Batiscafo

Santos, de sombrero a caballo dos años después

La columna de Jorge Gómez Gallego

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26-08-2012
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Jorge Gómez es dirigente del MOIR y diputado del PDA en la Asamblea Departamental de Antioquí­a (Colombia)
 Jorge Gómez en el centro de la imagen, en una concentración
Jorge Gómez en el centro de la imagen, en una concentración
Jorge Gómez es dirigente del MOIR y diputado del PDA en la Asamblea Departamental de Antioquí­a (Colombia)

Con la expresa intención de engañar o creyéndolo honradamente, una importante porción de la opinión informada del país sostiene que Colombia está polarizada entre dos proyectos: el uribismo pura sangre y el santismo. Desde luego que argumentos, aunque sean formales, no les faltan, pues los enfrentamientos por medios de comunicación y redes sociales adquieren a veces ribetes agresivos.

Pero como los hechos son el único rasero válido para calificar los dirigentes políticos, es bueno dar un breve repaso contrastado de las ejecutorias de uno y otro, justo al cumplirse la primera mitad del primer periodo del mandatario bogotano.

Los ejes del gobierno Uribe fueron definidos por el mismo como tres huevitos a los que bautizó con los nombres compuestos de seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social. Y aunque Uribe se queja por el supuesto abandono a que Santos los ha expuesto, la realidad es que lo único que ha dejado expósito es el círculo íntimo de guardianes de los huevitos, relevo de la escolta, sin cambiar el objeto de la custodia.

En seguridad democrática, Santos se reemplazó a sí mismo; fue Ministro de Defensa desde julio de 2006, hasta mayo de 2009, año y medio antes de posesionarse como Presidente y en el interregno colocó en esa cartera a uno de los hombres más cercanos a él, Gabriel Silva Luján. La verdad es que no hay cambio en la sumisión incondicional de ese ministerio a la política norteamericana en todos los campos de su incumbencia, excepto que Santos y su aplanadora legislativa de la Unidad Nacional introdujeron en el artículo 191 de la Ley 1450 de 2011 o Plan Nacional de Desarrollo la posibilidad de entregar a los gringos ya no 7, sino todas las bases militares existentes.

En confianza inversionista el asunto no ha sido diferente. Dos ejemplos recientes: el primero, la intención de prolongar el contrato con la BHP Billinton para la explotación del rico yacimiento de níquel  de Cerromatoso hasta el 2026 cuando debe revertir a la nación en septiembre del año en curso. El otro es la declaratoria de más de 17 millones de hectáreas como zona de reserva minera estratégica, que significa que en ese territorio no se podrán otorgar concesiones a pequeños y medianos mineros, pues será necesario adjudicarlas mediante subasta de grandes bloques, en las que solo podrán participar las grandes mineras multinacionales con el músculo financiero para ello. ¿En qué se diferencia esto de las decisiones de Uribe en materia de inversión minera durante sus 8 años de mandato?

En la política más agresiva de este huevito, el impulso de los tratados de libre comercio, Santos además de ser más eficiente que Uribe, ha llegado al despropósito de proponer que los suscribamos hasta con China. Semejante disparate ha sido rechazado hasta por su carnal Luis Carlos Villegas. Cada TLC que se negocia y firma, es un paso mayor hacia la recolonización total de nuestro país y a la mayor entronización de los monopolios extranjeros inversionistas. Es evidente que en lugar de aparecer algún síntoma de rectificación, asistimos es a una aceleración sin freno.

En cohesión social, Santos ha sido un alumno aventajado de Uribe. Este huevito lo que empolla es la sumisión unánime de los colombianos frente a todas las decisiones lesivas a la soberanía nacional y a la democracia. Lo primero que ha logrado Santos es una especie de unanimidad en medios de comunicación y Congreso. La lista de opinadores de la gran prensa, antes antiuribistas, hoy santistas, es larga. Y qué decir del Congreso, donde ha logrado proezas como la de hacer aprobar una reforma a la justicia un día y ante la airada respuesta del pueblo y la opinión pública, hundirla poco después.

A la población desplazada y a las víctimas del despojo de tierras, les ha entregado una especie de señuelo con la llamada Ley de Víctimas y Restitución de tierras, que ha creado una gran expectativa entre los millones de ciudadanos martirizados por esos fenómenos pero cuyos propósitos en el propio texto de la ley no satisfacen sus demandas y en su aplicación se queda aún más corta.

En materia laboral, la cohesión sigue fundamentada en la persecución a los sindicatos que ejercen su función de defensa de los derechos de los trabajadores y estímulo a aquellas expresiones que en el movimiento obrero sirven de quinta columna patronal o de intermediarios para la tercerización del trabajo. Ya no queda duda alguna que el famoso plan de acción acordado para lubricar la aprobación del TLC con los Estados Unidos en el Congreso de ese país, no pasó de ser un señuelo para engañar sindicalistas aquí y allá.

Este somero repaso no puede quedar completo sin señalar un aspecto clave. Uno en el que se diferencian Uribe y Santos en el método, no en el cometido y tiene que ver con las relaciones con las naciones vecinas y con el resto de Latinoamérica. Buscar la normalización de las relaciones con los gobiernos alternativos, especialmente con los vecinos a los que Uribe estuvo a punto de llevar a confrontaciones bélicas, no significa solidaridad con ellos. En los hechos esa regularización ha servido para hacer parte, en los organismos suramericanos y latinoamericanos, como punta de lanza de la política imperialista norteamericana, en alianza con los gobiernos de Chile, México y Perú. Mientras Uribe, para ser peón de Bush, desafiaba; Santos, para servirle a Obama, infiltra.

Ad portas de que al país lo golpee durísimo la actual crisis internacional, golpe que se sumaría a la ya larga lista de lesiones causadas por la globalización neoliberal, las promesas electorales se desvanecen, la popularidad de Santos cae, Uribe chapalea pues no se resigna a vivir sin la chequera presidencial y con muchos de sus alfiles en el pavimento o lo que es peor, en la cárcel. Pero los hechos nos dicen que esa confrontación no es la gran fractura que nos quieren vender.

¿Qué gobierno en Colombia no usa el retrovisor? ¿Cuál ex presidente no defiende su ejecutoria?

Lo que hay que dilucidar es si representan proyectos tan diferentes que resulten irreconciliables y la respuesta no puede ser otra que no. Más bien se podrían calificar de complementarios. Cabe aquí, como símil, la frase acuñada en 1998 por el ex alcalde, ex rector, ex candidato y excéntrico Mockus, al referirse a la polarización colombiana entre Pastrana y Serpa, a la postre candidatos presidenciales: escoger entre ellos equivale a escoger entre el sida y la hepatitis B.  Solamente habría que cambiar los apellidos por los de Uribe y Santos.

El único proyecto que se diferencia radicalmente de esos dos, que ofrece no solo una alternativa de transformación profunda de la sociedad colombiana, que apunta a conquistar la soberanía nacional y la democracia basada en el pleno ejercicio de los derechos de la mayoría de los colombianos al tiempo que permite la unidad de ellos, se llama POLO DEMOCRÁTICO ALTERNATIVO, en buena hora, único partido con presencia parlamentaria en la oposición y sin titubeos por fuera de la Unidad Nacional. En cambio Santos y Uribe se parecen tanto, que el primero ya está usando sombreritos y entrando a los pueblos a caballo.

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