El Observatorio

La cultura, ese invento del gobierno

El tí­tulo de ese célebre artí­culo de Sánchez Ferlosio, publicado en 1984, ilumina todaví­a la enfermedad más nociva que aqueja a la cultura española

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22-01-2009
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"La cultura, ese invento del gobierno", escrito en fecha tan temprana como 1984, fue el primer aldabonazo de alerta serio sobre las dos "derivas" muy peligrosas que estaba tomando la cultura española en el llamado "perí­odo de la transición", y aún más tras el "ilusionante" triunfo del PSOE en el 82: por un lado, la instauración del concepto de cultura como "fiesta" y, por otro, la cesión de la "iniciativa cultural" al nuevo "Estado democrático" y la creciente vinculación -y dependencia- de los artistas, no sólo de los recursos económicos del Estado, sino de sus estrategias de poder. "La cultura, ese invento del gobierno", escrito en fecha tan temprana como 1984, fue el primer aldabonazo de alerta serio sobre las dos "derivas" muy peligrosas que estaba tomando la cultura española en el llamado "perí­odo de la transición", y aún más tras el "ilusionante" triunfo del PSOE en el 82: por un lado, la instauración del concepto de cultura como "fiesta" y, por otro, la cesión de la "iniciativa cultural" al nuevo "Estado democrático" y la creciente vinculación -y dependencia- de los artistas, no sólo de los recursos económicos del Estado, sino de sus estrategias de poder.
Han pasado 25 años desde aquel artículo premonitorio, y no cabe duda de que el diagnóstico de la situación es hoy aún más desalentador y preocupante que entonces: aquellos dos "síntomas" de entonces se han agravado considerablemente y el cáncer se ha extendido, ha proliferado y amenaza ya muy seriamente a todos los órganos del cuerpo cultural español.
Respecto al primer "síntoma" las cosas han cambiado muy poco y no desde luego a mejor. El concepto de "cultura como fiesta" -que se impone tras el triunfo socialista del 82- fue sustituido en los noventa por el concepto de "cultura como espectáculo" y en la primera década del nuevo siglo por el de cultura como "industria del entretenimiento", es decir, como medio de distracción y solaz, como forma de "rellenar" el ocio para unos o de "desconectar de la realidad y sus problemas" para otros, es decir, casi como una forma de "terapia".
Quizá un concepto no haya anulado ni sustituido completamente al otro, quizá se han ido sumando y acumulando, quizá son meras mutaciones de un mismo virus: pero lo cierto es que, entre los tres, la cultura ha devenido un hecho social y políticamente "desactivado", incapaz de ejercer un influjo decisivo sobre los sectores más activos de la población, ni siquiera de ofrecernos una visión penetrante, lúcida y sin contemplaciones de la realidad y del mundo en que vivimos.
El duro "caparazón" formado por esta trilogía constituye una muralla inexpugnable a la hora de intentar acceder a nuestra propia realidad y, a la vez, un eficaz mecanismo de protección del "poder", que garantiza así su propia inmunidad (y su intolerable impunidad). Mientras tanto, unos y otros, "creadores" y "gestores", viven instalados, con asombrosa falta de escrúpulos, en el escenario grotescamente corrupto y banal que se han construido debajo de esa carpa protectora.
Y si decimos que este "síntoma" ha evolucionado a peor, el otro ya indica metástasis pura. La proliferación de administraciones (estatal, autonómicas, locales), la proliferación de medios y recursos controlados por esas administraciones (enormes presupuestos, control de las cajas de ahorros, dominio de las televisiones), y la creciente voluntad de "boato" de todas ellas con el "adorno" de la cultura, han producido en estos últimos 25 años una invasión y una usurpación prácticamente generales. Su dominio casi absoluto de las infraestructuras culturales -museos, teatros, etc.-y el control casi omnímodo del dinero -subvenciones, permios,etc.- las han transformado en el verdadero "mecenas" cultural de nuestro tiempo.. Un mecenazgo que lleva aparejado, por supuesto, un sistema de preferencias (y de destierros) y un "pacto de no agresión", que en realidad es una invitación a la sumisión: "no escupas sobre la mano que te da de comer".

Lo peor de esta avasallante presencia cultural del poder ha sido, no obstante, la calurosa acogida  que ha tenido por parte de una vasta mayoría de lo que ya se denomina, con aboluto desparpajo, "el mundo de la cultura", un mundo en el que siempre ha anidado la idea de que "el Estado" debe ser el gran protector de las artes y de que la cultura debe vivir -¡y vivir muy bien!- de las subvenciones del Estado, como si fuera un "servicio público" más: el artista como funcionario del Estado, ése es el ideal.
Dejamos para otro momento ejemplificar detalladamente lo que llevamos dicho. Pero no podemos acabar hoy sin dejar flotando esta pregunta: ¿puede una cultura subordinada al poder, y sometida a las estrategias del poder, cumplir mínimamente el papel crítico que le corresponde?
 
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