Luí­s Ratia es Psicólogo y Psicoanalista

Dos menos para ser muchos más

No hay en el teatro de los últimos años una interpretación que lleve tan profundamente a sentirnos parte del texto.

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25-01-2009
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   Podría decirse que la obra que estos dos inefables iconos de las tablas representan en el Fernán Gómez de Madrid es una demostración más de que el azar y la magia obran “milagros” al combinar los avatares de la realidad de un modo que el espectador quede atrapado al instante. No es la primera vez, pero hace mucho que no había asistido a un trabajo tan increíblemente profesional como el que actores, escenógrafos e iluministas desarrollan sobre la base de un guión, muy prometedor en su arranque, pero que se desploma hasta casi lo incomprensible en el tercio final.

   Dos hombres que comparten hospital y destino, morir en unos días, deciden escapar del suero y las batas blancas para llenarse de vida hasta el momento del inmediato final. Y en su recorrido se topan azarosamente con personajes íntimos y familiares que arrastran sus miserias como pueden, incluso buscando la muerte, pero sin tópicos ni melodramas.

   Embarazada abandonada, chica de alterne o suicida frustrado… ¿a quién puede importarles su vidas? Pues a dos viejos, ingenuos pero aún lúcidos, que viven una especie de plus de vida, y sirven de hilo conductor a un relato comidramático que explota bien las virtudes escénicas de los impagables Alterio y Sacristán. Ellos solos llenan sobradamente los enormes espacios vacíos del escenario, ya con soliloquios, ya con tiernos intercambios de discursos e incluso con sus expresivos silencios.

   A pesar de su disloque final, el guion sabe capturar la atención en un tempo adecuado para la trama, y mantiene elegantemente la tensión necesaria para disfrutar de las sorpresas que depara el fluir de los acontecimientos que se narran. Es fácil vivir el relato desde dentro de los personajes, sentirse uno más en el tinglado argumental y desear ser compañero de los hombres en pijama, sin grandes discursos, lejos de la astracanada y cerca de un cierto filosofar de cafetería que permite descubrir intimidades y recovecos del alma alejándose en todo momento de pedanterías o frases fáciles propias de guionistas de best Sellers.

   Con exquisita y rigurosa sobriedad, los cuadros de la obra, parcos en mobiliario y actores, fluyen desde el principio con suavidad, e invitan a identificarse con los personajes y las situaciones ayudados por unas pinceladas cómicas sencillas pero efectivas.
Un par de frías camas, una simple mesa o una pequeña muestra de barandilla sirven para llenar por sí solos y durante ratos largos un inmenso escenario por el que fluyen los actores sin excesivos movimientos. Y entremezclado con todo ello, un finísimo recital de luces, sutiles o ensordecedoras, que multiplican el poder de atracción de lo que ocurre e el escenario.

   Permítanme una sugerencia postrera: No vayan a verla, vayan a vivirla
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