Escuela de Marxismo sobre la ideologí­a proletaria

La batalla de las ideas

Hay ideas que nos encadenan, que reproducen el orden establecido, e ideas que nos liberan. Esta es una batalla ideológica, cuyas consecuencias prácticas son decisivas.

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19-10-2016
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Orson Wells, uno de los más grandes y más revolucionarios genios del cine, sostení­a que la posición y el ángulo de la cámara nunca es neutro, siempre está cargado de ideologí­a. Porque mira la realidad desde una determinada posición, y condiciona al espectador. En Unificación Comunista de España hemos comenzado un ciclo de escuelas dedicado a comprender qué es el marxismo, por qué es la ideologí­a, la filosofí­a y la ciencia del proletariado, y qué objetivos revolucionarios defiende. Por eso la primera escuela de este ciclo está dedicada a la ideologí­a. Porque eso lo determina todo. Hay ideas que nos encadenan, que reproducen el orden establecido, e ideas que nos liberan. Esta es una batalla ideológica, cuyas consecuencias prácticas son decisivas.Si queremos de verdad transformar la sociedad debemos empezar por cuestionarnos nuestras propias ideas.
 "¡Estudia, hombre en el asilo! / ¡Estudia, hombre en la cárcel! / ¡Estudia, mujer en la cocina! / ¡Estudia, sexagenario! / Estás llamado a ser un dirigente" / ("Oda al esudio. Bertolt Brecht)
"¡Estudia, hombre en el asilo! / ¡Estudia, hombre en la cárcel! / ¡Estudia, mujer en la cocina! / ¡Estudia, sexagenario! / Estás llamado a ser un dirigente" / ("Oda al esudio. Bertolt Brecht)
Orson Wells, uno de los más grandes y más revolucionarios genios del cine, sostení­a que la posición y el ángulo de la cámara nunca es neutro, siempre está cargado de ideologí­a. Porque mira la realidad desde una determinada posición, y condiciona al espectador. En Unificación Comunista de España hemos comenzado un ciclo de escuelas dedicado a comprender qué es el marxismo, por qué es la ideologí­a, la filosofí­a y la ciencia del proletariado, y qué objetivos revolucionarios defiende. Por eso la primera escuela de este ciclo está dedicada a la ideologí­a. Porque eso lo determina todo. Hay ideas que nos encadenan, que reproducen el orden establecido, e ideas que nos liberan. Esta es una batalla ideológica, cuyas consecuencias prácticas son decisivas.Si queremos de verdad transformar la sociedad debemos empezar por cuestionarnos nuestras propias ideas.

 

Las ideas no caen del cielo

¿De dónde provienen las ideas? ¿Caen del cielo? ¿Se las invento alguien? ¿Pertenecen a un mundo ideal que nada tiene que ver con la práctica y con la realidad material?

Comprobemos si es cierto. Cojamos una sola idea. ¿Quién no ha pensado alguna vez que el hombre es egoísta por naturaleza, o que el individualismo es consustancial a la naturaleza humana?

Esta idea no ha caído del cielo, ni muchos hemos coincidido en pensarla alguna vez por casualidad. Es el resultado de un largo proceso de lucha de clases donde se han impuesto las ideas que corresponden al régimen de explotación.

Y no la tiene la humanidad de forma innata, natural. 

Como nos ha desvelado el trabajo de muchos antropólogos, en las sociedades de comunismo primitivo no existía en el lenguaje -que Marx llama “la conciencia en estado práctico”- el pronombre “yo”. Cada individuo se refería a sí mismo en tercera persona (al contar algo que él había hecho afirmaba “este hombre ha hecho”). Es resultado de una concepción del mundo donde el individuo solo se concebía a sí mismo como parte de la colectividad.

De la misma forma, tampoco existían en el lenguaje muchos posesivos que hoy utilizamos habitualmente. Porque no era concebible, ni siquiera verbalmente, que un individuo se apropiara de lo que debía estar a disposición del conjunto de la tribu.

Todos los grandes mitos ideológicos imperantes en la sociedad actual, “siempre ha habido ricos y pobres”, “el hombre es egoísta por naturaleza”, son falsos. 

Nacen de una realidad material, la imposición de una sociedad dividida en clases, sostenida sobre la explotación del hombre por el hombre.

Y las ideas dominantes nos conducen a considerar que esto es algo natural, “innato”, “consustancial a la naturaleza humana”.... Para que lo asumamos y lo reproduzcamos.

Este es un debate con consecuencias prácticas decisivas. Si asumimos que el egoísmo o el individualismo es innato o propio de la naturaleza humana es algo intransformable. Si concebimos que solo es la expresión de una sociedad basada en la explotación, entonces sí es posible cambiar el mundo de base.

 

¿Qué va antes, el individuo o la sociedad?

Aparentemente es una disquisición propia de la escolástica, ¿qué va antes, el huevo o la gallina, el hombre o la sociedad? En realidad es una cuestión crucial que determina toda nuestra concepción del mundo.

La concepción del mundo propia de la burguesía es el humanismo. Coloca al Hombre, con mayúsculas, dotado de cualidades eternas e inmutables, como la Razón, como el nodulo central de toda una concepción del mundo.

Y ese “hombre burgués” ya no acepta estar hecho a imagen y semejanza de Dios, ni depender del Padre. Es “la medida de todas las cosas”, como expresaba el primer humanismo renacentista, y es un hombre “hecho a sí mismo”.

Pero, sobre todo, es un individuo “ideal”, desligado de las condiciones y límites sociales, de la realidad material, y que existe previamente y al margen de la sociedad."La humanidad es social por naturaleza. Es una condición de existencia. Si no, no existiría, no sería humana. Lo mismo sucede con cada individuo"

Frente a esta concepción burguesa, Aristóteles, en el siglo IV antes de Cristo, estableció que “el ser humano es un ser social por naturaleza”, y que “la sociedad es por naturaleza anterior al individuo”.

Paradójicamente, quien tenia razón era Aristóteles, dos milenios antes de que la burguesía apareciera como protagonista en el mundo.

No existen los individuos por separado, que luego “se juntan” y dan forma a la sociedad. El “individuo”, el “Hombre”, no existe al margen de la sociedad, ni previamente a ella.

No es que un hombre o una mujer nazcan, y luego se hagan sociales, sino que son sociales de nacimiento. La humanidad es social por naturaleza. Es una condición de existencia. Si no, no existiría, no sería humana. Lo mismo sucede con cada individuo. 

¿Entonces esto significa que no existe el individuo?

Cada uno de nosotros, como individuos, somos irrepetibles y únicos. Pero si hubiéramos nacido en otra época histórica -en el esclavismo o en el feudalismo- tendríamos otra concepción del mundo totalmente diferente, que no está en “los genes” o en “la personalidad individual”.

Lo que no existe en ningún lado es el individuo burgués, que está al margen y por encima de las condiciones y límites sociales. Lo que existe en la realidad son hombres y mujeres concretos, que actúan sobre una realidad social determinada.

Muchas veces la actuación de determinados individuos es decisiva en el curso de la historia. Es el caso de Fernando el Católico o de Lenin.

Pero cada individuo está sometido a unas determinadas condiciones sociales, y sobre ellas desarrolla una práctica como miembro de una sociedad. Tal y como plantea Marx, en “El 18 de Brumario de Luis Napoleón Bonaparte”, “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

 

La posición y el punto de vista de la lucha de clases

No es casualidad que el humanismo sea la ideología propia de la burguesía. Tiene su base material en las mismas relaciones capitalistas de producción, y en las condiciones de existencia de la burguesía como clase.

El capitalismo arroja a cada capitalista a una competencia feroz, donde unos se agigantan, concentrando el capital en sus manos, y otros desaparecen como burgueses. En la realidad material del capitalismo -y no en ninguna ensoñación filosófica- “el hombre es un lobo para el hombre”.

De esta realidad surge el humanismo como nódulo central de la ideología burguesa, y a su vez el humanismo -la concepción del mundo desde el individuo como principio y fin de todas las cosas- contribuye a reproducir permanentemente las relaciones de producción burguesas.

Empuja a cada capitalista a competir con su rival. Y también arroja a los obreros a competir entre ellos por vender en mejores condiciones su fuerza de trabajo al capitalista.

Frente a la concepción humanista propia de la burguesía, el proletariado enfrenta la posición y el punto de vista de la lucha de clases.

No es casual que Marx encabece El Manifiesto Comunista afirmando que “toda la historia de las sociedades humanas hasta nuestros días es una historia de lucha de clases. Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes”."El humanismo y el individualismo empequeñece, jibarizan, a cada individuo. Conduciéndolo a reproducir las mismas relaciones que lo oprimen y explotan"

Lenin concentrará las decisivas consecuencias prácticas de partir o no de esta posición de la lucha de clases: “los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase”.

El humanismo y el individualismo empequeñece, jibarizan, a cada individuo. Conduciéndolo a reproducir las mismas relaciones que lo oprimen y explotan.

Adoptar la posición de la lucha de clases, que es toda una concepción del mundo, el fundamento de la ideología proletaria, esclarece en primer lugar la verdad, ocultada por la ideología dominante, de cuáles son los intereses de clase que defienden cada una de las ideas que tenemos.

Y por tanto nos permite tomar partido como individuos, conscientes y por eso libres, por la clase explotada, el proletariado, y por los objetivos revolucionarios de acabar con la explotación capitalista.

 

LAS ESCUELAS DE MARXISMO, UN MASTER PARA OBREROS Y AMAS DE CASA

“¡Estudia, hombre en el asilo!

¡Estudia, hombre en la cárcel!

¡Estudia, mujer en la cocina!

¡Estudia, sexagenario!

Estás llamado a ser un dirigente”

(“Oda al esudio. Bertolt Brecht)

 

Desde esta posición de principios, expresada por un poeta y dramaturgo comunista, y figura clave en el arte del siglo XX, como Bertolt Brecht, Unificación Comunista desarrollamos las Escuelas de Marxismo.

Con la máxima profundidad y rigurosidad. Es un master. Pero no destinado solo a estudiantes o profesionales. También a obreros, parados, jubilados y amas de casa.

Nos enfrentamos a esa idea burguesa de que debe negarse el acceso al conocimiento a la mayoría de la población... para luego reprocharles sus escasos conocimientos.

Que todos tengan acceso al máximo nivel de conciencia. Esa es la única posición democrática y revolucionaria.

En el ciclo de Escuelas de Marxismo vamos a estudiar qué es la ideología, qué es la filosofía y qué es la ciencia. Para desde aquí poder valorar la ideología, la filosofia y la ciencia del proletariado.

Comprobando permanentemente si lo que decimos se corresponde con los hechos. Es decir, contrastando los conceptos con ejemplos de la realidad.

Y no partiendo sólo del marxismo. Sino recogiendo lo más avanzado que la humanidad ha desarrollado, tanto en el terreno ideológico, como en el filosófico o científico. Incluyendo en este ciclo de Escuelas de marxismo la poesía de Lorca, la filosofía materialista desarrollada en España por Gustavo Bueno o las aportaciones del equipo científico de Atapuerca.

Disponer del máximo de elementos y conciencia para poder tomar una posición clara.

 

DE ROBINSON CRUSOE A KAFKA

A través del arte, el hombre -los grupos sociales, mediante artistas con una especial sensibilidad para concentrar los problemas colectivos- expresa los confictos que existen en la sociedad.

Podemos enfrentarnos a la evolución de la idea de Hombre en la sociedad burguesa con dos obras cumbres de la literatura universal, el “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe y “El Proceso” de Franz Kafka.

“Robinson Crusoe” se publica en Inglaterra en 1719, setenta años antes de la Revolución Francesa pero ochenta después de que ya se haya realizado en Reino Unido la revolución burguesa encabezada por los puritanos de Cromwell.

“Robinson Cruose” es la historia del náufrago que, en solitario, construye toda una sociedad en una isla desierta. Pero no una sociedad cualquiera, sino una sociedad burguesa, y colonial, donde Robinson acaba convertido en rey y los indígenas en sus súbditos.

Marx supo captar muy bien las intenciones morales, y políticas, del Robinson de Defoe y de todos los robinsones que aparecieron por Europa tratando de reproducir el modelo: 

«Las robinsonadas no expresan en ningún modo, como se lo figuran los historiadores de la civilización, una simple reacción contra un excesivo refinamiento y el retorno a una vida primitiva mal comprendida. (…) Éstas anticipan más bien la sociedad burguesa que se preparaba en el siglo XVI y que en el siglo XVIII marchaba a pasos agigantados hacia su madurez.

En esta sociedad de libre competencia, el individuo aparece como desprendido de los lazos de la naturaleza, que en épocas anteriores de la historia hacen de él una parte integrante de un conglomerado humano determinado, delimitado».

Pero la idea de hombre ya no es hoy la expresada en Robinson Crusoe, reaccionaria pero todavía envuelta en un halo de “romanticismo”. El hombre pequeño burgués y su libertad es hoy aplastada por el monopolio y los Estados imperialistas. 

El hombre bajo el capitalismo monopolista está expresado en las pesadillas de Kafka, en “El Proceso”, con Joseph K acusado por el Estado de un delito que desconoce, convertido en culpable hasta que no demuestre su inocencia, algo totalmente imposible. El hombre aplastado por poderes inmisericordes, convertido, como en “La metamorfosis” en un repugnante insecto.

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