Cómics

"Brancaccio". Los crí­menes cotidianos de la Mafia

Dos jóvenes autores sicilianos publican una historia sobre la dureza de los barrios controlados por el crimen.

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03-02-2009
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Giovanni di Gregorio, guionista, y Claudio Stassi, dibujante, se atreven a seguir la estela trazada por el valiente ejemplo de Saviano en Gomorra, aunque esta vez, trasladan la historia a Sicilia y la cuentan en viñetas. Se trata de su experiencia personal en el barrio de Brancaccio, donde no existe el Estado ni los servicios sociales, pero si una ley dictada con susurros y gestos, y aplicada a punta de pistola. Giovanni di Gregorio, guionista, y Claudio Stassi, dibujante, se atreven a seguir la estela trazada por el valiente ejemplo de Saviano en Gomorra, aunque esta vez, trasladan la historia a Sicilia y la cuentan en viñetas. Se trata de su experiencia personal en el barrio de Brancaccio, donde no existe el Estado ni los servicios sociales, pero si una ley dictada con susurros y gestos, y aplicada a punta de pistola.
          “No queríamos contar la historia de grandes personajes de la historia mafiosa, sino describir la cotidianidad, porque ése es el sustrato en el que la Mafia encuentra su fuerza, la cultura del silencio, de la pobreza y la opresión.” Así habla Di Gregorio en la presentación del álbum. Palermitano de nacimiento y afincado en Barcelona, se alió con Stassi, que había vivido durante 30 años en el barrio donde se centra la acción, para tejer una historia en la que no existen grandes hombres que hacen del crimen un arte o una red de protección, sino que se sustentan en el fascismo cotidiano para aumentar su poder.
 
          Utilizando una cuidada escala de grises aplicada elegantemente con acuarela, encuentran el grafismo perfecto para expresar la ausencia de color que puede dominar la vida diaria en una preciosa isla mediterránea llena de luz. La historia se construye como un puzzle en el que se combinan pequeños relatos. Un niño acosado en el colegio, un ama de casa atemorizada, un vendedor ambulante obligado a pagar tributos; historias reales aisladas que acaban conectándose, al estilo del cine contemporáneo de autores como Quentin Tarantino o González Iñárritu.
 
          Pero si hay algo que caracteriza el lenguaje que se lee en Brancaccio es la sutileza. Los autores conocían perfectamente ese código de gestos, miradas y frases “que quieren decir otra cosa”, las claves de la opresión silenciosa que aparecen escenificadas en largas secuencias sin palabras. También encuentran esa sutileza al utilizar como principal hilo conductor la mirada de un niño, que pierde la inocencia precozmente, obligado a sobrevivir en un mundo silencioso en el que cada miembro de la sociedad se acaba calando hasta los huesos de complicidad y autocensura.
 
          Una historia circular acerca de los dramas de la vida diaria, cuando esta controlada por criminales con impunidad, contada con maestría por dos jóvenes valientes que alzan la voz con sus grisáceos dibujos.
 
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