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La sagrada misión del emperador

Obama necesita crear una condición necesaria pero no suficiente: conseguir una amplia unidad de la clase dominante norteamericana en torno a su proyecto

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20-01-2009
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Ante dos millones de fieles, Obama ha sido investido ya como presidente de la nación más poderosa del planeta. En una carrera meteórica, un candidato casi desconocido hace un año y medio para el gran público norteamericano y considerado un outsider por una gran parte del establishment de Washington ha conseguido ganar unas primarias contra un peso pesado como Hillary Clinton y luego ganar las presidenciales. Hasta aquí­ el guión de Hollywood. Ahora Obama se tendrá que enfrentar a la situación más complicada para EEUU desde que finalizó la Guerra Frí­a. ¿A qué retos se enfrentará cuando se siente en el Despacho Oval?.
 (EFE)
(EFE)
Ante dos millones de fieles, Obama ha sido investido ya como presidente de la nación más poderosa del planeta. En una carrera meteórica, un candidato casi desconocido hace un año y medio para el gran público norteamericano y considerado un outsider por una gran parte del establishment de Washington ha conseguido ganar unas primarias contra un peso pesado como Hillary Clinton y luego ganar las presidenciales. Hasta aquí­ el guión de Hollywood. Ahora Obama se tendrá que enfrentar a la situación más complicada para EEUU desde que finalizó la Guerra Frí­a. ¿A qué retos se enfrentará cuando se siente en el Despacho Oval?.
Los desafíos a los que tendrá que hacer frente el nuevo presidente en el frente interno no son baladíes. En primer lugar, lidiar con una crisis económica de magnitud mundial que tiene a Wall Street como epicentro. Obama tendrá que utilizar los instrumentos del Estado norteamericano –que no son pocos- para proceder a un proceso de ajuste y reestructuración de la economía norteamericana, que necesariamente tendrá que producirse en el sentido de la concentración y de la destrucción de una enorme masa de capital sobrante. Obama –al igual que ha hecho Bush, o que hizo Roosevelt- tendrá que dejar que unos gigantes monopolistas se desplomen para que otros los devoren, para que el capitalismo antropófago norteamericano salga fortalecido.
 
Obama deberá cuidar que el aumento de la opresión y de las penurias sobre el pueblo norteamericano –sobre cuyos hombros va a caer de forma inmisericorde todo el peso de la crisis económica- no degenere en una situación de conflictividad social incontrolable. El nuevo presidente deberá de inventarse un nuevo New Deal que atenúe el sufrimiento de los más desprotegidos ante el inevitable aumento del paro y la explotación. Cuenta con un capital inicial muy valioso: su propio –y enorme- prestigio y popularidad, precisamente entre las clases trabajadores.
 
En cuanto al frente externo, Obama deberá recomponer algo que Bush ha maltratado: el sistema de alianzas norteamericano. El nuevo ocupante del Despacho Oval habrá de diseñar y construir una nueva arquitectura de poder internacional que de respuesta a la nueva realidad multipolar del mundo. Un nuevo orden mundial que dé cabida a las potencias emergentes globales –China, India, Rusia- y haga sitio a las regionales –Brasil, Irán, el mundo árabe-, pero al mismo tiempo consiga la subordinación de todas ellas a los intereses estratégicos de EEUU. Una nuevo planteamiento estratégico que permita a un EEUU embarcado en un acentuado declive conservar la hegemonía mundial para las próximas décadas.
 
Esta última es la sagrada misión de todos los inquilinos de la Casa Blanca: conservar la hegemonía norteamericana. Para ello habrá de encajar y al mismo tiempo contener el ascenso de sus rivales asiáticos –principalmente de una China a la que no es posible controlar desde dentro-. Y aunque la “diplomacia inteligente de Ms. Clinton anuncia la vuelta a los ejes rectores de la línea de su marido -la hegemonía consensuada- y la primacía de los instrumentos políticos, diplomáticos y económicos sobre el poder militar, el uso de éste último no queda descartado en absoluto. Y por ello el nuevo presidente ha anunciado cual será su prioridad: sacar las tropas de Irak para concentrarse en Afganistán, -el centro de Eurasia, la auténtica pieza estratégica de la herencia de Bush-. En este contexto, el diálogo con Irán y la atenuación del incendio de Oriente Medio serán claves.
 
Pero para todo ello, tanto para el frente interno como para el externo, Obama necesita una condición necesaria pero no suficiente: conseguir un amplio consenso, una amplia unidad de la clase dominante norteamericana en torno a su proyecto. Obama necesita cerrar las profundas fisuras que ocho años de Bush han abierto en el seno de la burguesía monopolista yanqui. Para ello ha diseñado un gobierno donde, si bien muestra un predominio de una vieja guardia clintoniana, incorpora a cuadros de las administraciones de Bush y Reagan o a asesores de McCain, es decir, a elementos moderados del complejo militar industrial. Las llamadas al “consenso” y a “trabajar juntos” han sido una constante desde que ganó las elecciones.
 
Pero donde hay emperadores hay conspiradores. El infierno de Gaza ha puesto de manifiesto la existencia de poderosos sectores de la oligarquía norteamericana dispuestos a entorpecer, cuestionar o condicionar los cambios y decisiones que va a tomar Obama. O quien sabe si llegarán a mayores. La maldición de Lincoln ha alcanzado a no pocos inquilinos de la Casa Blanca.
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