Palma: beneficios monopolistas vs. salud

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19-04-2017
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El aceite de palma es señalado como enemigo por nutricionistas, ecologistas y defensores de los derechos humanos.
 Palma: beneficios monopolistas vs. salud
El aceite de palma es señalado como enemigo por nutricionistas, ecologistas y defensores de los derechos humanos.

El aceite de palma, extraído de los dátiles de la palmera africana (Elaeis guineensis) se ha convertido en la grasa vegetal más utilizada por la industria alimentaria a nivel mundial. Su bajo coste y versatilidad le hacen ser una materia prima óptima desde el punto de vista económico. Pero las organizaciones ecologistas y de derechos humanos llevan tiempo denunciando las consecuencias medioambientales -deforestación a gran escala de bosques tropicales- y sociolaborales -tiránicas imposiciones monopolistas a las poblaciones campesinas que lo cosechan para abaratar costes- del cultivo creciente de la palma. 

Indonesia y Malasia concentran el 85% de la producción mundial, al que se unen países como Papúa Nueva Guinea, Colombia, Tailandia, Camboya, Brasil, México y África occidental. Su cultivo en estos países ha tenido un fuerte impacto ambiental y social. En el sudeste asiático, la expansión de monocultivos intensivos de la palmera africana ha ido unido a una intensa deforestación de los bosques tropicales, la apropiación de tierras pertenecientes a comunidades autóctonas, abusos contra los derechos humanos y la muerte de ejemplares de diferentes especies animales, como elefantes, tigres y muy especialmente los orangutanes de Sumatra. Greenpeace afirma que los monocultivos masivos de aceite de palma son una de las principales causas de la destrucción forestal global -en los últimos 20 años, 3,5 millones de hectáreas de selvas y bosques han sido deforestados para la siembra de palma aceitera- cuestión a su vez intimamente ligada con el calentamiento global.

A estos argumentos se unen la catarata de voces científicas que advierten que desde el punto de vista de la nutrición y de salud, el aceite de palma es una de las peores elecciones posibles.

Está por todas partes: el aceite de palma invade nuestra alimentación y es la grasa más consumida del mundo. Está en los snacks, patatas fritas, dulces, bollería y chocolatinas. También es omnipresente en las salsas, margarinas, helados, pizzas y en general en casi cualquier alimento procesado con apariencia apetitosa y suculenta. Pero también en los productos de cosmética e higiene: jabones, pasta dental, cremas... Todos los grandes monopolios de la industria alimentaria o de la distribución en grandes superficies utilizan profusamente el aceite de palma: Unilever, Nestlé, Kellogg’s, Burger King, McDonalds, Starbucks, Ferrero, junto a las llamadas “marcas blancas” de culquier supermercado.

Europa importa al año unos 9 millones de toneladas de aceite de palma, de los que unos 6 se destinan a la alimentación, frente a las 2,5 millones de toneladas que se producen de aceite de oliva y los 3 millones de toneladas de aceite de girasol. La razón en primer lugar es su bajo coste: unos 650€/tonelada para los dátiles de la palma, contra los 900€/tonelada del girasol o los 3.500€/tonelada de la oliva. Pero además están sus características tecnológicas: el estado sólido a temperatura ambiente del aceite de palma proporciona consistencia y untuosidad a los alimentos o productos cosméticos."Los intereses de grandes monopolios han dictado que el aceite de palma invada nuestra dieta"

Para conseguir ese grado de solidez y consistencia, antes se empleaba dominantemente la hidrogenación de las grasas, lo que disminuía el nivel de insaturación de los aceites. Pero en ese proceso se forman los llamados ácidos grasos trans que se han demostrado perjudiciales para la salud y han sido prohibidos en algunos países como Dinamarca, con efectos visiblemente favorables sobre la incidencia de enfermedades cardiovasculares. 

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El sustituto fue entonces el aceite de palma, con un alto contenido natural en ácidos grasos saturados, especialmente -hasta en un 40%- en el ácido palmítico (que recibe su nombre precisamente de la palmera africana). Hay dos razones de peso que explican cómo desde un punto de vista nutricional, es una de las peores elecciones posibles.

La primera es sobradamente conocida: un consumo excesivo de grasas saturadas es una causa probada de trastornos metabólicos -como la diabetes- y de enfermedades cardiovasculares asociadas al aumento del colesterol LDL. Aceites como el de palma o el de coco son especialmente ricos en ácidos grasos saturados -con largas cadenas hidrocarbonadas sin dobles enlaces- que confieren rigidez a las membranas celulares. En cambio, otros aceites vegetales como el de oliva y el de girasol no sólo son ricos en ácidos grasos insaturados como el oleico y el linoleico, mucho más saludables, sino que contienen polifenoles de alto poder antioxidante (sobretodo el aceite de oliva virgen, base de la dieta mediterránea).

La segunda razón de la insalubridad del aceite de palma estriba en recientes investigaciones que relacionan la ingesta de grasas saturadas con el cáncer. En el procesamiento del aceite de palma (para eliminar su apariencia rojiza y mejorar su sabor y olor), a altas temperaturas aparecen compuestos mutagénicos. Y además, la ingesta de ácido palmítico parece estar directamente relacionada con la capacidad de diversos tipos de tumores de generar metástasis y expandirse por el cuerpo.

Un reciente estudio publicado en Nature del Instituto de Investigación Biomédica (IRB Barcelona), liderado por Gloria Pascual y Salvador Aznar-Benitah han identificado una proteína crucial para que las células tumorales puedan iniciar la metástasis. Se trata de la CD36, un transportador de membrana del ácido palmítico. Cuando ratones inducidos con tumores con células CD36+ ingieren una dieta rica en grasas saturadas, la tasa de metástasis sube del 30% al 80%. Y cuando esas grasas son de palmítico, la tasa se dispara al 100%. 

Entrevistada recientemente para Foros21 acerca de la relación entre la ingesta de grasas saturadas y el cáncer, Gloria Pascual, primera autora del estudio, afirmaba que "nuestros resultados indican que en un proceso de cáncer con tendencia a la metástasis, una dieta rica en grasas saturadas -y en especial el palmítico que recibe la CD36- incrementa la tasa de metástasis. La célula tumoral utiliza este ácido graso para su supervivencia y adaptación, así logra sobrevivir y esconderse del sistema inmune y metatastatizar. La CD36 protagoniza un proceso de adaptación metabólica para extenderse a otros órganos”.

El aceite de palma -y su principal componente, el ácido palmítico- no son malos en sí mismos. Lo que los convierte en un objetivo a abatir por ecologistas, defensores de los derechos humanos y nutricionistas, es su tiránica y encubierta presencia en nuestra dieta, dictada por la ley del máximo beneficio de los grandes monopolios y corporaciones de la industria alimentaria o cosmética. Son ellos -y no los inocentes dátiles que ofrecen lo mejor que su naturaleza les ha dado- los responsables de la destrucción del medio ambiente, de la opresión contra jornaleros e indígenas, y del grasiento residuo que obstruye las arterias de los consumidores.

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