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I la bolsa sona

El Mundo

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25-08-2012
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Te traigo una noticia de verdad, algo difícil. Barcelona, la ciudad donde viviste, alcanzará a finales de año el equilibrio entre ingresos y gastos. Es una noticia sensacional, repito. Una de las conclusiones más promovidas sobre la crisis es que España ha construido un Bienestar que no puede pagar. Barcelona impugna el carácter absoluto de esta afirmación. Y brillantemente. En los últimos 30 años, que son los nuestros, la ciudad ha hecho un progreso indiscutible, casi violento. Claro que ha tenido sus problemas. Ha flirteado demasiado, las Ramblas rodantes de barrigas desnudas, con la tentación de ser un Lloret con ínfulas. Y el nacionalismo, gelatinoso y proteico, ha reducido su potencia cultural de un modo tétrico: los barceloneses han sido los damnificados principales por la ocupación del poder por estos tíos de pueblo, máximo comarcales, y por su decisión de convertir la ciudad en la capital de la minúscula Cataluña antes que en una de las capitales de Europa. No sorprende que este verano el director del Museu Nacional d'Art de Cataluña, Josep Serra, se quejara con diplomacia de la glotonería pueblerina con que Nacional y Cataluña imponen su ley pleonástica en las siglas del museo. Más raro es que el consejero Ferran Mascarell saliera a quitarle la razón, él, que se opuso en su momento a los planes apolillados, pura melancolía familiar, del arquitecto Bohigas, cuando en su etapa de organizador de la cultura barcelonesa dictaminó que en el MNAC primero eran la nación y la historia, y luego, solo si había lugar, el arte.

Sin embargo, estas irritaciones barcelonesas son irrelevantes respecto a tres bienes absolutos: la higienización urbanística, que ha llegado a todos los barrios; la expansión ciudadana sobre el territorio yermo del antiguo Pueblo Nuevo y la conversión del casco antiguo en un lugar transitable, una operación ejemplar (que sólo criticó el difunto Montalbán en muchos artículos en defensa de la roña, él la llamaba memoria) y que se produjo durante un proceso inmigratorio masivo que cambió, sin mayor trauma, la fisonomía y la entraña de la Barcelona vieja. Todos esos cambios pueden cuantificarse: durante bastante tiempo, el ayuntamiento de Barcelona destinó un euro de cada cuatro a la inversión. Mucho dinero. Ha podido pagarse. El Estado de Bienestar de una de las grandes ciudades españolas ha podido pagarse.

El mérito político es de la generación de socialistas que gobernó entre los años 1979 y 2011. Esa generación que tiene en un cabo a Pasqual Maragall y en el otro a Jordi Hereu. El primero fue un alcalde legendario; pero el segundo fue un alcalde competente, como lo fueron Narcís Serra y Joan Clos. Este último tiene un mérito especial en el manejo de la situación financiera. Porque fue, como mano derecha de Maragall, el que impulsó en 1991 la creación de un equipo técnico, liderado por Josep Marull, que afrontó el estrangulamiento financiero de una ciudad acosada por la tardía promulgación (¡primero eran las autonomías!) de la Ley de Haciendas Locales y por la exigencia, ¡olímpica!, de gasto. En ese equipo trabajó una mujer formidable. Si tú preguntas en la ciudad por el no déficit de Barcelona, cualquiera que sepa te señalará su milagrosa. Se llama Pilar Solans, fue la gran gerente municipal y lleva un año jubilada. Llegó al Ayuntamiento en 1991 desde Catalana de Gas con el mandato de levantar dinero de las piedras y reestructurar la deuda. Hablé un rato con ella la otra noche para que me explicara cómo lo hizo. No dijo una sola palabra que no tuviera interés. Lo primero fue quitarse mérito:

- Yo me he pasado la vida pagando, y para pagar antes hay que recaudar. Me ayudó mucho la buena marca de la ciudad olímpica.

Y así siguió, señalando otra razón ajena del éxito.


- La burbuja inmobiliaria fue más limitada en Barcelona. Suponía un 5% del empleo. En el Área Metropolitana podía ser del 8 o del 9 y en la costa del 20 o del 30.

Sin duda. Pero no pudo escabullirse cuando pregunté por qué durante la Gran Prosperidad no estiraron más el brazo que la manga.

- Primero, porque teníamos memoria de la penuria. En los años preolímpicos estábamos al borde del estrangulamiento. Y, en segundo lugar, teníamos una convicción firme: si tú gastas lo que no tienes pierdes libertad. Llega un momento en que unos y otros empiezan a decirte lo que tienes que hacer.

Evidente. A las ciudades les pasa como a las familias y a las naciones. Le ruego a Solans que observe el patético estado de las finanzas de la casa de enfrente. Que, por cierto, nunca fue clemente con la financiación de Barcelona. El año pasado, la Generalitat cerró con un déficit real del 3,66%.

- En 1993, la Generalitat y el Ayuntamiento tenían la misma deuda. Nosotros pensábamos que teníamos demasiada ¡y ellos, que demasiado poca! Se preocuparon solamente de obtener competencias y no de cómo financiarlas. La Generalitat se ha construido con criterios decimonónicos. Al modo y manera de los ministerios españoles.

Es la clave. Del fracaso autonómico. Pero, sobre todo, del éxito municipal. La administración barcelonesa me pareció siempre el aparato estatal mejor gestionado, y más moderno, de España. La gerente Solans describe precisamente mi impresión poética.

- El Ayuntamiento siempre actuó como una corporación. Nadie se desentendía de lo que pasaba en el despacho de al lado. Tuvimos siempre un punto de vista global.

Nada que ver con la taifa ministerial y autonómica. Le digo a Pilar Solans que escriba un libro. Tiene una obligación moral. Parece dispuesta. Me atrevo a proponerle el subtítulo: De cómo la ciudad de Barcelona consiguió no deberle nada a nadie.

Sigue con salud.
A.

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