El consejero de interior de Esperanza Aguirre espió a altos cargos del PP

"Los espí­as de Esperanza" o la guerra de dossieres llega al PP

A este distanciamiento de los apoyos de clase nacionales e internacionales en que tradicionalmente se ha asentado la derecha, se une la debilidad del liderazgo de Rajoy

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22-01-2009
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La lucha por el control del PP ha alcanzado tal virulencia que ya han aparecido dossieres comprometedores empuñados como armas polí­ticas. Desde la consejerí­a de interior madrileña se organizó una trama de espionaje para vigilar y extorsionar a altos cargos del PP opuestos a Esperanza Aguirre. Y la pugna entre "aguirristas" y "gallardonistas" se ha trasladado a Caja Madrid, desestabilizando gravemente a la cuarta entidad financiera española. ¿Qué pasa en la derecha española? ¿Estamos sólo ante una pugna de poder entre diferentes familias polí­ticas?
 Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid (EFE)
Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid (EFE)
La lucha por el control del PP ha alcanzado tal virulencia que ya han aparecido dossieres comprometedores empuñados como armas polí­ticas. Desde la consejerí­a de interior madrileña se organizó una trama de espionaje para vigilar y extorsionar a altos cargos del PP opuestos a Esperanza Aguirre. Y la pugna entre "aguirristas" y "gallardonistas" se ha trasladado a Caja Madrid, desestabilizando gravemente a la cuarta entidad financiera española. ¿Qué pasa en la derecha española? ¿Estamos sólo ante una pugna de poder entre diferentes familias polí­ticas?
En junio de 2007, Francisco Granados, secretario general del PP madrileño, consejero de presidencia de la comunidad de Madrid, y mano derecha de Esperanza Aguirre, asume las competencias de interior. No era una decisión casual. Utilizando sus nuevas atribuciones, Granados organiza una unidad policial secreta y paralegal, que no está sometida a ningún control político o judicial, encargada de vigilar y elaborar dossieres comprometedores de rivales políticos.
Pero, contrariamente a lo que parecería lógico pensar, las principales víctimas de “los espías de Esperanza” no pertenecen al PSOE, sino al PP.
La unidad policial secreta, que sólo rendía cuentas ante Granado, espió a Manuel Cobo –vicealcande de Madrid, mano derecha de Gallardón y miembro de la Ejecutiva Nacional del PP-, a Alfredo Prada –ex consejero madrileño de justicia e interior, destituido por Esperanza Aguirre tras apoyar a Rajoy, que lo fichó como responsable de exteriores del PP-, y a Ignacio González –vicepresidente de la comunidad de Madrid, enfrentado a Esperanza Aguirre-.
El objetivo del seguimiento no era sólo controlar a estos altos cargos, sino vincularlos con actividades delictivas –tramas de corrupción con constructores-, que formaran parte de un comprometedor dossier que pudiera esgrimirse como arma política.
Al mismo tiempo, la lucha entre partidarios de Esperanza Aguirre y de Gallardón ha sumido en el caos a Caja Madrid, cuarta entidad financiera española, con un volumen de negocio de 257.068 millones de euros.
¿Qué ocurre en la derecha española? ¿La simple batalla por el poder entre Esperanza Aguirre, Gallardón y Rajoy puede explicar el grado de virulencia de los ataques?
La realidad es que la derecha española ha visto como las sólidas bases sobre las que pensaba asentarse durante décadas se han volatilizado abruptamente. Y desde hace cinco años se muestra incapaz de adaptarse a la nueva situación.
Aznar unió el destino del PP al éxito de la línea Bush. El estrepitoso fracaso del ya ex presidente norteamericano, y la nueva línea que Obama se dispone a imponer desde Washington no son el mejor escenario internacional para el PP.
Bajo los gobiernos de Aznar, el PP utilizó los nombramientos públicos de grandes empresas y bancos (colocando a Francisco González al frente del BBVA, a Pizarro en Endesa, además de a Blesa en Caja Madrid) para crear un sólido sector en la oligarquía estrechamente vinculado al PP.
Pero los dueños destrozaron los sueños de los inquilinos. Emilio Botín, cada vez más asentado como primer patrón oligárquico, ha elegido a Zapatero, despreciando públicamente a Rajoy.
A este distanciamiento de los apoyos de clase nacionales e internacionales en que tradicionalmente se ha asentado la derecha, se une la debilidad del liderazgo de Rajoy, preparado para recibir tranquilamente la presidencia de Aznar y que ha debido enfrentarse a una travesía en el desierto en la oposición. Y las sucesivas derrotas electorales, expresión del rechazo que genera el PP en muchos sectores.
Este escenario nacional e internacional descolocó al PP, y la derecha todavía no ha encontrado ni la línea ni los cuadros adecuados.
Los sectores más vinculados a lo que Aznar y Bush representaron –incapaces de cambiar y nucleados en torno a Esperanza Aguirre y la comunidad de Madrid- mantienen importantes resortes de poder. Y los sectores que podrían encabezar la adecuación del PP a las nuevas circunstancias –que Rajoy y Gallardón quieren representar- no tienen ni la autoridad ni la línea definida para hacerlo.
Esta es la base del permanente vacío de poder, y de la creciente agudización de la lucha interna, que sacude al PP. Y de la que los casos de espionaje o la pugna por Caja Madrid son los síntomas más evidentes.
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