Carta abierta desde California

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29-06-2017
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Salud, camaradas y amigos españoles, me dirijo a ustedes desde Estados Unidos, la tierra donde según se dice, los sueños se hacen realidad. Voy a daros una visión general de nuestra Trumpapocalipsis y de la vida aquí, de la resistencia política y social y de los obstáculos a los que nos enfrentamos.
 Carta abierta desde California
Salud, camaradas y amigos españoles, me dirijo a ustedes desde Estados Unidos, la tierra donde según se dice, los sueños se hacen realidad. Voy a daros una visión general de nuestra Trumpapocalipsis y de la vida aquí, de la resistencia política y social y de los obstáculos a los que nos enfrentamos.

Quiero aclarar antes que nada que la narrativa de estos acontecimientos y sus secuelas es personal. Os escribo desde California, que como ya sabréis, que es uno de los enclaves liberales más poderosos cultural y económicos de este país. Yo, en particular, formo parte del cuerpo de investigadores de la Universidad de Los Angeles, California (UCLA) una entidad que se categoriza a sí misma como una de las universidades públicas más eminentes y liberales en el país y en el mundo (eso ya la cuestionaremos más tarde). Mi punto de vista sobre la política nacional está condicionada por mi condición de miembro de la raza blanca, clase social alta, miembro de la Academia, sindicalista, queer, y pareja de un cuadro organizativo de la revolución norteamericana- y por tanto, inevitablemente, es particular y sesgada-, pero espero que pueda compartir con los camaradas y compañeros del otro lado del Atlántico esta terrorífica realidad sociopolítica que estamos viviendo.

Empezaré por el clima general del día 0 de la América de Trump. Muchos nos despertamos llorando y otros de resaca. Algunos de nosotros estábamos convencidos de que estábamos viviendo en una película de la serie Z. Muchos habíamos seguido desde nuestras organizaciones el goteo de votos dándonos cuenta progresivamente del horror que se avecinaba, y otros no supimos hasta que todo había acabado que veríamos a partir de ahora como dirigente y representante, -no al previsible Presidente Demócrata-de-multinacionales-, sino más bien al presidente-reality-show-megalómano, que incluso dentro del bestiario político norteamericano, donde parece que nada puede ser peor, era una absoluta y tristísima novedad. 

Los círculos en los que me muevo se inclinan del centro liberal hasta el marxismo. El triunfo de Trump creó una situación sin precedentes. No fue un golpe de Estado, sino una elección democrática, y aun así, muchos de nosotros lo sentimos como un asalto político a los valores de libertad y de contrato civil más básicos de la sociedad norteamericana. Quizás esto se debe a que se había creado un fuerte clima de opinión desde los medios de comunicación más representativos del aparato estatal –el periódico New York Times, o la cadena de televisión CNN- que todo apuntaba a una segunda presidencia de los Clinton. Justo antes de la noche de las elecciones pensamos que estábamos en una continuación de la política socialdemócrata de Obama. El sorprendente éxito de Bernie Sander dentro de la izquierda norteamericana–un honesto candidato con una sólida trayectoria política-  (cuya presidencia nos han robado, como mucho de nosotros sentimos, por los corruptos, cobardes y corporativistas Demócratas) forzaría a Hillary Clinton a posiciones más a la izquierda, y todo quedaría en el terreno del juego socialdemócrata, (eso sí, sin olvidar las extraordinarias cotas de violencia de Estado contra la gente de color norteamericana, el desmedido número de asesinatos con armas de fuego, la invasión imparable de las multinacionales en la esfera pública y la inyección de billones de dólares a un sistema político corrupto).

En esencia, el sentir popular de la honesta izquierda demócrata norteamericana es que ahora todo está fuera de control. El candidato menos cualificado, el criminal más espectacular (en el sentido más literal del término) había ganado. Trump ha cruzado todas las líneas del decoro que, aunque de forma no oficial, estaban bien establecidas en el protocolo del juego político. Esto es una de las repercusiones más ominosas, la cuestión de cómo todo esto cambiará la política norteamericana, ahora que las normas del juego han sido saboteadas. Es más que un bufón político, eso sería darle el beneficio de la insustancialidad, cada cosa que dice es verificablemente falsa y persigue un objetivo muy claro. Como Stalin, es un tonto con un plan, y por tanto peligroso e imprevisible.

Al margen del clima altamente emocional de la sociedad liberal estadounidense (que incluso ya se ha llegado a diagnosticar por los sociólogos como “el trauma Trump”) innumerables artículos analizan los fallos del partido demócrata, muchos de ellos enfocándose en la supresión irresponsable de la campaña de Bernie Sanders o en la alienación de la llamada “clase obrera blanca” que impuso un voto de castigo a los demócratas por el nivel de desindustrialización y la incompetencia de sus dirigentes. Algunas de esas estrategias fueron designadas para manejar una ansiedad creciente sobre la integridad de nuestras instituciones democráticas y se reducían a un estudio de mercado. Por un lado la idea tranquilizadora de que “si podemos atribuir el triunfo a un fallo de estrategia del partido Demócrata, no tenemos que preocuparnos que nuestros representantes no sean realmente representantes del pueblo, es todo cuestión de mercado, nuestro producto Hillary no era suficientemente competitivo”. 

Hay simultáneamente una relación de dependencia y cinismo sobre nuestras instituciones representativas gubernamentales. Sabemos que son corruptas, y que defienden los intereses del capitalismo, y aun así, todavía asumimos con una cierta ingenuidad conmovedora que prevalecerán los derechos del pueblo norteamericano gracias al sistema democrático.

Por otro lado, la sospecha entre los Demócratas de no conocer “las necesidades del cliente” y el súbito miedo de que el electorado que ha votado a Trump sea racista y misógeno (el 53% de las mujeres blancas votaron por Trump) o al menos lo suficientemente insensible a la xenofobia, el racismo y la misoginia, para votar por semejante individuo. Ante el sorprendente resultado de las elecciones surgía entre los círculos liberales la pregunta inevitable de ¿Conocemos realmente nuestro país? Esta pregunta fue rápidamente respondida por sesudos estudios y análisis políticos –tanto de analistas profesionales como de espontáneos- publicados en los medios de comunicación y en las redes sociales de todo el país. La valoración más generalizada se cernía sobre la necesidad de conocer a nuestros rivales políticos- el mensaje implícito de que si “buenos chicos liberales” como nosotros fuéramos un poco más agradables con los republicanos y dejáramos claro que aceptamos las reglas del sucio juego socialdemócrata, ellos no habrían sido tan ignorantes, odiosos y extremos.

Nada de ese discurso parecía particularmente significativo o adecuado, más bien un deseo temeroso (y extrañamente moralizador) de sobrellevar la pérdida de control, desesperado por restablecer un sentido de sensibilidad el uso de la condescencencia y un falso sentido de ecuanimidad que salvara la cara al partido demócrata y justificara su fracaso en las elecciones.

Otras respuestas se han centrado en patologizar la figura de Trump, y reducir la lucha de clases a un mero problema individual, e incluso ha revivido un viejo debate sobre si los sicólogos pueden éticamente hablar sobre la salud mental de figuras públicas (una carta abierta sobre Barry Goldwater llevó a la controversia y después a una norma profesional contra esta clase de intervención en política). Todos estos intentos de diagnosticar la supuesta locura de Trump son una forma de distraernos de la realidad, ligeramente reconfortantes, pero en último instancia, nada productivos.

(Déjenme introducir una breve nota aclaratoria sobre nuestro sistema político: En USA liberal significa “ligeramente progresista” no con la contundencia que se entiende en Europa. Tenemos dos partidos que representan una coalición de intereses y posiciones y esta pobreza de opciones políticas repercute en la participación en las urnas y en la actividad política a cualquier nivel. Tampoco el voto es universal, cada Estado tiene su propia forma de registrar votos y sus propias normas. En los Estados del Sur, hay una larga historia de explícitas o implícitas leyes racistas que restringen la lista de votantes. Esta batalla es continua y abierta: Un Tribunal Federal declaró culpable al partido republicano de North Carolina de intentar pasar una ley que intentos abiertamente racistas. El propio Trump, entre otras delicatessen con las que no has agasajado, declaró que los tres millones de inmigrantes indocumentados robaron su victoria en el voto popular ante Clinton, (recordemos que Clinton ganó a Trump en el número de votos reales) y ha creado una comisión para explorar el mítico voto fraudulento, comandada por uno de los más ardientes defensores de este mito racista, y un cruzado contra los males imaginarios de la inmigración en el cuadro de las elecciones, el Secretario del Estado de Kansas, Chris Kobach) 

Hay otro aspecto de estas elecciones que se ha señalado, y que es el grado de división racial de los americanos. Tomemos este ejemplo ilustrativo: la noche de las elecciones , Dave Chappelle y Chris Rock, junto con otros presentadores del programa de televisión  Saturday Night Live (un programa satírico de crítica política que es una espina en el costado de Trump) hizo una parodia donde un grupo de amigos, -cuatro blancos y dos negros- se reunían para ver el resultado de las elecciones. Los amigos blancos, con aspecto de profesionales, eran optimistas y estaban felices con la idea de un primer presidente mujer. Al conocerse que más y más Estados empezaban a dar la victoria a Trump, los blancos empezaban a ponerse nerviosos y los amigos negros, que ya predecían esa victoria, se asombraban de que la victoria de Trump supusiera una sorpresa para sus amigos blancos. Los blancos de clase alta estaban desolados. El punto álgido llegó cuando uno de ellos dijo: ¡Dios mío, así que América de verdad es racista! “Tremenda vuestra perspicacia, queridos yuppies blancos, ahora os habéis dado cuenta de lo que nosotros sabemos y soportamos desde siempre”, parecían decir los amigos negros. 

El mensaje de este sketch es que la distopía que se ha hecho evidente para muchos de nosotros con la victoria de Trump ya ha existido por décadas. La gente de color –especialmente los negros americanos- han vivido con el estrés físico, psicológico y emocional y con el peligro de que muchos individuos de clase media blancos sienten ahora por primera vez. 

El movimiento “Las vidas de los negros también importan” (The Black Lives Matter) es quizás el mejor ejemplo de una resistencia genuina, democrática y de base de los últimos años. Y por supuesto, las comunidades quizá más aterrorizadas, -si tal concepto puede medirse- son la comunidad latina (Latinx). California tiene más inmigrantes que otro estado en Estados Unidos- unos 10 millones- y alrededor de un cuarto están indocumentados. El pánico se desató entre los inmigrantes tan pronto como los resultados de las elecciones se hicieron públicos, y desde entonces ha aparecido en los medios noticias sobre redadas y problemas con inmigración –incluso cuando estaban documentados.- Debo decir que esta situación no ha aparecido nueva, sino que es un asunto que se ha agudizado: la presidencia de Obama ha deportado más inmigrantes que nunca, y su tan caracareada protección de los inmigrantes indocumentados que llegaban a USA de niños- el programa (the Dreamers) institucionalizó la division entre el buen y el mal inmigrante.

¿Y qué decir entonces de la resistencia? ¿Qué está pasando aquí? ¿La gente se está movilizando, y en torno a qué? La respuestas es sí. Es pronto para poder considerar esta movilización como un ambiente pre revolucionario, pero la resistencia se está despertando en diferentes niveles de forma genuina. Más gente que nunca está empezando a verse a sí mismos como miembros de una lucha social y una resistencia activa, incluso aquellos que jamás estuvieron politizados. Hay varios niveles. Aquí no tenemos lo que podríamos llamar un movimiento cohesivo estudiantil (a pesar de que la media de coste de un universitario americano es casi 40.000 dólares). La comunidad Latinx y los inmigrantes, especialmente en California, son un movimiento que se enfrenta a una gran cantidad de obstáculos: racismo, falta de recursos, fragmentación, durísimas represiones policiales, además de una falta de dirección y de línea política clara que le una a la lucha obrera del resto del país.

Así que la forma más prominente y la más novedosa forma de resistencia contra Trump no viene de los sectores que tradicionalmente han liderado la oposición al poder (los estudiantes o los sectores más oprimidos de la clase obrera) sino lo que se ha llegado a llamar “hashtag resistance”- un movimiento que usa las redes sociales, de un tremendo dinamismo, capacidad de convocatoria y que usa hábilmente material gráfico y consignas a las que se puede sumar la totalidad de la población, sumarizando en sus convocatorias la distopía en la que vivimos con ágiles referencias culturales. Su energía y su ingeniosidad son irresistibles y superan el sesudo discurso revolucionario que muchas veces resulta incomprensible a muchos sectores de la sociedad norteamericana.

La población norteamericana, a pesar del masivo descontento con la economía, todavía tienden a pensar en términos de meritocracia, corptorativismo y movilidad social. Incluso cuando se niega la existencia de clases en Estados Unidos, las narrativas del éxito persona y el excepcionalismo son los que realmente movilizan en general a la poblaciónNo hablamos de clases sociales, la historia del éxito individual en el que ser una excepción a tu clase social es el necesario pero silencioso telón de fondo de la narrativa. Tomemos un ejemplo: el fenómeno seudofeminista de Sheryl Sandberg, titulada en la universidad de Harvard y actual Chief Operating Officer de Facebook, y autor del bestseller Lean Inque habla de las barreras a las que se enfrentan las mujeres en el lugar de trabajo, pero cuando este discurso se enfrenta a un compromiso personal, pierde vigor y es una narrativa vacía. Nociones populares de solidaridad ignoran abiertamente las clases, el racismo o una abierta y sistemática injusticia social: el corporativismo feminista de Sandberg es un ejemplo de este movimiento seudosocial, superficial e individualista. Los movimientos sociales más exitosos están basados en concepciones liberales de derechos individuales validados por Instituciones del Estado –por ejemplo, el movimiento por los derechos de la comunidad homosexual (LGBTQ rights movement) tuvo su máxima victoria en una decisión de la Corte Suprema que confirmó los derechos del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Pero volviendo a la resistencia de base, al movimiento liderado por el pueblo norteamericano, que es el que nos importa, a gente que cree en el poder de nuestras instituciones para resolver los problemas creados por nuestro maluso de esas mismas instituciones, se ha puesto en activo de forma fulminante para devolver el golpe. Una oleada de ciudadanos han anegado a sus senadores y representantes gubernamentales con llamadas, cartas y correos electrónicos cada día en una intensa campaña popular con el dinamismo y la libertad de movimientos que dan las nuevas tecnologías aplicadas a la lucha y la resistencia política. 

Organizaciones históricas en la defensa de los derechos civiles –como la American Civil Liberties Union, o el Southern Poverty Law Center (que observa los grupos fascistas y violentos en USA y que ha encontrado un enorme número de ataques fascistas de poder nacionalista blanco amparados por la campaña y la presidencia de Trump) ha recibido enormes contribuciones de suscripción popular. En efecto decenas de millones de dólares han sido recaudados justo una semana después de que la primera ley de prohibición de viaje (Travel ban) entró en vigor.

Nuevos grupos han sido crados con el único objetivo de usar el sistema político para amplificar el poder ciudadano. Uno de los más conocidos es el grupo Indivisible, a través del cual un pequeño número de ciudadanos liberales forman ramas locales que llaman y visitan a sus representantes gubernamentales para exigir una agenda específica, y que se está convirtiendo en un grupo de presión preciso y efectivo.

Además, el número a gran escala de las protestas que hemos visto ultimamente es más que significativo. Manifestaciones masivas y públicas no son moneda común en la historia de USA- y sólo son comparables, al Civil Rights Movement o a las protestas contra la guerra de Vietnam. 

Ustedes probablemente han visto imágenes de algunos de estos eventos masivos. Justo después de las elecciones, espontáneas explosiones de miedo, furia y solidaridad estallaron en multitudinarias marchas en todo el país.

Ciudadanos de Los Angeles han sido testigos de protestas, manifestaciones, y marchas contra Trump. Cientos de miles de angelinos, como son llamados los habitantes de Los Angeles, en una extraña bastardización del español, marcharon por la ciudad. 

La ciudad de Los Angeles ha sido testigo de varias manifestaciones masivas que han sido coordinadas con diversas manifestaciones y protestas en otras ciudades americanas importantes. Estas manifestaciones han sido ampliamente anunciadas, organizadas con esmero y pacíficas. La mayor hasta ahora fue la Manifestación de mujeres (Women´s March) organizada por tan solo unas pocas mujeres que anunciaron su intención en Facebook, -créase o no- en Diciembre y que acabó convirtiéndose en una ultramasiva serie de manifestaciones en cada ciudad importante y en ciudades menores.

La Manifestación de la mujer se hizo el día después de la investidura de Trump y en el aniversario de la Corte Suprema que garantizaba el aborto como un derecho constitucional (siendo reducido ahora en muchos Estados). Se estima que la Manifestación de las mujeres fue una de las manifestaciones más importantes en la Historia de los Estados Unidos, que trajo entre tres y cinco millones de manifestantes a nivel nacional y unos cinco millones a nivel internacional.  Esta marcha fue inclusiva y atrajo a manifestantes de todos los sectores de la sociedad que estaban preocupados por el ambiente misógino del nuevo gobierno, y por su deseo de promover leyes en contra de la mujer como ciudadano de pleno derecho. La marcha en la ciudad de Los Angeles congregó alrededor de un millón de personas. Estas marchas eran optimistas y abiertas. Hubo quejas contra el racismo (un problema persistente en muchas organizaciones blancas feministas) pero la plataforma y la mayor parte del público de esta manifestación de mujeres (Women´s March) era interseccional, y sus representantes procedían de muy diversos ámbitos socioeconómicos.

En “el día de la Tierra” se convocó la Marcha por la Ciencia, una manifestación que arrastró a cientos de miles a nivel nacional, inspirada por los ataques a la administración de Trump a la Agencia de Protección Medioambiental, la Institución independiente integrada por todo tipo de entidades que lidian con el cambio climático y en lo que en su momento era su intención (y desgraciadamente se ha confirmado) de abandonar el Acuerdo de París y las regulaciones internacionales medioambientales. 

Pero una de las respuestas más impresionantes a la dictadura de Trump fue la multitudianria y espontánea protesta contra la primera ley de prohibición de viajes (comúnmente llamada “la prohibición musulmana” (Muslim Ban). Trump extendió una orden ejecutiva de prohibición de viajes a Estados Unidos a siete países de mayoría musulmana, y temporalmente bloqueó el programa de refugiados el 27 de enero. Esta prohibición se hizo efectiva inmediatamente, volviendo las aduanas un completo caos. Pero nadie en el gobierno de Trump pudo preveer el dinamismo ideológico y la capacidad de reacción del pueblo norteamericano, y la contundencia de la respuesta popular estuvo a la altura del ataque a las libertades.

Esa misma noche hubo cientos de protestas populares espontáneas en todos los aeropuertos del país -sólo parcialmente cubiertas por los medios de comunicación nacional y casi inexistentes en la prensa internacional.- 

Cientos de abogados de todo el país acudieron sin demora y levantaron sus cuarteles en los aeropuertos para defender pro bono a los viajeros afectados por la prohibición y a los que se les negaba la entrada en el país. Yo estuve presente en una de estas manifestaciones en la terminal del Boston Logan International Airport, donde el senador Demócrata Elizabeht Warren (líder del sector más progresista del partido, de idéntico peso político a Bernie Sanders) hizo acto de presencia y lanzó un sentido y fiero discurso. 

Dos de los mayores protestas fueron en el aeropuerto de San Francisco y en el aeropuerto de Los Angeles (no es sorpresa que ambos sean californianos) donde los manifestantes cerraron completamente las terminales impidiendo cualquier tráfico aéreo. El nivel de efectividad y de contundencia de estas acciones no ha ocurrido antes en Estados Unidos, particularmente en las instituciones de alta seguridad como los aeropuertos. El ambiente, contradictoriamente a la gravedad del momento, era de un despertar ideológico y de una suma concordia entre los manifestantes, se traía comida para compartir, se cantaban canciones revolucionarias y se creaban comunidades de resistencia espontáneas entre una sociedad fuertemente divida en clases como es la norteamericana. Fueron acciones históricas no sólo por el nivel de respuesta popular, sino por su efectividad y por la trascendencia política que suponía este hecho. Era un mensaje muy claro al gobierno de Trump: Hay líneas que el pueblo americano (We, the people) no está dispuesto a cruzar.

Y podemos encontrar miles de esfuerzos a pequeña escala de grupos populares, organizaciones eclesiásticas de diversos credos, ONGs, u organizaciones estudiantiles. Hay grupos socialistas, comunistas y anarquistas en Estados Unidos tal como ha habido por décadas y que son onerosamente silenciados por la prensa internacional –que prefiere una visión unilateral de una América domada e ignorante- y que son perseguidos y acosados durísimamente por los aparatos de represión del Estado. El Partido Socialista de Norteamérica, por dar un dato anecdótico, ha recibido 20.000 nuevos miembros desde las elecciones. La organización socialista local se ha enfocado en hacer de Los Angeles lo que se llama “ciudad santuario” para proteger inmigrantes indocumentados, incluso bajo la amenaza de Trump de cortar los fondos federales estatales a todas las ciudades que protegen inmigrantes. Una variedad de grupos continúan luchando por los derechos de las minorías, como Coalition for Humane Inmigrant Rights the National Day Laborer Organzizing Network.

En la Universidad de Los Angeles, California, (UCLA) varios grupos de estudiantes apoyan los esfuerzos de volver a este Estado “santuario”. Pequeñas organizaciones de estudiantes luchan valientemente contra el acoso y la violencia social, el racismo, la ocupación israelí en Palestina y otras causas. Los trabajadores docentes e investigadores de UCLA tienen un sindicato bastante fuerte (del que yo soy representante) de unos 15 000 miembros, nos oponemos a la incesante privatización de la universidad pública, y los intereses particulares de los distintos sectores de trabajadores en el mundo universitario (del que sólo gozan de una situación privilegiado un número insignificante de profesores y catedráticos). La administración universitaria y sus sponsors tienen una enorme influencia en la línea ideológica y política que lleva UCLA y aunque muchos investigadores y estudiantes mantienen una oposición directa y participan en protestas por el derecho a una educación gratuita y contra la imparable subida de tasas, (una licenciatura en UCLA puede rondar alrededor de los 250 000 dólares (unos 50.000 euros por año), la resistencia siempre parece una voz escuálida contra la tempestad. Muchos estudiantes en estas universidades públicas corporativizadas son silenciados con pequeñas comodidades (¡como un nuevo gimnasio!) o motivados por ambiguas metas profesionales, como prácticas en empresas prestigiosas o préstamos a bajo interés y becas anuales o de verano. Eso, añadido a la corta trayectoria de los estudiantes en la universidad, que cambia completamente de cuatro a diez años, hace la lucha extremadamente difícil de organizar y de consolidarse. 

Y aún así, hay razones para la esperanza, como siempre. El reciente paradigma está cambiando la forma en la que sentimos el papel del Estado y el poder federal en los Estados Unidos. California se ha declarado a sí misma como el Estado de la resistencia por antonomasia, y un número creciente de representantes políticos liberales han cumplido sus promesas electorales. Hay un progreso significativo en la legislación para pasar una Seguridad Social de un solo pago, (como ustedes saben, el seguro médico en Estados Unidos es privado) en gran parte gracias a la Asociación de Enfermeros de California, o para que entren en vigor ciertas leyes santuario y medioambientales. Movimientos de ciudadanos de base y valientes voces entre los activistas nativoamericanos están empujando a la resistencia a ciudades enteras para que no cedan ante esos bancos que invierten en el infame proyecto Dakota Access Pipeline. Mientras cada día amanece con un nuevo ataque a nuestros derechos civiles y democráticos, nosotros también podemos, si lo buscamos, encontrar una inspiración en estos éxitos políticos liderados por el pueblo norteamericano y por políticos y organizaciones puntuales que toman en sus manos una lucha concreta (un político que se posicionó por un sistema de salud gratuito y universal, un periódico de izquierdas independiente salvado por masivas donaciones populares, un catedrático expulsado por abuso de poder o acoso sexual). Estas luchas se llevan adelante gracias a un genuino compromiso con las libertades civiles y con el espíritu de la Constitución Norteamericana en favor del bien común:We the people

Deseadnos fuerza y honor, como hacían los legionarios romanos antes de entrar en batalla. Aquí en la tierra donde los sueños se hacen realidad vamos a necesitarla. Salud, amigos y camaradas españoles.

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