El Foro de Davos y las perspectivas de la crisis (I)

"Sólo Dios lo sabe..."

La socialdemocracia, el viejo taller de reparaciones del capitalismo, resurge como la receta más eficaz para tratar de contener el derrumbe

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03-02-2009
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En medio de la mayor crisis económica que ha conocido el capitalismo en los últimos 70 años, se celebraba la pasada semana el Foro Económico Global de Davos, la reunión que anualmente reúne lo más selecto de las oligarquí­as financieras del planeta, a sus ideólogos, propagandistas y representantes polí­ticos más cualificados.
 ¿Qué reformas son necesarias para que el edificio capitalista siga en pie y los propietarios puedan seguir extrayendo suculentas rentas, alquileres e hipotecas a los inquilinos? Esto es lo que en Davos les ocupa y les preocupa.
¿Qué reformas son necesarias para que el edificio capitalista siga en pie y los propietarios puedan seguir extrayendo suculentas rentas, alquileres e hipotecas a los inquilinos? Esto es lo que en Davos les ocupa y les preocupa.
En medio de la mayor crisis económica que ha conocido el capitalismo en los últimos 70 años, se celebraba la pasada semana el Foro Económico Global de Davos, la reunión que anualmente reúne lo más selecto de las oligarquí­as financieras del planeta, a sus ideólogos, propagandistas y representantes polí­ticos más cualificados.
Valorando los resultados de los debates, uno de los más reputados columnistas del Washington Post concluía afirmando que quizás “sólo Dios lo sabe” podría ser el mejor lema para la reunión de este año.

Señalando con ello la incertidumbre que reina en las elites mundiales sobre el desarrollo futuro de los acontecimientos.

Pero quien piense que este desconocimiento les paraliza o les incapacita para aplicar recetas, es que no sabe con quién esta tratando. Puede que las grandes burguesías monopolistas, en medio del desconcierto de la crisis, estén por un lado “a Dios rogando”. Pero que nadie dude que, al mismo tiempo, están por el otro “con el mazo dando”.
 
Una conclusión prácticamente unánime, al menos por parte europea, de los asistentes al Foro de Davos es que “el modelo americano de capitalismo” ha llegado a su fin con la crisis. Convendría, sin embargo, matizar esta cuestión.
 
De Reagan a Bush
Lo que quizás ha llegado a su fin es el modelo de desarrollo capitalista surgido con Reagan en la década de los 80.
Cuando la necesidad de dotar de una base económica suficiente –de la que EEUU, ya en declive estratégico, no disponía– a la agresiva línea de contención del expansionismo militar soviético, llevó a potenciar una crecimiento exponencial de los mercados financieros. Lo cual a su vez exigía plena libertad de movimientos para poder desarrollar sin trabas ni limitaciones los mercados de la deuda y el crédito, junto con el inevitable volumen de capital ficticio que acompaña inexorablemente a esta aceleración en la circulación de los capitales.

El recurso al endeudamiento, a vivir del crédito, a consumir los capitales que se acumulaban en otros lugares puesto en marcha en la cabeza del imperio, gestaron los desequilibrios económico-políticos que están en la base de la dimensión y la virulencia alcanzada por la actual crisis.

La década de los 90, con la caída de la URSS, la globalización de los mercados y la revolución tecnológica en la informática y las telecomunicaciones pareció contener, aunque fuera relativa y temporalmente, estos desequilibrios. Impresión que incluso en su modestia, se revelaría posteriormente como ilusoria.

Por el contrario, la crisis de las punto com y la llegada de la línea Bush a la Casa Blanca, los han acelerado de una forma tan intensa, que ha bastado la ruptura de la circulación por un punto –las subprime– para que todo se cuartee y amenace con derrumbarse estrepitosamente.

De lo que estamos hablando, por tanto, es del fin de una gran etapa histórica, de toda una era. Que no está definida, como ahora quieren hacernos creer, por la oposición entre el “modelo capitalista neoliberal norteamericano” y el modelo de “economía social de mercado” europeo. Sino por el declive constante de un orden mundial, basado en una hegemonía político-militar de EEUU –tras la que las burguesías europeas, con más o menos diferencias, se han alineado y de la que han obtenido múltiples beneficios– que sólo ha podido mantenerse provocando unos cada vez más agudos desequilibrios globales, desequilibrios que trabajan justamente en contra de esa hegemonía.

Y es llegados a este punto donde se manifiesta la incertidumbre de los asistentes al Foro de Davos. ¿Amenaza ruina el edificio? ¿Hay que proceder, por tanto, a desalojarlo y construir uno nuevo? ¿O bastará con reforzar los cimientos y las vigas maestras? ¿Qué reformas son necesarias para que siga en pie y los propietarios puedan seguir extrayendo suculentas rentas, alquileres e hipotecas a los inquilinos? Esto es lo que les ocupa y les preocupa.

De momento, la elección de Obama y las medidas tomadas por los principales gobiernos europeos indican que ya se han puesto en marcha algunas de las reformas más urgentes.
 
El viejo taller de reparaciones
Ni los más ardientes defensores del neoliberalismo discuten hoy la necesidad de que el Estado tome las riendas y pase a intervenir abierta y activamente –ya sea en forma de rescates bancarios o de gigantescas obras públicas– en la resolución de las crisis.

Keynes –en cuyo pensamiento se basó el modelo norteamericano hasta los años 80, así como la reconstrucción europea tras el 45– es el economista de moda. Los gobiernos de la UE lo reivindican como padre de su modelo de “economía social de mercado”, pese a que muchos de ellos han tratado de asesinarlo repetidas veces –con desigual resultado– en los últimos 15 años. El plan de estímulo económico de Obama no puede negar su parentesco con el New Deal de Roosevelt.

La socialdemocracia –ese “viejo taller de reparaciones del capitalismo”, como lo definía recientemente el director de La Vanguardia– parece resurgir como la fórmula más eficaz, y a mano, para tratar al menos de contener el derrumbe y aplicar los primeros y más urgentes parches. Y de entre ellos, el más importante, sin duda, el de evitar que la crisis económica derive en una aguda crisis social susceptible de trasladarse, con mayor o menor virulencia, al terreno político, al sensible terreno donde se juegan las correlaciones de fuerza de clase y las relaciones de poder, bien a escala global o en el seno de cada Estado.
 
 
 
 
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