SELECCIÓN DE PRENSA NACIONAL

Telefónica debe seguir siendo una empresa española

El Mundo

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17-06-2013
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EL MUNDO revela hoy que el Gobierno de Rajoy ha frustrado el intento del gigante estadounidense AT&T de hacerse con el control de Telefónica. Aunque no faltará quien piense que los poderes públicos no deben interferir en las reglas del libre mercado, el Ejecutivo ha cumplido con su obligación al impedir una operación que habría tenido unas consecuencias desastrosas para la economía española.

 
Y ello porque Telefónica es la mayor empresa de este país en términos de volumen de negocio, empleo, inversión y generación de valor añadido. Desde el final de la Guerra Civil hasta su privatización por el Gobierno de Aznar, la compañía fue un monopolio estatal con cientos de miles de accionistas privados. AT&T también controló el negocio de la telefonía en EEUU hasta mediados de los años 80, cuando un juez obligó a dividir a la empresa en las siete baby bells.
 
Desde entonces, AT&T se centró en servicios de larga distancia e intentó con muy poco éxito expandirse en los mercados internacionales, especialmente en Europa. Tras su fallida asociación con Philips para vender centrales telefónicas digitales y su fuerte inversión para fabricar circuitos integrados en España, que fue un total fiasco, AT&T vuelve a intentar ahora aprobar su eterna asignatura pendiente: su expansión internacional. La adquisición de Telefónica le hubiera dado acceso no sólo a los mercados latinoamericanos sino además una fuerte posición en Alemania y Gran Bretaña. Una operación estratégica muy rentable, ya que, por añadidura, el grupo español cotiza en Bolsa muy por debajo de su valor real.
 
Telefónica empezó a invertir en Argentina, Chile, Perú, Venezuela y otros países latinoamericanos en los años 90. Más tarde, logró acceder al mercado de Brasil, donde tiene 80 millones de clientes y genera la mayor parte de sus beneficios. Esta presencia en el continente vecino era una tentación invencible para el gigante estadounidense, que nunca ha podido acceder a esos importantes mercados por razones políticas. La entrada de AT&T en Telefónica habría supuesto el desmantelamiento de una estructura empresarial y tecnológica que resulta vital para España, ya que que sigue siendo la empresa que llega con sus servicios hasta las más remotas aldeas del país, además de explotar satélites de telecomunicaciones y cables de fibra óptica que unen los dos lados del Atlántico.
Además, la legislación americana exige la aprobación del Congreso si una empresa extranjera quiere hacerse con más del 20% de una compañía de telecomunicaciones norteamericana. En aras de la reciprocidad, no tendría sentido que España abriera la puerta y permitiera el paso sin preguntar a una operadora de Estados Unidos.
 

Nadie duda de que una operación de este calado va más allá de las razones empresariales. El control de Telefónica por AT&T habría supuesto un cambio sustancial en el statu quo de las comunicaciones en América Latina, pues no es lo mismo que allí predomine una empresa española que una norteamericana y, por supuesto, también en Europa. Por razones geopolíticas, el Gobierno ha hecho bien frenando esa opa.

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