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El Paí­s

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21-05-2013
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http://elpais.com/elpais/2013/05/20/opinion/1369078534_547806.html http://elpais.com/elpais/2013/05/20/opinion/1369078534_547806.html

La resistencia alemana a un cambio de la política económica en la eurozona aflora periódicamente con declaraciones de firmeza en los recortes presupuestarios y críticas explícitas a los países que, como Francia, rechazan la tesis de una receta única para salir de la recesión. Berlín niega cambios sustanciales de estrategia económica tras las elecciones de septiembre; apenas acepta suavizaciones en las condiciones de austeridad o ritmos más pausados para ejecutar los ajustes exigidos. Y, como prueba de que esa política ortodoxa está por encima de cualquier otra consideración, Alemania parece dispuesta a sacrificar el eje París-Berlín, pieza fundamental de la cohesión europea, como puede deducirse de los ataques del presidente del Bundesbank, Jens Weidmann, a la permisividad monetaria del BCE y a la prórroga concedida a Francia para estabilizar su déficit.

Weidmann es uno de los ideólogos más conspicuos de las políticas de ajuste y reformas que se han impuesto a los países con problemas críticos de endeudamiento a través del peso alemán en los resortes políticos de la Unión. Las posiciones fundamentalistas del Bundesbank (la institución ya es conocida como Bunkerbank) y de la canciller Merkel frente a las peticiones de flexibilidad que lidera François Hollande, han deteriorado el eje Francia-Alemania hasta extremos de difícil recuperación.

Alemania quiere una eurozona donde no existan transferencias de rentas desde los países ricos (empezando por la propia Alemania) hasta los países del sur; este es el núcleo de la resistencia de Merkel y su Gobierno, apoyados por una sociedad que desconfía del compromiso de estabilidad de los países mediterráneos. Ahora se sabe, además, que la resistencia del Gobierno alemán y su banco central no es táctica de contención hasta después de las elecciones, sino una convicción permanente hasta que se acabe la recesión europea, independientemente de las consecuencias sobre los ciudadanos europeos.

Pero las políticas inflexibles generan problemas que se revuelven contra sus promotores. La restricción presupuestaria del Sur limita el comercio exterior alemán y, por tanto, castiga indirectamente a los alemanes: los Gobiernos mediterráneos empiezan a estar hartos de los flujos financieros que fluyen desde sus países hacia los bancos alemanes y privilegian su financiación; y resulta difícil de creer que las políticas de “ajuste y reformas” sean mejores que las más laxas. Los hechos desmienten tal aseveración. Estados Unidos está en mejores condiciones que la prácticamente estancada economía del euro y la decisión abrumadoramente expansionista de la política monetaria japonesa surte efecto; en el primer trimestre el crecimiento registrado es del 0,9%, equivalente al 3,5% en tasa anual.

¿Pueden defender seriamente Berlín y el Bundesbank que el ajuste a ultranza es mejor? Difícilmente, aunque solo sea por los dañinos costes sociales de la austeridad a ultranza.

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