Selección de prensa nacional

Arranca una nueva era

De entrada, unanimidad casi absoluta, expectativas desatadas y coincidencia casi total con que la llegada de Obama marca el inicio de una nueva era

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21-01-2009
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Dedicamos la sección completa de hoy a las reacciones que la prensa de ámbito nacional ha dedicado a la investidura de Obama. Mañana será el dí­a de comentarlas, completándolas con las opiniones de la prensa autonómica, digital y los diarios económicos. De entrada, unanimidad casi absoluta, expectativas desatadas y coincidencia casi total con que la llegada de Obama marca el inicio de una nueva era.
 Arranca una nueva era
Dedicamos la sección completa de hoy a las reacciones que la prensa de ámbito nacional ha dedicado a la investidura de Obama. Mañana será el dí­a de comentarlas, completándolas con las opiniones de la prensa autonómica, digital y los diarios económicos. De entrada, unanimidad casi absoluta, expectativas desatadas y coincidencia casi total con que la llegada de Obama marca el inicio de una nueva era.
ARRANCA UNA ERA
Las desmesuradas expectativas suscitadas por Barack Obama en Estados Unidos y buena parte del mundo convirtieron ayer el relevo presidencial, oficiado en el imponente escenario washingtoniano, en un cambio de era. Rara vez, si alguna, un político ha suscitado tantas esperanzas antes de empezar a ejercer. Esta suerte de mesianismo planetario, que los medios de comunicación han amplificado a medida que se acercaba el día de la coronación, hace tanto más probable la decepción cuando el primer inquilino negro de la Casa Blanca comience a lidiar con los formidables retos interiores y exteriores que le esperan. A la postre, el liderazgo de Estados Unidos es quizá el trabajo más exigente del mundo, y Obama afronta simultáneamente no sólo la más severa recesión en casi un siglo, sino una novísima guerra en Oriente Próximo, otras dos en marcha, en diferentes estadios, en Irak y Afganistán, más un enjambre de conflictos armados o diplomáticos, que varían desde lo leve a muy grave, en los cuatro confines del mundo. En casi ninguno de esos escenarios es concebible una solución real sin la implicación a fondo norteamericana.
Los dos millones de personas congregadas en Washington para asistir emocionadas al arranque de la nueva era, más los cientos de millones más que contemplaron por televisión el histórico relevo, esperan de Obama algo sustancialmente diferente del legado de su predecesor. Bush ha dejado a su país y al mundo una amarga herencia. Obama ha insistido, a lo largo de la larguísima campaña y ayer mismo, en su idealista discurso convocando a la nación a tiempos difíciles y a la vez prometedores, en su disposición a recoger y transformar tan pesado guante. El ya nuevo presidente, quizá por su insólita extracción y experiencia personal, ha dado muestras en su carrera hacia la Casa Blanca de haber comprendido muchas cosas que pueden serle de enorme utilidad en el desempeño de su trabajo. La más importante quizá sea entender que el mundo no es un dibujo en blanco y negro, habitado por buenos y malos. También, que su país no es ya la hiperpotencia incontestada de hace 20 años; que es necesario escuchar a los demás, amigos y enemigos; o que es muy importante rodearse de colaboradores de mente abierta. A juzgar por sus declaraciones, parece que Obama, prudente y comprometido con un sentido ético de la política, está dispuesto a gobernar desde el estricto respeto a la Constitución, las leyes y los derechos ciudadanos, un conjunto de valores que la ejecutoria de Bush ha dejado malparados en sus ocho años de mandato.
La esperanza legítima inaugurada en Washington, sin embargo, no debiera ser incompatible con el realismo. Aunque los primeros y rituales cien días comenzarán a perfilar el cariz de la nueva presidencia imperial en éstos y otros ámbitos, los más utópicos deberían reflexionar sobre el hecho de que Barack Obama no sólo estará a partir de hoy a merced de imponderables y sometido al control y aprobación del Congreso. También sobre la realidad incontestable de que su misión consistirá por encima de todo en defender los intereses económicos y estratégicos de su país, no en una suerte de activismo internacionalista en nombre de las causas justas. En este sentido, el flamante presidente de EE UU, como ha sugerido en su solemne mensaje, tendrá que dedicar el grueso de su atención, durante mucho más tiempo del que hubiera deseado, a temas distintos de los grandes principios y alejados de la compleja arquitectura de las relaciones internacionales. Para Obama no va a haber otra prioridad en su estreno que combatir la gravísima situación económica de su país y la recesión global, un terreno en el que Washington está obligado a asumir el liderazgo.
EL PAÍS. 21-1-2009
 
EL DISCURSO DE UN PRESIDENTE
En el marco de una ceremonia solemne pero austera, Barack Obama tomó posesión ayer de su cargo como presidente número cuarenta y cuatro en la historia de los Estados Unidos. Más allá de las fórmulas oficiales, las imágenes para el recuerdo o los comentarios apresurados sobre este acontecimiento de alcance universal, lo más importante que sucedió ayer fue el discurso del nuevo presidente, en línea con la tradición del «Inauguration Day» que procede de George Washington en 1789. Porque el presidente de los Estados Unidos, como dijera F. D. Roosevelt, ejerce algo incluso más trascendente que la jefatura del poder ejecutivo o de las Fuerzas Armadas: en efecto, su función consiste en un «liderazgo moral» que, en el contexto político de nuestro tiempo, se extiende a todas las naciones democráticas del mundo. Barack Obama es un orador brillante, cuya reconocida capacidad dialéctica quedó más que demostrada a lo largo de la campaña electoral. Ayer el reto era todavía más difícil, porque -a la vista de las expectativas- la referencia eran los célebres discursos históricos de Abraham Lincoln, el citado Roosevelt, John F. Kennedy o Ronald Reagan. La comparación con Kennedy resulta especialmente oportuna, porque la ola de expectación que suscita el nuevo líder de la democracia americana es equiparable a la que despertó en su día el mandatario asesinado en Dallas. 
Barack Obama no defraudó a los muchos millones de personas que le escucharon en el mundo entero, aunque no es tarea sencilla alcanzar el nivel de los discursos destinados a pasar a la historia. Resulta muy significativa su insistencia en los valores fundacionales de los Estados Unidos -la libertad, el patriotismo y el derecho de todos a la búsqueda de la felicidad- como fundamento de la continuidad de una nación orgullosa de sí misma, que no está dispuesta a pedir perdón por su forma de vida. La gravedad de la crisis y la exigencia de trabajo duro para superarla trasladan un mensaje de realismo ante los problemas que se sitúa en la mejor tradición de los mensajes presidenciales. Así pues, Obama asumió sin rodeos la herencia de los Padres Fundadores, es decir, la idea del destino de los Estados Unidos como país de la libertad, evitando de este modo desde su raíz cualquier lectura de su elección presidencial en un sentido falsamente progresista, que significaría una alteración de los valores. La defensa del mercado, sin perjuicio de vigilar sus distorsiones, y la prioridad del individuo y la familia sobre el Gobierno son señales orientadas en la misma dirección. En definitiva, con algunos matices, buena parte del discurso podría haberlo pronunciado un presidente republicano, fiel reflejo de ese acuerdo sustancial que constituye un elemento esencial en la fortaleza de aquella democracia.
Obama coincidió con Kennedy en el anuncio de una nueva era, de perfiles todavía poco definidos, que la nación más poderosa del mundo tendrá que afrontar situando la esperanza por encima del miedo. La idea de que América es «una nación todavía joven» tiene también resonancias de aquel espíritu renovador de los años sesenta. Implacable en la necesidad de luchar contra el terrorismo y rotundo en el elogio a los soldados que defienden la libertad de todos, el nuevo presidente puso énfasis en el «poder blando» como fórmula para el liderazgo universal, a partir de los principios y valores compartidos. Sin dejar pistas suficientes sobre su gestión en asuntos concretos, el discurso refleja la imagen de un Obama realista y consciente de la complejidad del mundo en el que le corresponde jugar un papel determinante. Tal vez muchos de los asistentes hubieran preferido algún guiño más concreto hacia sus preferencias ideológicas, y eso explica el entusiasmo limitado que demostró el público en algunos momentos. Fue, precisamente por ello, el discurso de un presidente -una condición cualitativamente distinta a la de candidato- que se mostró dispuesto a asumir el liderazgo moral que le corresponde.
ABC. 21-1-2009
 
OBAMA SE ACOGE A LA ESPERANZA
La invocación de la esperanza, la fuerza de la unidad, la iniciativa de los individuos y la intervención del Estado para superar la crisis económica enmarcaron ayer el discurso de inicio de mandato del presidente Barack Obama. Ante un mundo expectante, zarandeado por la quiebra financiera y la falta de liderazgo, el nuevo inquilino de la Casa Blanca cumplió con la práctica habitual en las tomas de posesión: formular ideas generales sin entrar en concreciones. Ni la multitud reunida en Washington esperaba escuchar más ni los estrategas de la Administración entrante quisieron ir más allá.
Aun así, un par de referencias a las razones de la crisis --"la irresponsabilidad de algunos"-- y a quienes la promovieron --"lo que los cínicos no entienden es que se les ha movido la tierra bajos los pies"-- aportaron tantas pistas sobre cómo afrontará Obama el problema como la sucinta enumeración de actuaciones que, en línea con lo esperado, configuran el llamado new new deal. Es decir, la recuperación del papel del Estado como agente inversor y regulador de la economía que debe poner coto al riesgo de que el mercado se escape de las manos. Una alternativa propia de un reformador social moderado que, además de perseguir el saneamiento de los balances, es consciente de que es preciso dotar al país de un sistema sanitario digno, contener la degradación del medioambiente y dejar a un lado los "intereses estrechos".
Para los partidarios de la acción desde el primer minuto, las poquísimas referencias explícitas a los grandes retos que le aguardan en política exterior --la paz en Afganistán, la concertación con los países musulmanes, la cooperación internacional-- debió de ser especialmente decepcionante. Pero ni el lugar ni el auditorio eran los adecuados para empeñar la palabra en la gestión de los grandes asuntos: de Gaza a Irán y de Irak a las relaciones con Rusia.
Más satisfechos debieron quedar los que esperaban un compromiso de Obama con la recuperación de las grandes tradiciones republicanas. Al rechazar como falsa la alternativa entre seguridad e ideales, entroncó con los padres fundadores, recordó sin mencionarla la ignominia de Guantánamo y reiteró implícitamente su oposición a los procedimientos más inconfesables en la lucha contra del terrorismo. Materias todas ellas que le granjearon el apoyo de la América liberal que en noviembre contribuyó decisivamente a su victoria
EL PERIÓDICO. 21-1-2009
 
 
UN DISCURSO IDEALISTA
Con una esperanza nunca vista y ante varios millones de personas, Barack Obama tomó posesión ayer como 44. º presidente de los Estados Unidos de América. Jamás una multitud había acudido tan en masa, como en peregrinación, a un acto político con un nivel de confianza tan alto en una sola persona. Fue un acto emotivo que supo aunar un ceremonial de corte cinematográfico para distraer durante varias horas al espectador que se sentó frente al televisor con repetidas pinceladas del recuperado idealismo norteamericano. Porque el discurso de Obama, una pieza política de gran nivel pero, seguramente, por debajo de las muy altas expectativas que había creado, dejó algunas pistas sobre la posición del nuevo presidente ante algunas cuestiones. En política interna la apelación a la nueva era de la responsabilidad, una expresión de tintes kennedyanos para enterrar años de avaricia desmedida de unos pocos que ha puesto en riesgo el futuro de tantos. Su aproximación a la crisis económica fue realista y sin atisbo de populismo. Incluso se intuyó que algunas de sus promesas electorales deberían esperar ante la gravedad de la situación. En política exterior dejó dicho que no renunciaba al liderazgo de Estados Unidos, aunque sentó unas bases diferentes de las que han primado durante estos últimos años. También habló de una nueva era de la paz, una expresión que debió de gustar en la Moncloa tanto como aquella otra en la que afirmó que a los gobernantes se los juzgará más por lo que puedan construir que por lo que puedan destruir. Veremos a partir de ahora cómo traduce la Administración Obama un depósito de confianza popular sin precedente en el inicio de un mandato presidencial. Porque, como él también dijo, las decisiones deben ser rápidas.
LA VANGUARDIA. 21-1-2009
 
 
OBAMA, O EL 'PRECIO' Y 'PROMESA' DE LA CIUDADANÍA
AUNQUE OBAMA siempre ha citado a Lincoln como el predecesor en la Casa Blanca que más inspira sus pasos, el tema central de su discurso de investidura -«la nueva era de la responsabilidad»- recordó inevitablemente a aquel «no preguntes lo que tu país puede hacer por ti, pregunta lo que tú puedes hacer por tu país» con el que John F. Kennedy inició su andadura como presidente en 1961. «Por mucho que el Gobierno pueda y deba hacer, esta nación depende en último término de la fe y la determinación del pueblo americano», afirmó Obama ante más de dos millones de personas que le escuchaban en la explanada del Capitolio de Washington.
Tras reconocer la gravedad de la crisis, el flamante líder de los EEUU recordó a sus conciudadanos que han de ser ellos los que tienen que «sacarse el polvo de encima» y «entregarse por completo» a la tarea de «rehacer América». La receta que desgranó para hacer frente a los «nuevos desafíos» es, recordó, tan vieja como la Historia de su país: «Trabajo duro y honradez, valentía y juego limpio, tolerancia y curiosidad, lealtad y patriotismo».
Al resto del mundo, que nunca había estado tan pendiente de un discurso inaugural, Obama le transmitió su deseo de contribuir a una «nueva era de paz». Desde que ganó las elecciones, el presidente ha hecho todo lo posible por mantener un impecable espíritu bipartidista, celebrando cordiales reuniones no sólo con su predecesor, sino también, gesto inaudito, con su rival en las urnas, John McCain, y también con destacados columnistas conservadores. Sin embargo, ayer Obama marcó elegantemente sus discrepancias con George W.Bush en política exterior.
«Rechazamos por falsa la elección entre nuestra seguridad y nuestros ideales», comenzó, para después destacar la sabiduría de las anteriores generaciones que eran conscientes de que «el poder no nos permite hacer lo que queramos», un argumento no por mil veces invocado menos sustancial. «Nuestra seguridad emana de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y las virtudes de la humildad y moderación». Asimismo, tomó la iniciativa, sin precedentes en un discurso semejante, de enviar un mensaje -tan directo como conciliador- al «mundo musulmán»: «Buscamos un nuevo camino adelante, basado en el interés mutuo y en el respeto mutuo».
Poniendo en evidencia a los «cínicos» y elogiando a los «que acometen riesgos y hacen cosas», Obama subió las escaleras del Capitolio con la intención de imprimir confianza a un pueblo que la tiene «minada» no sólo por la crisis, sino también por la falta de liderazgo. En la estela de otros grandes oradores -Franklin D. Roosevelt, Churchill o el propio Lincoln- Obama no prometió soluciones fáciles y encomendó a los gobernados que se hagan cargo de sus deberes «con gusto» y no «a regañadientes».Porque la ciudadanía es, según su filosofía, una «promesa» que tiene un «precio», toda una declaración de lo que para él significa el verdadero patriotismo.
El contrapunto a una jornada excepcional lo ofreció la Bolsa de Nueva York que cayó más de un 4%, un récord histórico para un día de investidura, que le recuerda a Obama que tiene una ingente tarea por delante.
Su primer gran discurso como presidente fue quizá menos emotivo que el que cerró la noche electoral o incluso que aquél que le lanzó a la fama en la convención demócrata de 2004, que nominó a John Kerry. Pero es que, más que cualquier adorno retórico, la mayor emoción fue ayer proporcionada por los hechos mudos. La imagen de «un hombre cuyo padre no habría sido atendido hace menos de 60 años en un restaurante» jurando el cargo más poderoso del planeta da todo su significado, como recordó el mismo, al «credo» norteamericano.
EL MUNDO. 21-1-2009
 
 
LA ERA DE LA RESPONSABILIDAD
En apenas 17 minutos, Barack Hussein Obama pronunció ayer su primer discurso como cuadragésimo cuarto presidente de Estados Unidos, una pieza vibrante y emocionada, intensa y cálida, que alcanzó su máxima brillantez cuando se dirigió al ciudadano de a pie para pedirle su apoyo frente a los graves desafíos que atenazan al país. Del mismo modo que hace 48 años J. F. Kennedy empezó su mandato con la invocación «No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país», Obama apeló a a cada norteamericano para que no espere que el Estado solucione lo que sólo puede resolver la acción decidida, responsable y unida de todos los ciudadanos. Si George W. Bush, hacia el que el nuevo presidente tuvo palabras de agradecimiento, pilotó la década de la seguridad, Obama inauguró ayer la era de la responsabilidad.
No fue un discurso político, ni institucional, ni siquiera programático. Fue, ante todo, una invocación moral, una llamada a lo más profundo y sagrado de la persona, una arenga cívica sobre la unidad, la esperanza y el espíritu de superación en la que no faltó la apelación a Dios, como por ejemplo: «Dios nos pide que nos movamos hacia adelante». El nuevo presidente norteamericano no recurrió a trucos ni a chisteras mágicas y, como Churchill ante el estallido de la II Guerra Mundial, no prometió nada que no se consiga con el esfuerzo, la honradez, la lealtad, la tolerancia, el patriotismo... Volvamos, pidió Obama, a los viejos valores, a los tradicionales y los de siempre, los que se fundan en la ética del trabajo duro, de la justicia y la solidaridad, los mismos valores morales que han hecho a Estados Unidos la nación que es. «Lo que se nos pide ahora es el reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, con nuestra nación y con el mundo», proclamó. La convicción íntima que Obama quiso transmitir a su país es que todo se puede lograr, desde los sueños más utópicos hasta la superación de las más duras adversidades, si cada cual asume sus responsabilidades y no se rinde ni busca atajos que rodeen las exigencias morales. Así lo aprendió de su padre, un hombre que hace 60 años no podía entrar en muchos restaurantes por el color de su piel. De puertas afuera, Obama apeló al diálogo y la tolerancia para resolver los contenciosos internacionales («Nuestro poder por sí solo no nos puede proteger, ni nos da derecho a hacer lo que nos plazca»), pero quiso dejar bien clara su postura desde el primer momento: «No vamos a pedir perdón por nuestra forma de vida». Dicho de otro modo, si los radicales islámicos albergaron alguna vez la idea de que el sucesor de Bush iba a cambiar de política, esta frase les habrá desengañado: «Somos más fuertes y os derrotaremos». Al referirse a los musulmanes, ofreció respeto mutuo y una nueva forma de entendimiento; sin embargo, advirtió que los líderes islámicos serán juzgados por lo que construyan y castigados por lo que destruyan, y «nos enfrentaremos a ustedes», aseguró en la parte más tensa del discurso.
Será difícil que los norteamericanos y también el resto de las naciones olviden la jornada festiva y eufórica de ayer, que simbolizó la ansiada catarsis de una nación en grave crisis y de un mundo en la encrucijada. Que su principal protagonista haya depositado su esperanza no en el poder sino en los principios morales que se enraízan en la fe en Dios es alentador. La comunidad internacional vive tiempos difíciles y ahora sólo falta que Obama sea el líder que se necesita y cumpla las expectativas que ha generado.
 
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