Las primeras medidas del nuevo Estado soviético

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08-04-2017
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Toda la actuación de los bolcheviques está dirigida por la cuestión clave de quién tiene el poder del Estado. Únicamente un Estado obrero y campesino podía satisfacer las demandas mayoritarias de paz, pan y tierra.
 Las primeras medidas del nuevo Estado soviético
Toda la actuación de los bolcheviques está dirigida por la cuestión clave de quién tiene el poder del Estado. Únicamente un Estado obrero y campesino podía satisfacer las demandas mayoritarias de paz, pan y tierra.

Paz, tierra... y todo el poder a los Soviets

La misma madrugada en que se toma el Palacio de Invierno, el IIº Congreso de los Soviets toma las primeras y decisivas medidas revolucionarias.

La primera de ellas confirma que los soviets asumen desde ese momento todo el poder del Estado. Las dos siguientes rubrican los primeros decretos del nuevo Estado proletario, presentados por Lenin: una paz inmediata, mediante una negociación con las potencias beligerantes que saque a Rusia de la Iª Guerra Mundial; y la ejecución de una reforma agraria que entregara los latifundios propiedad de los nobles, la corona o la iglesia a los campesinos.

Hoy se nos dice, desde destacados representantes de la izquierda, que la Revolución de Octubre pudo triunfar porque los bolcheviques supieron concentrar en una consigna sencilla y clara -”Paz, Pan y Tierra”- las reivindicaciones más urgentes de la población, ganándose así su apoyo.

Esta es solo una parte de la verdad, y no la más importante.

Los bolcheviques dirigieron la revolución, y conquistaron un amplio apoyo, colocando en primer plano el llamamiento de “Todo el poder a los soviets”. Solo así era posible satisfacer las demandas de paz, pan y tierra.

Toda la actuación de los bolcheviques está dirigida por la conciencia de que la cuestión clave en toda revolución es quién tiene el poder del Estado.

Su expresión está en la misma noche del 25 de octubre de 1917, en el IIº Congreso de los Soviets. En una interminable espera, que prolonga la sesión hasta las seis de la madrugada, los bolcheviques no presentan sus mociones hasta que la toma del poder es un hecho. No era una cuestión de tacticismo político -tenían mayoría desde el inicio de la sesión-. Lo fundamental era asentar en los hechos que los explotados y oprimidos habían tomado el poder del Estado, y que eso, como expresó Lenin, “abría una nueva era”.

Si se reduce la Revolución de Octubre a “Paz, Pan y Tierra” se está subvirtiendo su naturaleza, y manipulando los hechos históricos.

El gobierno burgués más “progresista” -el encabezado por los socialdemócratas de Kerenski- solo podía defender la participación en la guerra imperialista, las propiedades de grandes terratenientes, y el hambre a que condenaba al pueblo ruso. Únicamente -como los hechos demostraron- un Estado obrero y campesino podía satisfacer las demandas mayoritarias de paz, pan y tierra.

Que los campesinos se liberen a sí mismos

Cuando Lenin presenta en el IIº Congreso de los Soviets el decreto sobre la tierra su discurso es claro y breve: “La propiedad sobre la tierra queda abolida. Nada de indemnización. Nada de facultad de readquisición. Todas las tierras de los grandes propietarios, todos los dominios del Estado y de la Iglesia pasan a manos de comités agrarios y de los Soviets locales de los diputados campesinos”. 

Muchos asistentes se sorprenden. No se parece a la nacionalización de la tierra, defendida hasta entonces por los bolcheviques. Y sí a las reivindicaciones de los social-revolucionarios, cuyo sector derechista estaba enfrentado a los bolcheviques, mayoritarios entre los campesinos porque representaban su histórica aspiración por convertirse en propietarios."Lo esencial es que los campesinos tengan la certeza de que la propiedad territorial ya no existe en los campos. A ellos corresponde organizar su existencia como mejor les convenga” (Lenin, al presentar el decreto sobre la tierra del primer gobierno bolchevique)"

Lenin afronta directamente la contradicción: “Oigo voces que anuncian que el decreto y el reglamento han sido redactados por los socialistas revolucionarios. ¿Y qué?... ¿No da lo mismo que sea un partido u otro el que lo haya redactado? Como gobierno democrático no podemos desconocer el deseo de la masa popular aunque no estemos de acuerdo con ella a ese respecto. La vida es la mejor escuela. Ella se encargará de enseñarnos quién tiene razón y quién no... Debemos marchar con la vida, debemos dejar a las masas plena y total iniciativa creadora. Estimamos que los propios campesinos sabrán, mejor que nadie, encontrar la solución justa del problema. ¿Con el método socialista revolucionario o con el nuestro? Eso no es lo esencial. Lo esencial es que los campesinos tengan la certeza de que la propiedad territorial ya no existe en los campos. A ellos corresponde organizar su existencia como mejor les convenga”.

Eran los bolcheviques los que, en un solo decreto, culminaban la revolución burguesa en el campo, que todos los gobiernos burgueses de febrero a octubre habían sido incapaces de ejecutar. Los latifundios quedaban abolidos y su propiedad repartida entre los campesinos.

Para consolidar la revolución, en un país eminentemente agrario, era imprescindible la unidad entre el proletariado y la gran masa de campesinos. Para ello era necesario satisfacer sus demandas, y hacer un trabajo por unirlos al socialismo.

Esta política leninista es confirmada en marzo de 1919 en el VIII Congreso del Partido Bolchevique, estableciendo la necesidad de “incorporar gradualmente, y con arreglo a un plan, a los campesinos medios a la labor de la edificación socialista”.

En ese momento, la ínfima minoría de campesinos ricos, los llamados “kulaks”, acaparaban el trigo para provocar el desabastecimiento de las ciudades, con el objetivo de golpear al nuevo Estado proletario.

Lenin sintetiza como enfrentar la situación, fortaleciendo la unidad entre el proletariado y la gran masa de campesinos: “saber  llegar a un acuerdo con los campesinos medios, sin cejar ni un minuto en la lucha contra los kulaks y tomando como sólido punto de apoyo solamente a los campesinos pobres”.

El Congreso establece asimismo que al implantar medidas socialistas en el campo (con la creación de comunas agrícolas), no se permitiese la coacción. Siempre que resultasen afectados los intereses vitales de los campesinos medios, era necesario llegar a un acuerdo práctico con ellos y hacerles concesiones en los métodos de implantación de transformaciones socialistas.

Gracias a esta correcta política leninista  una mayoría de campesinos medios y pobres apoyaron a los bolcheviques en la guerra frente a la contrarrevolución, y se unieron al proletariado en la lucha contra los kulaks.

Frente a la política de colectivizaciones forzosas implantada años después por Stalin, Lenin defiende que la única manera de unir a los campesinos al socialismo es que se liberen a sí mismos. En un discurso pronunciado pocos días después de tomado el poder, ante el Soviet de Petrogrado, Lenin les recuerda que el mundo ha cambiado, y deben tomar un papel dirigente: “¿Los campesinos? Un nuevo fenómeno se deja ver: se niegan a creer que el poder ha pasado a los Soviets, siguen esperando que el Gobierno haga algo. Pues bien, nosotros les decimos: ¡Que el pueblo entero aprenda a gobernar! ¡Poneos en pie, levantaos,y entonces nada os asustará!” 

Paz a cualquier precio

Abandonar la Iª Guerra Mundial, decretando una paz inmediata, era un grito unánime en toda la sociedad rusa, y una cuestión de vida o muerte para el futuro de la revolución.

Los gobiernos “democráticos” burgueses surgidos tras la revolución de febrero, se habían postrado ante las exigencias inglesas, francesas y norteamericanas, asegurando la participación en una guerra que estaba desangrando a Rusia. 15 millones de soldados rusos -11 millones de ellos campesinos y obreros reclutados forzosamente- morían en las trincheras.

La madrugada del 25 de octubre de 1917, ante el II Congreso de los Soviets, Lenin anuncia un inmediato decreto de paz: “El Gobierno obrero y campesino, nacido de la revolución, propone a todos los pueblos en guerra y a sus gobiernos comenzar inmediatamente conversaciones con vistas a concertar una paz democrática y justa sin anexiones ni indemnizaciones. Esta última condición no debe ser considerada como un ultimátum. El Gobierno obrero y campesino está totalmente dispuesto a examinar cualquier otra oferta: únicamente insiste en la extrema urgencia y en la necesidad de presentar esa oferta en forma clara y precisa, sin ningún equívoco”.

La posición de Lenin es tajante: paz a cualquier precio. El partido bolchevique no solo ha denunciado la guerra como una “rapiña imperialista”. Ahora necesita la paz para consolidar el poder conquistado. "Abandonar la Iª Guerra Mundial, decretando una paz inmediata, era un grito unánime en toda la sociedad rusa, y una cuestión de vida o muerte para el futuro de la revolución."

En las negociaciones de paz, Alemania exige unas condiciones excepcionalmente onerosas y humillantes para Rusia. Con la rotundidad que le caracteriza, Lenin pone encima de la mesa la contradicción: “la revolución ha traído ya al mundo un bello niño: la República socialista, que podemos matar reanudando la guerra... Es cierto que la paz que vamos a firmar es una paz asquerosa, pero necesitamos un respiro para recuperar el equilibrio. Necesitamos consolidar nuestras posiciones. Tenemos que aplastar definitivamente a la burguesía, y para eso necesitamos tener libres las manos”.

La posición de Lenin encuentra una inesperada oposición... en el seno mismo del partido bolchevique. Un sector encabezado por Bujarin reprocha a Lenin “predicar la sumisión y capitulación”, y emprende, bajo la consigna de “¡Abajo la paz asquerosa!” una campaña a favor de emprender una imposible y suicida “guerra revolucionaria”. Mientras Trotski propone rechazar los términos del armisticio alemán y desmovilizar a las tropas rusas. Lo que en los hechos significaba dejar al país sin defensa alguna.

Lenin, y los sectores del partido bolchevique que apoyan sus tesis, se dirige directamente al pueblo ruso. Ante el desafío del comandante en jefe de las tropas rusas, Dukhovin, que se niega a seguir las órdenes del gobierno bolchevique para negociar la paz con Alemania, Lenin lanza un llamamiento a los soldados: “La obra de la paz está en vuestras manos. No permitáis a los generales contrarrevolucionarios obstaculizarla... Que los regimientos que se encuentran en la línea de fuego designen inmediatamente delegados para comenzar conversaciones de armisticio con el enemigo. El Consejo de los Comisarios del Pueblo os confiere el derecho de hacerlo”.

La fuerza de los hechos va a dar rápidamente la razón a Lenin. Ante la paralización de las negociaciones, el ejército alemán lanzó una ofensiva en Ucrania, amenazando en su avance la supervivencia del poder de los soviets.

El 9 de febrero de 1918, la República Popular Ucraniana, bajo el amparo de la ocupación alemana, firmaba el Tratado de Brest-Litovsk. El avance de las tropas germanas amenaza ya a la capital soviética.

Ante la amenaza germana, todas las posiciones en el seno del partido bolchevique contrarias a una paz sin condiciones se diluyen. Para el nuevo Estado proletario, firmar una paz inmediata es una cuestión vital. Lenin lo expresa con claridad: “Hay que firmar. Si no firmáis, pronunciáis una condena de muerte para la República de los Soviets de aquí a tres semanas. Las condiciones alemanas no afectan a la existencia del Gobierno obrero y campesino... Por lo tanto, hay que aceptarlas”.

El 3 de marzo de 1918, los bolcheviques firmaron el Tratado de Brest-Litovsk, por el cual Rusia perdía el 26% de su población, el 27% de su superficie cultivada y el 75% de su producción de acero y de hierro. 

A costa de enormes sacrificios y concesiones, la paz permite conservar lo esencial, el nuevo poder de clase del proletariado.

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