Tras la quiebra del paí­s, dimite el gobierno de Islandia

Cuando las barbas del vecino veas pelar...

Por dí­as, el agujero se convirtió en sima y "el mejor lugar del mundo para vivir" se revelaba como un corralito ártico.

5
1 votos
27-01-2009
Publicidad
Hace ahora exactamente un año, en enero de 2008, un informe de la ONU identificaba a Islandia como el mejor lugar del mundo para vivir, con un PIB per cápita que era el sexto mayor del mundo. Ayer, el gobierno islandés presentaba en bloque su dimisión, arrastrado por la situación de bancarrota que vive el paí­s y las movilizaciones populares más importantes que se han conocido desde antes de la IIª Guerra Mundial. ¿Qué ha ocurrido en estos doce meses para pasar súbitamente del cielo de la prosperidad al infierno de la quiebra? ¿Qué conclusiones pueden extraerse para los demás?
 (Efe) Manifestantes se enfrentan a la policí­a durante una protesta en el centro de Reijkiavik, Islandia, el pasado 21 de enero. Varios de ellos resultaron heridos por el uso de gas lacrimógeno por los antidisturbios, la primera vez que se utilizaba en el paí­s desde 1949.
(Efe) Manifestantes se enfrentan a la policí­a durante una protesta en el centro de Reijkiavik, Islandia, el pasado 21 de enero. Varios de ellos resultaron heridos por el uso de gas lacrimógeno por los antidisturbios, la primera vez que se utilizaba en el paí­s desde 1949.
Hace ahora exactamente un año, en enero de 2008, un informe de la ONU identificaba a Islandia como el mejor lugar del mundo para vivir, con un PIB per cápita que era el sexto mayor del mundo. Ayer, el gobierno islandés presentaba en bloque su dimisión, arrastrado por la situación de bancarrota que vive el paí­s y las movilizaciones populares más importantes que se han conocido desde antes de la IIª Guerra Mundial. ¿Qué ha ocurrido en estos doce meses para pasar súbitamente del cielo de la prosperidad al infierno de la quiebra? ¿Qué conclusiones pueden extraerse para los demás?
Jubilados que han visto cómo, de la noche a la mañana, desaparecían sus ahorros de toda la vida. Padres de familia situados en la disyuntiva de pagar la hipoteca o dar de comer a sus hijos. Jóvenes matrimonios de universitarios con buenos empleos obligados a devolver pisos y todoterrenos recién comprados. De una tasa de paro inexistente a un 6% de la población desempleada. Ayer recibían inmigrantes de los países bálticos vecinos. Hoy sus jóvenes más preparados se ven obligados a emigrar en busca de trabajo y de futuro.

En un tiempo récord, el gobierno se vio obligado a nacionalizar los tres principales bancos del país que disponían de unos activos 8 veces superiores a todo el PIB de la isla. La Bolsa islandesa ha perdido más de un 70% de su valor. La inflación se ha disparado al 20%. Su moneda, la corona islandesa, caía por los suelos, mientras el Banco Central se quedaba sin reservas de divisas, teniendo que mendigar un plan de rescate de 2.500 millones de dólares. Primero a sus primos nórdicos. Después a Rusia, el nuevo rico del vecindario. Finalmente, como si se tratara de un desahuciado país africano, al FMI.

En el centro de la bancarrota como nación, un sistema bancario que se dedicó durante años a atraer capital extranjero –principalmente británico, holandés y danés–, endeudándose y endeudando al país hasta un total de 120.000 millones de euros. Lo que, de acuerdo a la población (Islandia tiene poco más de 300.000 habitantes) sería el equivalente a que en España hubieran entrado 5,5 billones de euros.
Pero el reclamo de unos atractivos intereses del 15% –cuando el Banco Central Europeo los tenía al 2,5%– atraía a los capitales que les permitieron expandirse en Europa, comprando grandes empresas alimenticias de Alemania, aerolíneas danesas, un 6% del gigante norteamericano American Airlines, la cadena de distribución británica Woolworths,... E incluso, emulando a los magnates rusos del petróleo o a los jeques árabes, comprar el histórico club de fútbol inglés West Ham United.

Paralelamente, los mismos bancos que atraían al capital extranjero instaban a sus ciudadanos a hipotecarse o invertir sus fondos de pensiones en moneda extranjera, donde, afirmaban, obtenían préstamos más baratos y rendimientos más elevados, con la total seguridad de que la solidez de la economía islandesa descartaba completamente cualquier riesgo de devaluación.

Al arreciar la crisis de las subprime con la caída de Lehman Brothers, los inversores extranjeros comenzaron a reclamar su dinero y retirar sus depósitos de los bancos islandeses. Sólo que en éstos no había ni una ínfima parte de la depositado, nada que devolver. Por días, el agujero se convirtió en sima y “el mejor lugar del mundo para vivir” se revelaba como un corralito ártico.

El gobierno británico llegó a amenazar con aplicar la ley antiterrorista a los bancos islandeses si no reintegraban el dinero a los ciudadanos de su graciosa majestad. La corona cayó un 75% y los hipotecados vieron subir en esta proporción el precio de sus viviendas, puesto que mientras ellos cobraban el sueldo en coronas, pagaban la hipoteca en moneda extranjera. Exactamente lo mismo –pero a la inversa– que los pensionistas, cuyas inversiones, hechas en coronas, valían ahora la cuarta parte que una semana atrás. Y pasaron a recibir, por tanto, un 25% de su pensión.

Más que en sí misma, la quiebra de Islandia adquiere su verdadera dimensión como terrible primicia, como anticipo de lo que puede ocurrir a otros países a los que la desaforada voracidad de sus oligarquía bancarias les ha llevado a una situación de endeudamiento nacional insostenible.

Y no hay que mirar demasiado lejos para encontrar ejemplos. Hoy, a cualquiera le resultaría increíble, absolutamente inconcebible que grandes países como España –recordemos: el país más endeudado per cápita del mundo, y el segundo en términos absolutos, sólo por detrás de EEUU– puedan llegar a la situación límite en que vive hoy Islandia. Pero también al pueblo islandés, hace sólo unos meses, le hubiera resultado imposible imaginar ni en sus peores sueños una pesadilla así.

Y ya se sabe que cuando veas las barbas de tu vecino pelar....
¿Qué te ha parecido el artículo?
Publicidad