Observatorio

EpC, sí­... pero no ésta

El Tribunal Supremo ha rechazado que se pueda objetar Educación para la Ciudadaní­a. ¿Esto es todo?

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29-01-2009
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Planteada como una confrontación global entre la Iglesia y el Estado por el control de la "educación moral" o "educación en valores", la batalla ideológica, polí­tica y jurí­dica en torno a la asignatura Educación para la Ciudadaní­a ha dejado en la sombra hasta ahora lo que es verdaderamente relevante. ¿Qué ideas y qué valores aspira a inculcar o transmitir esta asignatura? ¿Son ideas y valores realmente progresistas, como se afirma, que van a permitir a los alumnos conocer y comprender el mundo en el que viven y cambiarlo de acuerdo a sus intereses? Planteada como una confrontación global entre la Iglesia y el Estado por el control de la "educación moral" o "educación en valores", la batalla ideológica, polí­tica y jurí­dica en torno a la asignatura Educación para la Ciudadaní­a ha dejado en la sombra hasta ahora lo que es verdaderamente relevante. ¿Qué ideas y qué valores aspira a inculcar o transmitir esta asignatura? ¿Son ideas y valores realmente progresistas, como se afirma, que van a permitir a los alumnos conocer y comprender el mundo en el que viven y cambiarlo de acuerdo a sus intereses?
        Lo primero que salta a la vista en el planteamiento básico de la asignatura (objetivos y contenido) es que está impregnada hasta la médula de las concepciones básicas de la socialdemocracia europea. Parte, en consecuencia, del individuo, verdadero núcleo de la ideología burguesa. Ese individuo “moderno” tiene definida su identidad primero y prioritariamente por su rol sexual y, por tanto, la clave es que “identifique” libremente su sexualidad y opte por ella, única forma de que llegue a ser “sí mismo”.
Subyace aquí desde el principio, pues, una confusión completa entre la defensa de la libertad de opción sexual (justa) y la (engañosa) idea de que la opción sexual es, per se, un rasgo básico de liberación y emancipación: una visión hipertrófica de la sexualidad, que permea todos los contenidos de la asignatura, diluyendo, difuminando y ocultando otros factores mucho más determinantes.
         La asignatura parte en todo momento de la ficción ideológica de que todos somos libres e iguales, sin más diferencias en principio que las de género, color y cultura. Por ello entiende que todos los conflictos son por esas causas: sexismo, homofonía, racismo, xenofobia... Desde este punto de vista sólo hay diferencias del tipo: hombres y mujeres, homosexuales y heterosexuales, blancos y negros, violentos y no violentos,... Ser banquero o ser obrero no es una diferencia sustancial. Ser Botín o ser un albañil en paro parece que no es algo que determine sustancialmente la vida. A pesar de que todas las evidencias dicen lo contrario, y la experiencia misma de cada uno lo confirma, esa “diferencia” no es esencial. Las clases sociales no existen ni por tanto determinan la vida y el comportamiento de la gente. El capitalismo no existe, aunque se admita que hay “desigualdades sociales”, “ricos y pobres”. No hay un orden económico y social injusto, basado en la explotación de unos por otros, de la mayoría por la minoría: sólo hay “injusticias” dentro de un orden que hay que salvaguardar y proteger.
        Como todo no puede ocultarse, y la realidad entera no cabe debajo de una alfombra, la asignatura (en la más bella tradición socialdemócrata) llama a “rechazar” las situaciones de injusticia y las discriminaciones por razón de sexo (una vez más lo prioritario), origen (¿étnico? ¿racial? ¿de clase?), diferencias sociales o de cualquier clase. Sería interesante saber cómo se “rechazan” las discriminaciones por “razones sociales”: ¿presentando quejas al defensor del pueblo? ¿subiendo 20 euros el salario mínimo? Todo el contenido de la asignatura está planificado para diluir, enmascarar y negar las clases, los conflictos de clase y la lucha de clases. Es curioso, además, que en una sociedad de capitalismo avanzado no se hable en ningún momento de la producción, sino sólo del consumo. Se plantea incluso “educar al consumidor”, para que sea un comprador competente. En una sociedad como la española, en que un puñado de personas tiene la propiedad de casi todo y cerca de veinte millones no llegan a ganar ni mil euros al mes, la asignatura de Educación para la Ciudadanía considera que “eso” no es importante ni decisivo para la vida de la gente, mientras se lleva a todos la “buena nueva” de que lo prioritario es que cada uno defina su “opción sexual”.
            Pero esto no es todo. La asignatura se suma además con entusiasmo a la estrategia de práctica “disolución” de España. Como corresponde al pacto implícito entre el PSOE y los nacionalistas, a España ni se la menciona. Si es muy preciso, se habla de ese burdo engendro administrativo llamado “el Estado español”, pero para incluirlo rápidamente en el seno de la Unión Europea. El centro del programa educativo ignora las múltiples dimensiones de la realidad española para reducirlas a dos: las autonomías y la pertenencia a Europa. La dimensión “hispana” de España no aparece, no existe. El “Estado español” y sus habitantes sólo tienen relación con Europa. Hispanoamérica queda fuera del programa.
Así como queda también fuera del programa el “mestizaje”, como alternativa social y cultural a la “diversidad”. La asignatura apuesta por la multiculturalidad que, en nombre del “respeto a la diversidad”, asegurará la pervivencia sine die de los “parques temáticos” nacionalistas y la progresiva “guetización” de las minorías inmigrantes (musulmanes, hispanos...), como ha ocurrido en toda Europa. En la tradición de la socialdemocracia europea, se proyecta educar en “tolerar”, “comprender” y “respetar” a los otros, pero no en unirse, en mezclarse, en fundirse con ellos. El mestizaje es otro tabú sacrificado en el altar de la “diferencia”.
           Sepultado por el aparatoso y mediático conflicto entre la Iglesia y el Estado, el problema crucial de los contenidos de la asignatura de Educación para la Ciudadanía ha estado hasta ahora difuminado y oculto. Ahora que la sentencia del Supremo ha validado la asignatura y desechado el boicot eclesial (respaldado, de una u otra forma por el PP) es el momento de que la batalla se desplaza a otro frente: a la lucha por cambiar unos contenidos que, tal y como están planteados, distorsionan la comprensión de la realidad, no ayudan a cambiarla ni a formar verdaderos espíritus críticos, sino ciudadanos dóciles a los que seguir explotando.  
 
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