Cortina Rasgada: "Argo", de Ben Affleck

¿Volver a Teheran?

Aunque a lo largo de la pelí­cula se hayan mencionado las atrocidades norteamericanas, acabamos identificándonos con los agentes de la CIA que, arriesgando su vida, liberan a los rehenes.

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21-02-2013
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"Argo" es un excelente ejemplo de las virtudes y limitaciones del cine polí­tico "progresista" realizado desde Hollywood
 ¿Volver a Teheran?
"Argo" es un excelente ejemplo de las virtudes y limitaciones del cine polí­tico "progresista" realizado desde Hollywood

De Boston a Teheran

Después de dos solventes películas ambientadas en su Boston natal –“Adios pequeña, adiós” y “The Town”, Ben Affleck, reconvertido de actor de éxito a prometedor director, amplía drásticamente horizontes y registro.

Y se adentra en la arriesgada maniobra de filmar uno de los episodios de la “crisis de los rehenes”, desarrollada en los primeros meses tras la revolución islámica iraní.

Una apuesta de riesgo la de escoger Irán como escenario, en un momento donde Teheran se ha convertido en “enemigo público” número uno para Washington. Provocando una sangrienta guerra civil en Siria cuyo objetivo real es estrechar el cerco sobre el díscolo Irán.

Y también representa una decisión nada cómoda la de situar la historia en los turbulentos inicios de los 80.

En ese momento, la superpotencia norteamericana sufrió en pocos meses una bofetada tras otra. Al levantamiento de los ayatolahs, que suponía perder uno de los principales peones y gendarmes norteamericanos en Oriente Medio, le sucedió la revolución sandinista, instaurando un régimen “demasiado incómodo” para Washington en pleno “patio trasero”. Y culminó con la invasión soviética de Afganistán, prueba evidente de que Moscú desafiaba ya abiertamente el reparto del mundo vigente hasta entonces."Affleck se atreve a recordarnos la implicación de Washingon en los más turbios episodios de la historia reciente iraní"

En un momento donde EEUU –tras la derrota de la línea Bush y el estallido de la crisis- agudiza su declive, este periodo histórico es una interesante referencia.

¿Sale airoso Ben Affleck del reto que supone “Argo”? Solo a medias.

Estamos ante una buena película. Superior, por ejemplo, al “Lincoln” de Spielverg, previsible acaparadora de estatuillas. Aunque haya sido sorprendentemente apartada de la carrera de los Oscars, “Argo” ha cosechado merecidamente un importante reconocimiento de crítica y público.

La historia real de la rocambolesca liberación de seis de los rehenes –sacados de Irán bajo la “tapadera” de convertirlos en miembros del equipo de rodaje de una inexistente película de ciencia ficción- sirve a Ben Affleck para elaborar un conseguido cocktel entre el trhiller, el cine político y la comedia grotesca.

Especialmente conseguidos son los pasajes ambientados en Hollywood. La venta y distribución de la mentira –publicitando una película que nunca va a rodarse- en la mayor industria de la mentira del mundo.

Construida a partir de la excelente pareja que forman John Goodman –que da vida al maquillador John Chambers, ganador de un Oscar y colaborador de la CIA-, y muy especialmente Alan Arkin, magnífico en el papel del cáustico productor.

Muy bien construida, “Argo” sabe desplegar el suspense, atrapando tu atención hasta el final. Y descarga sus casi dos horas de duración con una hábil combinación de tragedia y comedia, de situaciones de riesgo y cómicas recreaciones.

Demasiado “suave”

¿Dónde están pues las limitaciones de una película que, de conjunto, podemos calificar con una buena nota?

“Argo” comienza con una introducción, en la que se mezcla el cómic y el documental, que prometía mucho más.

De forma sintética pero veraz, se sitúa el marco político de la acción. Se recuerda el golpe militar organizado por la CIA para derrocar al gobierno de Mosaddeq, que se había atrevido a nacionalizar el petróleo. Instaurando una sangrienta dictadura en la figura del Sha, sostenida desde Washington.

Se enmarca la revolución islámica como respuesta a la tiranía y la ocupación norteamericana. Y la ocupación de la embajada como reacción a la extradición del Sha a tierras norteamericanas, para poner a salvo a su “muñeco diabólico”.

Pero la película se olvida de la línea que apuntaba este prometedor comienzo, aunque vuelven a aparecer a lo largo del metraje un par de referencias a la implicación norteamericana en la dictadura del Sha.

Para centrarse en la epopeya de la liberación de los rehenes. Encumbrando como protagonista indiscutible a Tony Mendez, el agente de la CIA especialista en rescates.

Que acaba convirtiéndose en el “típico héroe del cine americano”, un individuo honrado que, para cumplir con su deber, desafía las normas y la autoridad.

Al final, la exitosa liberación de los rehenes acaba ofreciéndonos una imagen demasiado dulce de EEUU y la CIA.

Aunque a lo largo de la película se hayan mencionado las atrocidades norteamericanas, acabamos identificándonos con los agentes de la CIA que, arriesgando su vida, liberan a los rehenes."Pero al final, la exitosa liberación de los rehenes acaba ofreciéndonos una imagen demasiado dulce de EEUU y la CIA"

Y a pesar de que se ha enmarcado la revolución islámica como una reacción a los desmanes norteamericanos, las constantes imágenes de rehenes detenidos, ejecuciones públicas… acaban convirtiendo a los iraníes en “los malos de la película”.

La película que todavía no se ha hecho

Queda todavía por hacer una película sobre la crisis de los rehenes. Pero no precisamente mirando hacia las operaciones de éxito, como hace Affleck, sino a los sonados fracasos.

En abril de 1.980, Washington decide iniciar una “operación de rescate” para liberar a los 66 diplomáticos y civiles norteamericanos retenidos en la embajada estadounidense en Teheran.

Era una compleja operación que involucraría los cuatro cuerpos de las fuerzas militares: ejército, fuerza aérea, marina e infantería de marina.

Y que estaba diseñada y dirigida por la CIA.

Terminó en un estrepitoso fracaso cuyas auténticas razones están todavía por dilucidar.

En ese momento, Jimmy Carter ocupaba la Casa Blanca. Su línea de contención de la URSS había resultado un fiasco, permitiendo a Moscú recuperar terreno hasta colocarse a la par con EEUU. La invasión soviética de Afganistán era un desafío abierto a la hegemonía norteamericana. Y la burguesía estadounidense decidió imponer un recambio, eligiendo a Ronald Reagan, representante del ala más dura, como alternativa.

El sonado fracaso de la operación de liberación de los rehenes significó la puntilla para Jimmy Carter, que acabó siendo arrasado en las presidenciales por Reagan.

Todavía está por dilucidar la implicación de la CIA como “instigadora “ necesaria de este fiasco.

Había que encumbrar a Reagan a la presidencia a cualquier precio… Aun a costa de “diseñar” una operación condenada al fracaso.

Que Affleck hubiera fijado su vista en este episodio quizá era pedir demasiado.

“Argo” se inspira en el cine político de los años setenta, representado por Alan J. Pakula o Sidney Pollack.

Pero carece de la radicalidad y contundencia de los grandes clásicos del cine político, como “Siete días de mayo”, de John Frankenheimer, o “Tempestad sobre Washington”, de Otto Preminger, que en los años sesenta se atrevieron a sacar a la luz los sótanos más sombrío del poder.

O de la virulencia de la más reciente “JFK”, que nos ofrece una visión de la CIA muy lejos del complaciente regusto que deja “Argo”.

Son las virtudes y las limitaciones del cine político “progresista” en el Hollywod del siglo XXI.

 

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