Firma invitada

Cosas que se me ocurren

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31-01-2009
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     Los periodistas profesionales que en el juego de comunicación diaria, lógicamente, buscan la confrontación, han puesto estos días sobre el tapete informativo lo que se ha dado en llamar “la polémica de Dios en los autobuses” (de la cual, por cierto, ya se ha aprovechado con cínica estrategia de marketing un revista de gran difusión).

    No soy nada aficionado a ese tipo de trivialidades, sobre todo cuando me parecen inútiles, pero en este caso voy a entrar al trapo y divagar un poco a propósito del suceso.

     Empiezo por reconocer que, personalmente, en ése tema, tengo una opinión muy clara, que ha encontrado jubilosas confirmaciones y respuestas en los libros de Richard Dawkins. Me siento muy cercano a “creer” en sus teorías del “gen egoísta”, en el sentido de que, en definitiva, todos los seres vivientes no somos más que artefactos a la orden de ése gen ancestral que sólo tiene como obsesivo propósito el de perpetuarse; afirmación que después ha matizado con su concepto de los “memes”, paquetes de información asimilada que se transmiten por generaciones en vehículos parecidos a los que utilizan los genes.

    No me resisto a citar un clarividente pensamiento del profesor Ricard Solé (Universidad Pompeu Fabra) en el sentido de que “Un ser vivo es cualquier entidad capaz de extraer energía del medio ambiente, emplearla para almacenar y procesar información, y evolucionar.”
Nada más, y nada menos, que eso.

    Es inútil e incluso cobarde organizar una vida y un sistema moral en la esperanza de la inmortalidad. Y cuando menos, preocupante que se pueda presentar a la infancia la fe en sí misma como una virtud; y que insistir en una fe indiscutida, que nos inmuniza contra el miedo por la promesa del Paraíso, puede ser muy peligroso. Y la historia guerrera de la humanidad lo confirma.
 
    Pero, tras esta confesión, me gustaría desviar el tema hacia un campo que, personalmente, me parece mucho más interesante. Y para ello me voy a permitir transcribir un párrafo de mi admirado Juan Luis Arsuaga en “Amalur”:
 
     “En los conflictos entre animales, se sigue la regla de la sangre, o de los genes, y los parientes se unen entre sí cuanto más próximos están. Nuestra especie es, en esto, claramente un caso especial, porque en las grandes confrontaciones ideológicas, los que no se conocen se unen entre sí, incluso para matar a los hermanos carnales. Somos una especie que elabora símbolos, que forma grupos que basan su identidad en símbolos compartidos, más que en los genes compartidos, y que se vincula emocionalmente a esos símbolos.
Así nos ha hecho la evolución; y el resultado es que somos demasiado fáciles de manipular: quien mueve los símbolos, también maneja nuestras emociones.”
 
    Esta aseveración del último párrafo sí que me parece digna de ser presentada como una creencia indiscutible: la de que nuestras emociones son demasiado fáciles de manipular. Que los símbolos son una de las más decisivas armas en la lucha planetaria por el control de los medios de producción. Y que la obsesión por poseerlos y divulgarlos es una de las más cruentas y cruciales batallas en la historia de la humanidad.

   Aunque, en este sentido, confirmando lo que apunta J.A. Marina, en cuanto a que nuestro comportamiento se nos determina a partir de un status de pertenencia a una realidad geográfica, étnica, social etc., pienso que es injusto y erróneo adjudicar a un ser humano la exclusiva responsabilidad de sus éxitos o fracasos en la vida. Somos lo que somos porque estamos donde estamos, no sé si me explico.

   Esto no quita para que considere que una de nuestras mayores obligaciones como seres humanos es la ser conscientes de que nuestro trabajo, sea el que sea, tiene una repercusión, directa o indirecta, positiva o negativa, sobre el conjunto de nuestra Sociedad.
 
    Creo que los seres humanos tenemos una tendencia natural a transmitir conocimientos (en la que se apoyarían los “memes” de Dawkins), aunque, desgraciadamente, yo no consigo acceder a ese impagable placer de enseñar que pueden experimentar otros de mis admirados referentes como el profesor Savater ; no obstante, en los eventuales talleres que imparto (sobre todo a intérpretes de cine, teatro y TV), siempre suelo aludir a la dimensión moral de nuestro trabajo reflexionando sobre una circunstancia que yo suelo presentar casi como un cuento:


   No deja de maravillarme el que en el desarrollo de los humanos como especie, hayamos diseñado esa fascinante construcción que es la diversificación del trabajo: no es necesario que uno lo sepa todo, yo hago una parte de tu trabajo y tú haces una parte del mío, (en dicha especie no incluyo a los manipuladores financieros).

   Y dentro de éste sistema, resulta significativo que en el reparto de tareas, las agrícolas, las industriales, las educacionales etc., el hombre haya dejado un espacio para mantener a los que nos entretienen, nos marcan pautas de comportamiento, nos cuentan cuentos, que cada uno aplicamos a nuestra propia vida como nos parece. Cuanto más, si pensamos que muchos de estos “entretenedores”, llámense escritores, cineastas, músicos o deportistas suelen se los mejor pagados en la Sociedad actual.

    Y no me da miedo afirmar que, con seguridad, el pintor de los frescos de Altamira era mantenido por sus vecinos, (quizá con los más sabrosos bocados de la caza diaria) con el encargo, eso sí, de que les proporcionase aquellos maravillosos y casi mágicos dibujos que aún hoy admiramos.

   Probablemente, aquellos primeros homosapiens, también se devanaban los sesos tratando de imaginar como sería ese Dios, y sobre todo por qué carajo hacía las cosas así.
Claro que por aquél entonces nadie les había hablado del gen egoísta.
 
 
 
 
 
                                                        Miguel Hermoso
 
 
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