Macron elabora su gobierno

El delfín sobre el polvorín

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18-05-2017
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Emmanuel Macron, delfín de la oligarquía financiera francesa y favorito de la UE, ha tomado posesión del Eliseo. ¿Logrará sellar el nuevo presidente las profundas grietas que recorren la sociedad francesa?
 El delfín sobre el polvorín
Emmanuel Macron, delfín de la oligarquía financiera francesa y favorito de la UE, ha tomado posesión del Eliseo. ¿Logrará sellar el nuevo presidente las profundas grietas que recorren la sociedad francesa?

El nuevo presidente, que ha ganado las elecciones sin ni siquiera un partido -aunque ahora En Marche! pasará a serlo- no tiene ni un sólo diputado. Por eso una de sus primeras decisiones ha sido nombrar como jefe de gobierno a Édouard Philippe, uno de los cuadros más importantes de la derecha republicana, un gesto a Los Republicanos y a su electorado para que salte al caballo ganador. 

El gobierno de Macron es un producto de diseño de la más prestigiosa escuela de formación de la élite política gala, la École Nationale d'Administration (ENA). El mismo Macron es uno de sus alumnos más aventajados y sus conexiones con el corazón de la clase dominante francesa y los entresijos del Estado son tupidas y robustas: ha sido ejecutivo de la Banca Rothschild y ministro de economía con Hollande. Como Macron, Philippe es otro 'énarque', y lo mismo que los que han recibido carteras ministeriales. Alexis Kohler, jefe de gabinete de Macron en su etapa de ministro de Economía es ahora secretario general del Elíseo. Kohler ha trabajado para el FMI, ha sido director de gabinete de Pierre Moscovici, actual comisario europeo de Asuntos Económicos y ha dirigido la Agencia de Participaciones del Estado, la entidad que gestiona las empresas con capital público. Todo un ejemplo de los vínculos carnales del nuevo Eliseo con el sancta sanctorum de la oligarquía financiera gala, pero también con Bruselas y Washington. Otro ejemplo es la designación de Philippe Etienne -hasta ahora embajador en Berlín- como responsable de la política exterior. 

Todo apunta a que la vocación europeísta del gobierno Macron va a traducirse en una mayor participación de Francia en los asuntos de la UE. Una Europa de peso político menguante en el panorama mundial, sometida bajo el diktat alemán a fuertes tensiones internas -de las que el Brexit, el ascenso del Frente Nacional (FN) o las izquierdas antitroika de Grecia, Italia, Portugal o España son distintas respuestas- y ahora avasallada por una línea Trump que exige su sumisión y promueve su desunión. La respuesta de Macron parece ser una cierta recomposición del tándem franco-alemán, con capacidad para incluir a otras potencias para que la UE no se caiga a pedazos.

En el terreno social, a pesar de todos los cantos de “protección social”, Macron ha declarado su firme intención de profundizar en la reforma laboral: abaratando la contratación para las empresas, recortes por valor de 60.000 millones, la supresión de hasta 120.000 puestos de funcionario, la eliminación de la cotización de las horas extra, restar poder a los sindicatos y la obligación de que los parados que cobren el subsidio acepten empleos si son trabajos "decentes"."El gobierno de Macron comienza sobre un polvorín de descontento, fracturas sociales y profundos antagonismos "

Frente a todas las trompetas que ensalzan al campeón de la flor de lís y del europeísmo, es mejor sacar la calculadora para ver cuánta tierra tiene bajo los pies. Macron obtuvo 20,7 millones de papeletas en el balotaje contra Le Pen, lo cual es el 74% de los votos, pero sólo representa al 43,6% de los franceses. Y dada la pinza en la nariz con la que muchos votaron para impedir que ganara el FN, el mejor indicador del apoyo real de Macron hay que buscarlo en sus resultados de la primera vuelta, donde con 8,6 millones de votos sólo consiguió el respaldo de un 18% de la población. 

Estas elecciones no sólo han traído el ascenso del FN, sino también el desplome del bipartidismo galo, en especial la bancarrota del Partido Socialista de Hollande, y su machacante sorpasso por la Francia Insumisa de Jean-Luc Melenchon, con un discurso rupturista -y con tintes antihegemonistas- difícilmente asimilable para la clase dominante gala, Washington y Berlín. El polvorín y los profundos antagonismos sociales -de la que esta convulsión electoral es sólo una expresión- siguen ahí, tensos y dispuestos a estalla

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