SELECCIÓN DE PRENSA NACIONAL

El indeciso liderazgo alemán

Público

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25-05-2013
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Tras las presidenciales francesas de 2012, el International Herald Tribune condensó en una viñeta el estado de ánimo en la Unión Europea. En la puerta de una escuela, “frau Merkel” recibe a François Hollande, recién investido con la banda presidencial, que se presenta con una sonrisa: “Soy el nuevo… alumno. Lo sé”, le interrumpe la maestra con gesto altivo. En el fondo del aula, la bandera europea y, escrito en la pizarra, “austerity”.

La caracterización de la canciller y, por extensión, de Alemania, como estricta gobernanta (de madrastra, han dicho otros) domina hoy en Europa. Una maestra tradicional que da lecciones sin admitirlas y disfruta de un rango por encima de los demás que no puede ser cuestionado.

La crisis ha descubierto una suerte de liderazgo alemán sobre Europa, entronizado sin estridencias en los últimos tiempos, con una mezcla de autoritarismo, indefinición política y poco interés en asumir las responsabilidades y la autoridad moral para dirigir un proyecto.

Alemania ha sido clave para decidir la política económica de toda la Unión, incluso al precio de derribar gobiernos, como ocurrió con Grecia e Italia en 2011 o de invertir sus decisiones, como con España en mayo de 2010; sus posiciones, imprescindibles para los rescates de Irlanda, Grecia, Portugal, España o Chipre.

Un liderazgo sobrevenido, por incomparecencia de Francia, que ha dejado de dar lecciones, consciente de sus propias debilidades respecto de Alemania; por el fiasco aún no digerido del no en el referéndum de 2005 o, quizá, por su declive histórico.

No se trata de que el eje franco-alemán cojee por la mala química personal de Hollande con Angela Merkel. Poco importa el aspecto personal. Lo de Sarkozy tampoco fue un amor a primera vista. A la canciller se le erizaba el pelo cuando el desenvuelto presidente francés le ponía la mano en el brazo o la espalda.

Con Hollande existe un evidente diferendo político coyuntural sobre las recetas de la austeridad y el rigor presupuestario, impuestos por el Pacto de Estabilidad y sus leyes anejas, a las que el gobierno socialista francés es renuente, pero a las que no se puede sustraer so pena de perder legitimidad para hablar con el resto de socios que sí las aplican con mayor convicción.

Pero sobre todo ha aflorado un fenómeno más profundo de cambio de equilibrios internos en la Unión Europea, que comienza en la unificación alemana (1990), sigue con las reformas de Gerhard Schroeder de 2003 y alcanza su máxima expresión con la ampliación a 27 de 2007. La primera economía europea pesa el 25% en la UE. Su población, 82 millones (incluidos los 16 de la desaparecida RDA) aventaja en 18 millones a Francia (64).

Desde el Tratado de Maastricht, todas las reformas europeas se han hecho sobreentendiendo la primacía alemana. Nada se puede hacer sin Alemania (que hasta geográficamente se encuentra en medio del mapa) y, mucho menos, contra ella. El juego colectivo se resiente y el proyecto europeo pierde el norte.

Gran parte de los problemas de la Unión Europea de los últimos años podrían explicarse por las averías del motor franco-alemán, en su doble faceta de desavenencias internas de la pareja o en la de su insuficiencia para mover una alianza de 27 países.

Aunque duela, Francia ha comprendido las nuevas realidades. Los coqueteos de Hollande con Rajoy y Letta se asemejan más a maniobras para marcar territorios que para formar imposibles coaliciones de perdedores. Su estrategia tenderá cada vez más a persuadir que a reprochar nada a la canciller, en la seguridad de que, a partir de septiembre, tendremos a otra Merkel.

La superioridad económica alemana carece de un correlato político. Parece como si los dirigentes germanos prefirieran mantenerse en la inercia del, hoy, poco creíble segundo plano, cuando el primer papel no lo interpreta nadie.

Servidumbres del liderazgo

¿Cuál sería la calidad de un buen liderazgo?

Sin duda, debería haber una sutil combinación de jefatura moral para evitar la sensación de imposición y sometimiento en los otros; un dosificado equilibrio entre objetivos a corto y medio plazo. Y, sobre todo, huir de la idea de que todo lo gobierna la ley del embudo.

Alemania ha fallado en las tres.

En vez de pensamiento económico, los europeos disfrutan de una doctrina de tufo thatcheriano, no solo por su contenido económico, sino por lo ramplón de sus recetas. Antaño, el Estado era el problema y el mercado, la solución. Hogaño, todo se reduce a unas cuentas poco virtuosas y la solución, naturalmente, el feliz equilibrio al 3% tras las reformas de competitividad que, como la línea de horizonte, se aleja conforme nos acercamos. ¿Por qué no al 2% o al 4%? ¿O al cero?

La rigidez de las fórmulas está emparentada no con las soluciones de ajuste moduladas a la realidad de cada país, sino con el credo de monjita del, si duele, será saludable. O con la moralina del pastor protestante: los sacrificios de hoy serán las mieles de mañana (del paraíso, se entiende).

Corre en su ayuda un pensamiento económico dominante con trazas de dogma, destilado desde las instituciones internacionales, la Universidad y los gobiernos, que contribuye a dar crédito al discurso único, cuando lo que sufrimos en realidad es la doctrinilla del cura rural del “fuera de mí, el diluvio”.

En lo más profundo de la crisis, ¿dónde está el interés económico de las reformas “de competitividad”, en realidad, procíclicas? ¿Es un imperativo económico o una verdad revelada?

No vayan a creer que la ortodoxia es inamovible. Hasta la rígida Alemania ha tenido que rectificar unas cuantas veces durante la crisis, porque la realidad es más tozuda que todas las teorías juntas.

Si Merkel rechazó los términos del primer rescate griego por excesivamente oneroso, acabó aceptando más tarde otro el doble de caro. La virtud preservada del BCE para no recurrir a la plancha de imprimir billetes se invierte de un día para otro en diciembre de 2011, cuando inunda literalmente el mercado con medio billón de euros. En el rescate chipriota, aprueba un día una cosa para enmendarla a la siguiente. Y, quizá la más importante de los últimos tiempos, la prórroga de dos años para el cumplimiento del déficit. Una buena noticia para España y Francia, pero reveladora igualmente de la arbitrariedad de la primera opción en forma de una inmensa rueda de molino a plazo fijo.

Alemania se pone a sí misma como ejemplo reformista, pero sus transformaciones casualmente coincidieron con la expansión de sus socios europeos cabalgando sobre el euro y de las economías emergentes de todo el mundo, que contribuyeron a su exitoso experimento.

A la inversa, el crecimiento en un solo país tiene el inconveniente de que, tarde o temprano, como las fichas del dominó, también entrará en crisis por el contexto desfavorable. ¿Habrá que esperar a que Alemania ponga la rodilla en tierra para terminar con el austericidio?

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