Discurso de despedida de Bush y balance de ocho años de mandato

La herencia cáustica de un obtuso presidente

La lí­nea de dictadura terrorista mundial que necesitaba imponer Bush para que el imperio clavara sus garras en el corazón de Asia necesitaba de un acontecimiento catártico, "un nuevo Pearl Harbour"

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16-01-2009
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George W.Bush deja el cargo de 43 presidente de los Estados Unidos de América con varios listones bien altos. En primer lugar ser el presidente más impopular -si descontamos al Nixon post-watergate- de la historia de EEUU. En segundo lugar, dejar a la superpotencia embarcada en un profundo y acelerado proceso de declive polí­tico, económico y militar y con su capacidad de dominio mundial mermada. No es mala carta de recomendación.
 (EFE) Bush, fiel a su estilo, prefiere ver la parte positiva de su incendiario mandato. Así­ que en un discurso televisivo, Bush defendió los logros de sus años de gobierno.
(EFE) Bush, fiel a su estilo, prefiere ver la parte positiva de su incendiario mandato. Así­ que en un discurso televisivo, Bush defendió los logros de sus años de gobierno.
George W.Bush deja el cargo de 43 presidente de los Estados Unidos de América con varios listones bien altos. En primer lugar ser el presidente más impopular -si descontamos al Nixon post-watergate- de la historia de EEUU. En segundo lugar, dejar a la superpotencia embarcada en un profundo y acelerado proceso de declive polí­tico, económico y militar y con su capacidad de dominio mundial mermada. No es mala carta de recomendación.
¿Qué superpotencia heredó Bush?. Bill Clinton deja la presidencia dejando una economía relativamente saneada, fortalecida y recuperada del sobreesfuerzo de la “guerra de las galaxias”, con un sólido sistema de alianzas internacional y un poderío político militar intacto. EEUU era la potencia ganadora de la Guerra Fría, el gran gendarme mundial, y la línea de hegemonía consensuada de Clinton gozaba de una buena base. En el horizonte aparecían dos proyectos de hegemonía regional –el de Alemania en Europa y el de Japón en el sudeste asiático- y más allá la emergencia de las potencias asiáticas –encabezadas por la impenetrable China- que planteaban retos estratégicos. Pero nadie podía cuestionar -en lo inmediato -el poder global ni regional de EEUU.
 
Ocho años después, EEUU –que sigue siendo la única superpotencia planetaria- se enfrenta a un proceso cada vez más acentuado de declive en todos los terrenos. Su peso económico relativo en el PIB mundial no para de decrecer, y la grave crisis económica agudiza esta tendencia histórica. El sistema de alianzas norteamericano ha sido castigado y sometido a fuertes tensiones, y las potencias emergentes globales (China, India, la reactivada Rusia) y regionales (Brasil, Irán, Venezuela) cuestionan de forma cada vez más abierta el orden mundial unipolar, y se encaminan a un mundo cada vez más multipolar. El poderosísimo ejército norteamericano conquistó Afganistán e Irak en dos paseos militares, pero se muestran incapaces de permanecer en Irak, y van perdiendo el control de la pieza afgana.
 
Pero Bush, fiel a su estilo, prefiere ver la parte positiva de su incendiario mandato. Así que en un discurso televisivo, Bush defendió los logros de sus años de gobierno.
 
Entre todos, destacó uno como el más importante: "Hemos pasado más de siete años sin ataques terroristas" en suelo estadounidense". Y en efecto así ha sido. Sólo que después de siete años, los indicios e investigaciones que apuntan a cómo los servicios secretos, la CIA y el FBI, tenían conocimiento de la trama terrorista de Al Quaeda y dieron orden de cerrar la investigación meses antes de los terribles atentados del 11-S, son cada vez más consistentes. Bush y su equipo han tenido que pasar por comisiones de investigación para explicar su conocimiento de estos hechos.
 
Pero aunque no tengamos todos los datos, las sospechas de que los centros de poder estadounidenses montaron un autoataque para arrastrar a EEUU por la senda de la guerra son más que fundadas si observamos la historia. EEUU necesita convencer a su opinión pública de la necesidad de los sacrificios de mantener su hegemonía. Lo podemos recordar en El Maine, en el Lusitania, en la Bahía de Pearl Harbour, en el Golfo de Tomkin, en el asesinato de JFK… Cada vez que el imperio ha de meterse en una aventura militar, la democracia es secuestrada.
 
La línea de dictadura terrorista mundial que necesitaba imponer Bush para que el imperio clavara sus garras en el corazón de Asia e impusiera el ordeno y mando en el plano internacional necesitaba de un acontecimiento catártico, (“como un nuevo Pearl Harbour”, escribían los halcones de la administración Bush años antes en un documento estratégico: Proyecto para un Nuevo Siglo Americano) que encuadrara mediante el terror a la sociedad norteamericana, excesivamente hedonista y autosatisfecha.
 
Bush además defendió firmemente su actuación en Afganistán e Irak. Según el presidente el régimen de Kabul es ahora "una joven democracia que lucha contra terrorismo y anima a las niñas a ir a la escuela" y el de Bagdad  es "una democracia en el corazón de Oriente Próximo". Bush se refiere a “democracias” tuteladas, intervenidas hasta la médula y construidas sobre más un millón de muertos; países salpicados de cárceles-agujero como las de Abu-Ghraib y envueltos en las llamas de guerras civiles. Pero no dijo nada acerca de la retirada obligatoria de las tropas del pantano iraquí (después de su “misión cumplida”) ni de la iraquización de Afganistán.
 
Tampoco incluyó en su discurso la situación de Oriente Medio ni su tácito respaldo a la ofensiva genocida de Israel. Sus últimas palabras fueron para su sucesor, Barack Obama. "un hombre cuya historia refleja la promesa duradera de nuestra tierra", y que espera el momento de la investidura del próximo 20 de enero con “esperanza y orgullo”.
No es de extrañar que espere el momento con esperanza. George W. Bush pasará entonces a Obama un legado volcánico. Una crisis económica, dos guerras, un patio trasero alborotado, una Rusia reactivada y al fondo, un dragón oriental emergiendo “armoniosamente”. Y por último, un Oriente Medio en llamas. ¿De que se enorgullece?. Quizá lo sepan… en Tel Aviv.
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