Exposición Edward Hopper

El otro lado de Nueva York

Hopper quiso reflejar "el caos de la fealdad americana", la cara opuesta de un sueño que se transformó en pesadilla

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12-10-2012
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Los cuadros de Hopper nos devuelven la realidad con un giro inquietante, misterioso y fascinante. Para hablarnos de "la América que nunca fue la América que pudo haber sido".
 El otro lado de Nueva York
Los cuadros de Hopper nos devuelven la realidad con un giro inquietante, misterioso y fascinante. Para hablarnos de "la América que nunca fue la América que pudo haber sido".

Cuanto más real, más misterioso

Edward Hopper es hoy uno de los más populares iconos de la pintura contemporánea. Sus exposiciones, como la que podemos disfrutar ene l Thyssen, son acontecimientos globales.

Pero este es sólo el desenlace de una historia con tortuosos inicios. A los treinta años, Hopper logró vender su primer cuadro. Tuvo que esperar 12 años hasta que alguien volviera a pagar por su obra. Mientras tanto, sobrevivía como ilustrador.

Era el precio de mantener, contra viento y marea, un realismo pictórico al mergen de modas y presiones de galeristas o directores de museos.

Conoció las vanguardias, se impregnó su espíritu mucho más de lo que aparentemente nos dirá su evolución posterior. Pero decidió tomar posición por el realismo, por un acercamiento sin atajos a lo real.

Y, como ocurre con los grandes pintores, cuanto más reales son sus cuadros, más misteriosos e “irreales” se vuelven.

Hopper desdeñaba el realismo plano, aquel que convierte los cuadros en cromos sin vida: “Nunca he tratado de plasmar el paisaje americano como lo hicieron los pintores del Medio Oeste. Creo que los pintores del paisaje americano caricaturizaron América”.

Hopper sabe lo que quiere. Y por eso desdeña lo que no considera esencial. Prescinde de las cosas banales, huye del virtuosismo superficial, elimina concienzudamente todos los detalles que convertirían el cuadro en una mera ilustración dulce y complaciente.

Nuestro autor dirigirá siempre su mirada hacia las cosas más comunes –ventana, chimenea, escalera, surtidor de gasolina…- y las escenas más cotidianas. 

Pero, bajo la poderosa mirada de Hopper, esos objetivos y escenas son siempre algo más, abren una puerta que nos permite ir más allá.

Tal y como nos desveló el propio Hopper, “el gran arte es la expresión externa de la vida interior del artista, y esa vida interior se plasmará en su visión personal del mundo. Ningún tipo de habilidad inventiva puede reemplazar el elemento esencial de la imaginación”.

Hopper es capaz de ofrecernos, a través, por ejemplo, de la descripción de una cafetería en la madrugada, toda una visión del mundo que nos atrapa y fascina.

Para ello construye un espacio real y misterioso al mismo tiempo. A través del juego de luces frías, cortantes y conscientemente artificiales. O depurando la geometría del especio o la estilización de la figura humana.

La América que nunca fue

¿Pero qué nos quiere contar Hopper a través de sus cuadros? ¿Dónde está la sustancia de su obra?

Él mismo nos anunció que su intención fue reflejar “el caos de la fealdad americana”. Y Gordon Theisen, al analizar “Nighthawks” –“Halcones noturnos”-, una de las obras emblemáticas de Hopper, la describía como “una ventana a la América que nunca fue la América que pudo haber sido”.

Cuando Hopper, en las dos primeras décadas del siglo XX, comienza su andadura artística, EEUU es todavía un gigante en ciernes que puede engañarse a si mismo y suponer que no ha perdido la inocencia.

La Gran Depresión cambiará dramáticamente la mirada, obligará a abrir los ojos a las entrañas del monstruo.

La catarsis engendrará la novela negra, y permitirá comprender los hasta entonces desdeñados cuadros de Hopper.

Nos hablan de la soledad y de derrotas íntimas. Dibujan a individuos empequeñecidos ante moles de hormigón, a mujeres con la mirada perdida en desoladas habitaciones de hotel, a grupos encerrados en la incomunicación aún cuando aparentemente están charlando.

Ese mismo capitalismo que en los “felices años veinte” parecía mostrar su cara más amable escondía una tragedia que acabó por explotar.

La “fealdad americana” opuesta al “sueño americano”. El individuo aplastado por poderes demasiado reales, noqueado e incapaz de comprender su destino.

Por eso Hitchockok, el cineasta que mejor supo reflejar el abismo que Kafka anunció, se sintió extrañamente fascinado por los cuadros de Hopper."Asistimos a las escenas más familiares con la sensación de que para nosotros son esencialmente remotas, incluso desconocidas"

Cuanto más norteamericana se volvieron sus cuadros, más conectaron con el público de Madrid, Pekín o Ciudad del Cabo. Cuanto más intensamente local, más capacidad para captar y expresar una contradicción que todos sufrimos.

Ese es el misterio que encierra la obra de Hopper. Nos habla de heridas profundas, que duelen pero que, sobre todo, nos arrojan una carga atronadora de verdad.

Salir del cuadro

En la radio del cuarto suena My Little Basquiat, de Cowboy Junkies, que es una de esas bandas que hacen daño porque escarban en el fondo de tu alma para acabar de hundirte en el crepúsculo. Triple hechizo: el de  la belleza sonora de esta canción; el aire, digamos que  elegiaco, del atardecer; mi profunda  hipnosis ante Stairway, el pequeño cuadro que tengo frente a la cama.

Hay un misterio en este lienzo tan escasamente conocido de Edward Hopper, cuya reproducción el Roger Smith Hotel ha tenido a bien colgar en esta habitación, frente a la cama de los pobres huéspedes. (…)

En Stairway miramos escaleras abajo hacia una puerta que se abre a una oscura, impenetrable masa de árboles o montañas. Comenta Strand en su libro que mientras la casa entera parece decirnos que salgamos, todo en el exterior de ella parece preguntarnos: ¿Adónde?  Para Strand, todo aquello a lo que la geometría de la casa nos dispone, nos es finalmente denegado. La puerta abierta no es un cándido pasaje entre el interior y el exterior, sino una invitación paradójicamente preparada para que nos quedemos donde estamos. “Sal”, dice la casa. “¿Adónde?”, pregunta el paisaje exterior. Todo esto recuerda a una frase de Kafka: “Se fueron muy lejos para quedarse aquí”

Nada extraño sería que para la escalera de la casa terrorífica de Psicosis se hubiera inspirado Hitchcock en este pequeño cuadro de Hopper, cuya reproducción lleva rato haciéndome permanecer inmóvil en este cuarto. Después de todo, Hitchcock, cuando realizó esa película, no sólo conocía bien la obra del pintor, que en aquellos años había empezado a ser muy apreciado por el público norteamericano, sino que se inspiró directamente en el cuadro de Hopper Casa junto a las vías del tren para levantar la extraña casa en la que viven Tony Perkins y su madre en Psicosis. Así que es muy probable que no se contentara Hitchcock con la fachada de la casa hopperiana y encontrara para la decoración de su tétrico interior esa escalera extraña de Stairway que nos invita a salir fuera, al tiempo que nos dice: “Por dios, no te muevas”.

Ocurre muchas veces con este pintor: asistimos a las escenas más familiares con la sensación de que para nosotros son esencialmente remotas, incluso desconocidas. Dice Strand que si hay gente, por ejemplo, que en un cuadro de Hopper está mirando al vacío, esa gente parece estar en cualquier parte menos en donde efectivamente se encuentran, perdidos en un misterio que los cuadros no pueden revelarnos y que sólo podemos intentar adivinar. El misterio de Stairway es para mí el más grande de todos, aunque sólo sea porque ahora lo tengo ahí enfrente de mí, situado de una forma que no puede resultarme ya más obsesiva, y encima paralizándome, dejándome incapacitado para abandonar el cuarto.

Enrique Vila-Matas. “The Roger Smith Hotel”.

 

 

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