán, alemán (tradujo “Poemas de la locura” de Hölderlin en una de las más brillantes versiones vertidas a nuestra lengua) y de chapurrear ruso y otras lenguas raras. (Con esta última confesó a sus íntimos que hacía trampas pues echaba mano de gramáticas y diccionarios en cirílico además de otras artimañas de zorro viejo erudito). 

A título de anécdota diremos que en la “mili” aprendió gallego para engatusar a su novia, una morenaza pontevedresa con la que casó: María Fernanda Iglesia Lesteiro, fundadora y primera directora de la Biblioteca de la Universidad del País hasta que fue purgada por el partido-guía del nacionalismo vasco por sus convicciones políticas tan profundamente liberales y españolas como las de su marido. Pues bien, merced a este asunto de faldas, Gregorio San Juan está considerado como uno de los mejores poetas alófonos en gallego además de ser uno de los más profundos conocedores de la obra de Curros Enriques, Rosalía y toda la congregación de grandes de las letras galaicas.

En sus ratos de ocio, que eran los menos del año, estudió a la forma estajanovista el krausismo, la vida y obra de Unamuno, (llegó a conocer el color de calzones que utilizó D. Miguel tal o cuál día), y lo mismo del gran poeta surrealista Juan Larrea con quien cultivó amistad y mantuvo una intensa correspondencia. Conocía al dedillo tanto la obra del diplomático y poeta novecentista Ramón de Basterra –un bilbaíno un poco gagá y antigualla para mi gusto pero buen tipo- como la de sus contrarios: los poetas soviéticos de los que tenía todas sus obras en lengua original y en primeras ediciones… franceses de todas las épocas, italianos de lo mesmo y un porrón de temas más que sé pero que agora no me acuerdo. También enredó con otras movidas. Fue fundador del prestigioso grupo de teatro vasco Akelarre, primer presidente de la reconstruida Sociedad unamuniana El Sitio, vicepresidente de la Junta Directiva del Museo de Bellas Artes de Bilbao y otro carro más de jamacucos culturetas con los que no quiero aburrir. 

En los restringidos círculos intelectuales del Bilbao de su época fue famoso por su monomanía de coleccionar libros y “llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto que así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos” (Quijote I, 1). A escondidas de su mujer, la bibliotecaria, que acabó hartita con la paranoia de su marido, reunió 40.000 mamotretos de las materias más raras e inimaginables muchos de ellos en lengua moruna, turquesca o saturniana de haber existido libreros de viejo en tan lejano planeta. De su biblioteca destacan una porción de libros gordos de tiempos de Maricastaña, algunos en pergamino y en su mayoría en latín o letra gótica, asaz dellos ratonados y fatigados del mucho uso que hacía de los mesmos para sus estudios y ensayos; el resto no, impecables, como recién salidos de prensa. Cuarenta mil en total, repito, librote arriba o abajo, que no hay hijo de vecino que los haya contado y dudo que alguien se atreva a estas alturas del cuento y vista la vaina esa de Tintearnés, Güiskipedia, Aguachás y todas esas zarandajas de los tiempos modernos. 

Trayectoria política

 

En la clandestinidad militó en el Frente de Liberación Popular (FLP, más conocido como “Felipe”) pero pasado el sarampión revolucionario juvenil con el advenimiento de la democracia fue responsable de la agrupación socialista de Bilbao y vocal de este grupo en el primer Ayuntamiento de la Villa en la Transición. 

Estando Felipe González en sus días de mayor gloria rompió ostensiblemente con él y su partido pues no soportaba dos cosas: el trasiego de maletines que había en su agrupación a sus espaldas y que el Partido Socialista de Euskadi (PSE) le riera públicamente las gracias a los nacionalistas. Los pleitos y pendencias en los que se enzarzó el poeta con los nacionalistas autóctonos (etarras, peneuveros y gentecilla así que para él venían a ser lo mismo), bien merece capítulo aparte que reservamos para la entrega del próximo mes en este papel. Los mandobles y peladillas que repartió en este punto es cosa sabrosísima y chistosísima, para no perdérselo.

Quiero hacer constar que si acaso la siguiente letrilla -a la par sanjuanera e incendiaria- llega a conocimiento de los actuales dirigentes del PSOE que sepan que el trabucazo no va dirigido a ellos. Explica con brillante donosura (y un pelín de mala leche) una década larga y ominosa que ha pasado a los albañales de la historia española y que defraudó a toda una generación de socialistas honrados entre los que se contó Gregorio San Juan. 

¡Ah!, que no se me olvide. Lo que sigue fue impublicable en su día y, probablemente, lo siga siendo hoy salvo en este papel que es mu tirao p’alante y muy de izquierdas Además, en lo personal he de mantener donde nací y vivo (el paisito vasco) mi pequeña leyenda de rompepelotas político y gamberro intelectual, derecho constitucional inalienable al que no pienso renunciar. 

Seguimos, pues, ofreciendo rigurosas exclusivas a nuestro público. Los subrayados, como siempre, son nuestros y que cada uno haga la lectura que le venga en gana pues vale tanto para tirios como para troyanos, simplemente hay que mudar siglas. Son de rabiosa actualidad, que diría un gacetillero cursi, pese a los treinta y cinco transcurridos desde que se escribieron. 

Romance del ciego

“Con diez millones de votos / de resentidos o ingenuos, / ganaron las elecciones y entraron en el Gobierno / unos pillos socialistas / que se llamaban obreros / sin tener un solo callo /en la yema de los dedos. 

Gran revuelo entre las gentes / causó el acontecimiento, / hubo bailes y charangas/ entre las gentes del pueblo. / Y levantaban el puño / en forma de macetero, / con un capullo de rosa / preso en un guante de hierro.

Al pie del puño florido / hicieron su juramento. / Con la rosa por testigo / los ministros prometieron / dar trabajo, hacer justicia, / predicar con el ejemplo / y levantar las alfombras / del Palacio del Gobierno / para barrer todos los polvos / de anteriores trapicheos, / con cien años de “honradez” / convertidos en plumero. / Para que al fin esta tierra / fuese un país europeo: / demócrata, libre, culto, / pero, sobre todo, serio. 

Pasaron algunos meses / y al llegar al año y medio / las rosas ya estaban secas / entre los puños de hierro / y las promesas volaron / cual hojas que lleva el viento. / (Promesas electores / no se cumplen, según Tierno [Galván]).

Todo se llenó de pícaros, / trepadores y mastuerzos, / políticos sin gramática, / donjuanes de medio pelo, / tragaldabas, tragaperras, / tragacargos, tragasueldos, / y en menos que canta un gallo / nos dejaron medio en cueros. 

Las calles y plazas públicas, / los mercados y paseos / se llenaron de chorizos, / robaperas, descuideros, / tramposos, trapisondistas, / mangantes y presos sueltos. 

La Corte de los Milagros / salió del túnel del tiempo / y volvieron los mendigos, / los parados, los hambrientos, / por miles las prostitutas / con sus chulos al acecho, / invertidos, maricones, / zorras de pelaje nuevo / y ambulantes de la droga / de esos que llaman “camellos”. 

En calzón van pensionistas, / en perneras los obreros, / [pequeños] empresarios en pelota, / contribuyentes en cueros. / Los ladrones a la calle, / los tontos al Ministerio, / los ministros en “Mercedes”, / los electores al huerto. / Indultos a terroristas / y guardias al cementerio, / pues mientras el pueblo llora / el Gobierno entierra muertos. 

De mirar tanta desdicha / un día me quedé ciego / y para ver tanto engaño / de verdad que lo prefiero.”  

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