La guerra interna desangra al PP (2)

El hombre que pudo reinar

Como decí­a recientemente un buen conocedor de la derecha económica y polí­tica española, Aznar hizo al PP y Aznar lo deshizo.

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30-01-2009
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Si ayer tratamos la ausencia de un claro "patronazgo" internacional y nacional de la que ha adolecido el PP los últimos 5 años, ésta no es, sin embargo, la única orfandad a la que se enfrenta. La salida de Aznar, sumada a la inesperada derrota electoral de 2004, dejó a la derecha española sin liderazgo y con una más que notable ausencia de lí­nea definida. Una doble orfandad que, a lo largo de este perí­odo, no ha hecho sino agudizar las divisiones y conflictos internos hasta desembocar en la situación actual.
 Tras las elecciones del 14-M, la situación habí­a cambiado, y el hombre idóneo para liderar al partido en el gobierno se convirtió en uno de los principales obstáculos para recuperarlo
Tras las elecciones del 14-M, la situación habí­a cambiado, y el hombre idóneo para liderar al partido en el gobierno se convirtió en uno de los principales obstáculos para recuperarlo
Si ayer tratamos la ausencia de un claro "patronazgo" internacional y nacional de la que ha adolecido el PP los últimos 5 años, ésta no es, sin embargo, la única orfandad a la que se enfrenta. La salida de Aznar, sumada a la inesperada derrota electoral de 2004, dejó a la derecha española sin liderazgo y con una más que notable ausencia de lí­nea definida. Una doble orfandad que, a lo largo de este perí­odo, no ha hecho sino agudizar las divisiones y conflictos internos hasta desembocar en la situación actual.
Como decía recientemente un buen conocedor de la derecha económica y política española, Aznar hizo al PP y Aznar lo deshizo.
 
Hasta su llegada, la derecha española se consumía entre rutinaria (Fraga) y alocadamente (Hernández Mancha) en la incapacidad de ofrecer una alternativa al PSOE de Felipe González. Las particularidades que acompañaron su retirada, condenarán al PP a una nuevo período de esterilidad y fractura interna.
 
La bandera de sacar a España “del rincón de la historia” y de  jugar en la primera división de los países que “deciden”, fue el argumento principal de Aznar para justificar la foto de las Azores y el apoyo a Bush en la guerra de Irak. Con ello no hacía sino expresar la posición de un sector de la oligarquía que aspiraba, en aquella situación de crisis del orden mundial, a hacerse un hueco entre las grandes potencias,  mejorando cualitativamente su colocación en la cadena imperialista.
 
Buscando establecer unas “relaciones privilegiadas” con la superpotencia, base desde la cual confiaban dar un salto en su colocación mundial, Aznar lanzó al PP a una apuesta tan ambiciosa como arriesgada. Y que tuvo un mal final.
 
El alineamiento con los sectores más duros del hegemonismo no sólo tuvo un rechazo popular tan amplio que ni siquiera sus bases consintieron en seguirlo. El liderazgo asumido por Aznar en un asunto en el que los intereses de España y EEUU, por distintas razones, eran coincidentes, el debilitamiento de la supremacía del eje franco-alemán en la UE, provocaría la violenta reacción de París y Berlín.
 
La combinación de ambos factores, unido a la nefasta gestión de los atentados del 11-M, provocarían una traumática salida del poder para la que el PP no estaba preparado. El heredero, Rajoy, designado por sus cualidades conciliadoras para contentar a las distintas familias haciendo una distribución equilibrada de las cuotas de poder, se encontró de pronto sin poder alguno que repartir.
 
La situación había cambiado, y el hombre idóneo para liderar al partido en el gobierno se convirtió en uno de los principales obstáculos para recuperarlo. Su falta de carisma, autoridad personal y liderazgo permitieron que la dirección del partido cayera en manos de una extraña mezcla de arribistas como Zaplana, personajes políticamente irrelevantes como Acebes o de los elementos más vinculados a los sectores ultramontanos de la Conferencia Episcopal. El cóctel perfecto para dar una nueva victoria electoral a Zapatero, pese a sus numerosos errores y continuados tropiezos de la primera legislatura.
 
Sin rumbo claro, sin línea definida y sin liderazgo consistente, el PP se vio, de un lado, sometido a una presión desbocada del PSOE, que a través de su alianza con las fuerzas nacionalistas buscó en ese período sentar las bases de un auténtico cambio del modelo político vigente desde la Transición, en el que el PP quedara aislado y reducido a una fuerza marginal, prácticamente antisistema.
 
Del otro, el mismo PP entró al trapo de todas y cada una de las batallas que el gobierno le proponía y en las que tenía todas las de perder (matrimonio gay, educación para la ciudadanía,...). Y en aquellas en que pudo salir triunfante (negociación con ETA, reforma autonómica,...), no tuvo la suficiente cintura política como para modular su discurso al advertir la rectificación in extremis del gobierno provocada por el desistimiento de su base electoral, que no estuvo dispuesto a seguirle hasta el final en aquellas aventuras.
 
Es en estas condiciones en que se ha ido fraguando la división intestina y las peleas a navajazos que ahora han salido con toda su crudeza a la luz pública. División y peleas cuya auténtica naturaleza trataremos de desentrañar mañana.
 
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