SELECCIÓN DE PRENSA NACIONAL

¡Europa, Europa!

Público

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09-04-2013
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Cuando los griegos imaginaron la mitología de la bella doncella Europa raptada por el toro Zeus no sabían hasta qué punto estaban siendo profetas dos mil quinientos años por anticipado. Profetas de la profecía de la historia de todo un continente que alberga, cada vez más malamente, a 400 millones de personas,  secuestrado por el toro furioso del capitalismo.

Me fascina leer y oír y ver cada día a decenas y decenas de economistas, políticos, escritores, filósofos, abogados, diputados, gobernantes, hablando de Europa como de una entidad abstracta y única que a veces se porta mal y a la que hay que regañar para que entre en razón, pero a la que queremos todos como si de nuestra hija preferida se tratara. Páginas y páginas de los más ilustres diarios y semanarios españoles de economía y finanzas explican cómo las instituciones europeas deben funcionar mejor, cómo los gobernantes europeos deben ponerse de acuerdo en las medidas financieras a tomar, cómo la Comisión Europea, el Comité y el Parlamento Europeo deben controlar mejor a los bancos para que todos seamos más felices y vivamos en mayor armonía. Incluso los diputados de la Izquierda europea se encuentran a gusto en los bancos del Parlamento, asegurando que aumentando el control de esta institución sobre las instituciones que nos gobiernan alcanzaremos la excelencia en el hacer diario.

Ni una voz disidente en el concierto de los invitados a opinar, que por supuesto no somos todos,  en los grandes medios de comunicación  respecto a la excelencia del montaje de esta Europa Unida, que con tanta perspicacia y acierto organizaron los dirigentes de las grandes naciones europeas al terminar la II Guerra Mundial. Unión que crearon para que las disputas que habían enfrentado durante un siglo a los capitalistas europeos  no llevaran a bombardear nuevamente París y Berlín, y pudieran entenderse entre ellos para competir con el capital estadounidense.  En todo caso si los gobernantes españoles —o portugueses o griegos o irlandeses o italianos, etc.— tienen dificultades para entenderse con el Banco Central, y peor aún con el Banco alemán, es por la cerrazón calvinista de la Presidenta de la República Federal.

Antes, antes de que la ideología dominante capitalista-liberal se hiciera con el control de medios y de opinadores y nos inundara como un tsunami las mentes de los desgraciados ciudadanos europeos, se habían oído algunas quejas sobre que este proyecto no era más que la unión de los capitales contra los trabajadores. La Europa de los Capitales —también de los bancos, de los financieros—  había sido un término bastante empleado hace varias décadas. Después se hundió en el desprestigio, precisamente cuando los capitales nos arruinaron a los trabajadores.

En el día de hoy hay que aceptar sumisamente que todos los que habitamos en este continente tenemos los mismos intereses y beneficios de pertenecer a una Unión de naciones, las más ricas, avanzadas, cultas, solidarias y desarrolladas del mundo. Así, los basureros de Bulgaria y de España, las amas de casa de Bélgica y de Portugal, los metalúrgicos y los zapateros, y los albañiles y las costureras y las limpiadoras de Francia y de Italia, y de Rumanía y de Holanda, tienen los mismos intereses, necesidades y problemas que los ejecutivos de las grandes bancas, los directivos de la Fiat y de la Volksgwagen, los armadores griegos y los propietarios de la Renault y la Citroën, porque al fin y al cabo todos son europeos. Y como tales desean que los dirigentes de esta Unión se pongan de acuerdo en cómo salir de la crisis y aumentar la productividad y el PIB de los países que la forman, para mayor beneficio… del capital europeo.

Si ya son 18 millones los desempleados del continente, el paro se ha duplicado en los últimos cinco años —en España se ha multiplicado—, si los salarios han descendido hasta niveles de la posguerra, si a través de todas las campañas se ha perseguido y desprestigiado a los sindicatos y a las asociaciones ciudadanas, si la pobreza se enseñorea de los sectores trabajadores, si se han perdido derechos laborales, y ahora hasta los sagrados derechos de propiedad, únicamente se debe a la testarudez de la famosa señora Merkel, a la inoperancia del señor Barroso, a los desacuerdos entre los miembros del Consejo o de la Comisión o del Banco Central.

Porque como ya no existe la lucha de clases, no se trata de que el capital la ha ganado con armas y bagajes en estos treinta años de guerra contra los trabajadores, sino de que los europeos, así simplemente europeos, —y la habitación en un territorio al parecer nos iguala más que nuestro lugar en la producción— no sabemos ponernos de acuerdo en asuntos tan importantes como quién decidirá la prima de riesgo, qué intereses se cobrarán por la deuda nacional y qué beneficios deben de obtener los bancos.

Con ese mantra de más Europa, Europa, que me recuerda la espléndida película ¡América, América!, meta mítica de los pobres emigrantes del mundo, están engañando a los confiados e ignorantes súbditos de todos los países cuyas clases dirigentes nos han metido en ese montaje, a mayor beneficio del capital.

Cuando en Bulgaria se están quemando vivos los trabajadores en paro, cuando en España se suicidan los desahuciados y están huyendo los jóvenes sin trabajo ni futuro, cuando en Grecia miles de personas rebuscan la basura para comer, los expertos que analizan la situación no acusan a sus gobernantes de no ser más que el consejo ejecutivo del capital europeo y actuar exclusivamente en beneficio del mismo, como definía Marx. Para los politólogos se trata únicamente de que Hollande y Merkel no se han puesto de acuerdo en invertir más que en ahorrar.

Mientras los capitales de Francia y de Alemania y de cualquier otro país de la Europa Unida se ponen de acuerdo para explotar hasta la extenuación al proletariado, los trabajadores se enfrentan entre sí o se desentienden de la tragedia de sus hermanos en otros sectores de la producción. ¿Quién recuerda la consigna “proletarios del mundo, uníos”?

Retrocediendo a la filosofía idealista y liberal que la burguesía acuñó en la Revolución Francesa, ahora los que explican los males del mundo le echan la culpa a la falta de buenas virtudes de sus dirigentes. Recuerdo la expresión satisfecha de Joaquín Almunia respondiendo a una periodista que la culpa de la crisis “la tenía la codicia”. Recuerdo la expresión de desprecio con que la Directora General de la Mujer de Madrid, del PSOE,  leyó mi análisis del Tratado de Maastricht, que publiqué en la revista Poder y Libertad,  en el que exponía estas y más consideraciones y me dijo, “Entonces, ¿qué quieres que seamos como las marroquíes, con el pañuelito en la cabeza?”

De haber descubierto la acumulación constante del capital hemos vuelto a acusarnos de cometer los pecados capitales. De conocer la lucha de clases —“toda la historia del mundo se reduce a la lucha de sus clases”— estamos requiriendo la armonía y el buen entendimiento entre los que viven en el mismo territorio. De denunciar los intereses de la patronal y la explotación del proletariado exigimos hoy el consenso entre “los actores sociales”. De saber que el capitalista extrae  la plusvalía al empleado con el robo de su fuerza de trabajo, hemos pasado a creer que “el esfuerzo hemos de repartirlo entre todos”.

Y así estamos. El capital engordando hasta reventar y el proletariado sufriendo la explotación del siglo XIX. Y lo peor es que la mayoría de las víctimas se creen eso de que la Europa Unida es una buena idea.

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